Capítulo 35.

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Siete días.

Abrió los ojos y escuchó el silencio que reinaba en su nueva casa de las afueras de Londres. Se rascó el torso desnudo mientras observaba la luz que se colaba por la ventana. Deslizó las rodillas por debajo del edredón y se sentó en el borde del colchón. Una mueca de dolor cruzó su rostro cuando notó un fuerte pinchazo en su pierna mala, visible por debajo de sus pantalones de baloncesto. A pesar de ser invierno y estar en Inglaterra, se sentía muy cómodo durmiendo tan sólo con sus pantalones de deportista. Sus ojos azules escocían del cansancio y agradecía mentalmente que se pudiera dar esa semana de descanso antes de ir a Nueva York. Le encantaba aprovechar esos días viendo fútbol en la televisión, jugando al golf con algún amigo o quizás, dando vueltas con la bicicleta. Caminó descalzo por la madera del suelo hasta el armario para agarrar una sudadera y mantenerse en calor. Llevaba varios días de mal humor, pero precisamente ese, había despertado con tranquilidad en su interior. El estómago no le daba vueltas, sino que le rugía de hambre. Y no tenía ganas de quedarse sólo todo el tiempo.

Se dirigió a la cocina, la estancia más pequeña de su casa, y se preparó un poco de café junto con tostadas. Abrió la alacena más alta, donde guardaba la bollería, y sin fijarse realmente, agarró algo para acompañar el desayuno. Le apetecía ir al gimnasio, hacer un poco de ejercicio y relajarse después, pero le dolía demasiado la rodilla como para eso. Mientras leía el periódico, apuró lo que le quedaba de café en la taza y decidió ponerse a tocar la guitarra.

Tarareaba una melodía al azar cuando el timbre le desconcentró. Chistó y dejó la guitarra a un lado. Le aliviaba pensar que siempre había algo que podía ayudarle a ordenar cada idea de su interior. Se sorprendió mucho cuando abrió la puerta; encontró a una chica bastante cambiada pero cuyo rostro era difícil de olvidar, acompañada de Harry. Sonrió ampliamente y abrió sus brazos para estrechar a la pequeña italiana entre ellos.

- Te he echado mucho de menos.

Se separó un poco y la miró fijamente, sus ojos color miel estaban inundados en lágrimas que no eran de otra cosa más que felicidad y culpabilidad. Dirigió la mirada a su amigo quien le devolvió una sonrisa y un suave "hi".

***

- ¡Buenos días! -dijo alegremente al otro lado del teléfono.

- Harry, sólo son las once y quiero dormir, hablamos después... -su tono adormilado cada vez se alejaba más de la percepción del inglés, al tiempo que ella retiraba la oreja del dispositivo para colgar.

Había pasado la noche más tranquila que había podido tener en las últimas cuatro semanas, en las que si no era por un chico, o una fiesta, su conciencia la castigaba hasta altas horas de la madrugada en las cuales, sin más remedio, caía en los brazos de Morfeo.

Escucho la voz de su amigo gritando, desesperado por evitar que terminara con la llamada.

- ¡Helen! ¡No cuelgues!

La chica gimió con sueño, esperando a que se callara de una vez y la dejara dormir.

- Qué quieres... -su tono de derrota hizo sonreír al interlocutor.

- He pensado que te apetecería acompañarme a casa de Niall.

Helen abrió los ojos con sorpresa y no movió ni un músculo, aún a sabiendas de que nadie la estaba mirando y que eso no cambiaría lo que había oído. No estaba enfadada con el irlandés en absoluto, al contrario, era el que mejor se había portado, pero ella no había hecho lo mismo con él. De hecho, era, junto con Harry, el que más había pagado su frustración, pero el que menos se lo merecía. Le dolía pensar que seguro que Niall lo había pasado mal cuando su amiga se fue y ella no estuvo ahí para darle su apoyo o cuando se enteró de que Beth estaba en el hospital y tuvo que coger el primer avión a Málaga, con la suerte de no tener que hacer escala en Madrid. Recordaba el momento en el que le explicó todo lo que había ocurrido y ella no había sabido hacer otra cosa que colgarle el teléfono y no volver a dirigirle la palabra, ni a él, ni a nadie. Sólo había cogido dinero, había ido a la peluquería, se había cortado el pelo y después, al volver a casa, había sacado de su armario toda la ropa que se pondría para salir de fiesta. Ahí comenzó todo para ella.

Tus pequeñas cosas son perfectas para mí.Where stories live. Discover now