En el desvelo de mis noches pasadas, volteo hacia mi único candil estacionado en el cielo e insuperable por las estrellas que le rodean, la luna.
El frío de la noche y las sombras escalofriantes de su recuerdo ocultandose entre la penumbra de mi soledad.
No puedo mendigar su amor así nada más, lo que hay entre ella y yo, ya no se como llamar.
Haciendo espacio entre la escarcha de mi pecho, me hundo hasta lo más profundo escondiéndome de su arrogancia.
La luna sonrió cuando vio que su reflejo
no bastaba ya,
pues el sol se había extinguido.
Sin aviso alguno, ninguno iluminaba más.
-Jimena
