Me despierta la peculiar voz de Hindo, que viene del otro lado de la puerta de mi habitación. Me está llamando. No le contesto, él ya sabe que lo he escuchado. Me doy dos palmaditas en la cara para despejarme y me dispongo a salir. Toca trabajar. Me dirijo a la despensa, cojo un pedazo de pan seco y algo de queso, y salgo de casa por el taller, de donde cojo mi hacha y me encuentro a Hindo inmerso en un pequeño bloque de madera.
-Buenos días, Lux- murmura Hindo sin girarse.
-Buenos días- le contesto. Parece que hoy está de buen humor. Sonrío para mí misma, y pienso que hoy va a ser un buen día.
Observo un momento a mi viejo amigo y le digo adiós. Voy al bosque. Para llegar, tengo que cruzar el Mercado, pasar por la Fuente y atravesar el Yermo. El Mercado es en realidad una pequeña plaza con suelo de piedra donde la gente hace intercambios, exponiendo sus productos encima de sábanas viejas o mantas. Hoy no hay mucha gente, porque es sábado, pero mañana es domingo y aquí estará todo el pueblo, incluidos nosotros, con nuestro propio puesto, a ver si conseguimos algo.
La Fuente en realidad no es más que eso, una fuente, pero aquí es también un punto de encuentro, pues todo el mundo necesita agua y venir aquí es la única manera de conseguirla.
Al pasar por el Yermo un recuerdo borroso me viene a la mente. Una mujer, me está contando una historia.
- ¿Sabes? Antes el Yermo no se llamaba así.- me dice.- Era una tierra fértil, llena de hortalizas y comida para el ganado, lo llamábamos campo de cultivo. Por aquel entonces la gente vestía cada día ropa de domingo, y el Mercado estaba lleno de tiendecitas de madera con toldos de tela de todos los colores.- sus ojos miran a algún punto impreciso soñadores, pero de repente se le ensombrece la mirada.- Pero entonces, una noche, un estruendo ensordecedor nos avisó de que algo pasaba, y delante de nuestras incrédulas miradas, todo ocurrió. ¿Que qué ocurrió? Crecieron las montañas, los cultivos prendieron fuego, que alimentado por un enorme viento lo engullía todo. De repente, empezó a llover. Todo el mundo recibió aquella lluvia con esperanza, pensando que acabaría con el fuego y con todo aquel horror. Pero la lluvia no apagó el fuego, así como no cesó el viento ni dejaron de crecer las montañas. Por el contrario, la lluvia caía tan fuerte y tan fría que derribó todas las tiendecitas, y hasta algunas casas. Cuando después de muchas horas todo aquello terminó, muchos habían muerto, y en los cultivos no volvió a crecer nada más, así como nunca se volvieron a levantar las casas caídas, ni hubo más tiendas de madera en la Plaza del Mercado.
Sacudo la cabeza para ahuyentar ese viejo recuerdo. Me pregunto porqué esa mujer me contaría aquel cuento de viejas, pues no podía ser más que eso. Todo el mundo sabe que las montañas no crecen, que la lluvia apaga el fuego y que en este pueblo nunca ha habido "tiendecitas de madera con toldos de todos los colores".
Sin darme cuenta, he llegado al bosque. Sacudo la cabeza una vez más y me adentro en la espesura. Empiezo a buscar buenos trozos de leña pensando como pensaría Hindo. Si talas un árbol, me diría, que no sea ni muy joven ni muy viejo. Si es una cosa u la otra significa que aún no ha vivido suficiente o que ha conseguido sobrevivir, tanto, que ni tú ni yo tenemos derecho a arrebatarle la vida. Mientras busco un árbol mediano, pienso en Hindo. Es un viejo carpintero de unos sesenta y pocos años, no sé con exactitud cuantos, ya que nunca habla sobre su edad. Es un poco cascarrabias y siempre va murmurando cosas por lo bajo, pero lo quiero como a un abuelo. De hecho, durante gran parte de mi no muy larga vida, él ha sido mi abuelo, mi padre y mi gran amigo. Vivo con él desde los cinco años, y a él le debo la vida. Casi no recuerdo nada de antes, cuando mis padres estaban vivos. La mayoría de mis recuerdos son de después, de cuando Hindo me acogió.
Vale Lux, céntrate. Hay que conseguir madera. Decido subirme a un árbol para ver mejor el panorama. Escojo uno de los grandes, de los que Hindo jamás me permitiría talar. Es bastante alto, pero aún así lo intento. Ya arriba, me enorgullezco de mi hazaña y me quedo un rato contemplando las vistas . Desde mi pequeño mirador, vislumbro un poco más lejos la gran cordillera de Them. Hay una leyenda parecida a aquella que me contó Hindo un día, que dice que los que vivimos aquí en Sunt, no estamos solos en el mundo. Dice que al otro lado de la cordillera hay una ciudad, una gran ciudad. En esa ciudad la gente comercia con una cosa llamada dinero, en lugar de simplemente intercambiar las cosas. Dice que esa ciudad nos condenó a la pobreza extrema, desterrándonos de ella. Cronológicamente, si es que existe el tiempo en las leyendas, supongo que sería entonces cuando ocurriría lo que me contó aquella mujer, y que las montañas que "crecieron" sería la cordillera de Them. Que tontería, como si las montañas crecieran.
Decido que ya es hora de bajar y empiezo el descenso, a un ritmo lento pero con paso seguro. Cuando solo me faltan unos cuatro metros para llegar al suelo, una rama cede y caigo con ella. La hierba amortigua un poco la caída, pero aún así me he hecho daño, y he caído con toda la rodilla. Intento ponerme en pie, pero enseguida vuelvo a caer, y confirmo que me he dislocado la rodilla.
-Que suerte la mía.-digo irónicamente- Se ha ido al traste el buen día, ya verás la que me va a caer...
Consigo alcanzar un pequeño palo y lo uso para incorporarme lentamente. Recojo mis cosas y me dirijo a casa, cojeando. Al cabo de un rato de caminata, y después de unos cuantos tropezones más, escucho unas voces que se aproximan hacia mi y decido ocultarme entre unos matorrales, por si las moscas. Cuando los individuos están lo bastante cerca como para verlos, me doy cuenta de que son los pesados de siempre.
-No me lo puedo creer.-susurro- ¿Es que el día no puede ir a peor?
Y de repente, una mano me rodea y me empuja hacia atrás.
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Elementorum
Fantasía"Cuando Ánticos fue despertado y los elementos fueron derrotados, se os fue concedido un poder que muchos soñarían con poseer. Tendréis que uniros y luchar para restaurar el frágil equilibrio de nuestro universo, y así detener a Ánticos para que no...
