No me pregunten como lo hizo, porque les juro que no lo sé. Pero conocerla me cambió la vida. Me enseñó lo que nadie había conseguido nunca. Me enseñó a desconocerme, a olvidar todo lo que me daba miedo. Quizás ella no era consciente de lo que iba consiguiendo en cada café, en cada cena a destiempo, en cada insomnio en el que mezclábamos la locura del mejor sexo con la cordura de sentarse a conversar con una persona que actúa como espejo. Hizo lo que muy poca gente hoy en día hace, hacer que la quisiera, aprendiendo a quererme a mí. Hicimos juntos un curso presencial sobre cómo volver a edificar a una persona rota desde los cimientos. Me enseñó a quererme, a que yo soy el amor de mi vida y el resto de personas solo serán mi pareja. Pero lo más importante que aprendí de ella no fue a quererme, sino a evitar a toda costa que nadie vuelva a arrastrarme a dejar de hacerlo.
Nunca voy a olvidar esa noche, me miró con sus ojos marrones derrochando el más sincero de los brillos, me besó incontables veces y me dijo "De vos no me separa ni la muerte".
