Prologue.

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Olfateó el aire una vez más, su corazón se detuvo un momento antes de volver a acelerarse. Olía como a su postre favorito, tarta fría de moras silvestres con un toque de canela, como si hubiera un centenar de ellos metros adelante, olfateó de nuevo, encontrándose con un abrumador aroma a miedo, a un intenso y profundo terror que casi ahogó por completo el aroma helado y silvestre.

Baekho dio un paso más, apartando varias ramas del camino, se limpió del rostro con el dorso de la mano las gotas de lluvia que le comenzaban a escurrir por el rostro.

«Encuéntralo, encuéntralo», le exigió su lobo, tan inquieto como él mismo.

La luz de la luna llena iluminaba el espeso bosque creando siluetas ominosas, pero Baekho no estaba asustado, sólo inquieto, conocía ese bosque tan bien como cualquier adulto de la manada, por no decir que lo hacía una decena de veces mejor que ellos. Un relámpago iluminó el cielo, atravesándolo como una herida brutal, fue entonces que la vio.

El ruidoso trueno que lo siguió segundos después hizo que ella tratara de esconderse entre las raíces sobresalientes de los árboles. Y sus grandes ojos claros se clavaron en él, mirándolo con terror.

—Por favor... por favor... no me hagas daño —se abrazó a sí misma.

—Shh... shh... —trató de tranquilizarla, aunque él sabía que de poco serviría, porque él mismo estaba nervioso, tan inquieto que comenzaba a dudar que no estuviera asustado también.

«No lo estamos, Baek, nosotros no nos asustamos», Baekho asintió con la cabeza, se acuclilló en el lugar en el que estaba y extendió la mano hacia ella, esperando que la lluvia no hubiera diluido su aroma, esperando al no equivocarse en pensar que aquella pequeña niña también era una cambiaformas.

Aparentemente, su aroma fue lo suficientemente fuerte, Baekho trató de mantener la calma cuando las pupilas oscuras en medio del claro iris se adelgazaron abruptamente hasta no ser más que dos delgadas líneas que partían sus ojos a la mitad, luego comenzaron a engrosarse hasta casi hacer desaparecer el iris.

«Un felino, es un felino», protestó su lobo, dando vueltas en el páramo en su interior, gruñendo y erizándose.

«Es una niña, Night, está asustada y sola, sólo una niña, por favor, tenemos que ayudarla.»

«Es una felina, ¡Felino!»

«¡Una niña!», Night le gruñó durante varios segundos antes de darle la espalda y echarse.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, bajando lentamente la mano, y se incorporó evitando moverse demasiado rápido, la niña lo siguió con la mirada felina fija en su rostro, separó los labios una vez más y dijo:

—Tahiel.

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