Desde el Principio

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Nueve y media de la mañana. Me despierto sobresaltada, estaba soñando contigo, de nuevo.

En este sueño discutíamos, cosa que nunca hicimos en la vida real. Para variar estaba reclamándote lo que todavía me carcome. ¿A dónde fue a parar todo el amor que me tenías? Como siempre, no obtuve respuesta alguna.

Me gire entre las cobijas, percatándome que aún era temprano para llegar a mi sesión de hoy. Aunque el conocimiento popular decía que al que madruga Dios le ayuda, yo difícilmente podía creer en eso. Si iban a ayudar a alguien, que no fuera a mí.

Estar en mi cama era uno de los lugares más cómodos de todos. Teniendo las cortinas cerradas, como era costumbre, fácilmente podía pensar que seguía siendo de noche. Esa era una de las cosas que más nos gustaba de estar en mi cama, que el día podía pasar y nosotros no nos enterábamos.

"No sigas por ahí"

En el transcurso de este mes, me había hecho experta en generar pensamiento autolesivos, y en tratar de combatirlos. Trataba con todas mis fuerzas de contrarrestar los pensamientos inapropiados que me llevaban de vuelta a los recuerdos felices, de los buenos momentos.

Cualquiera pensaría que es ilógico el despreciar los recuerdos felices, pero cuando se trata de un corazón roto, lo que menos deseas es recordar las épocas felices con la persona que te dejó.

En algún lugar de la mesa de noche, sonó el celular. Por experiencia y teniendo en cuenta la hora que era, me imaginaba que era Adrián. Aunque era agradable saber que alguien se tomaba la molestia de darme los buenos días, no era precisamente su mensaje el que esperaba.

La verdad es que, ¿Cuál mensaje es el que esperaba? Porque sin duda no era uno de él. Aun se me acelera el corazón cuando su número aparecía en la barra de tareas del teléfono, pero esta emoción era seguida de una profunda decepción cuando me percataba que nada era como yo esperaba.

"Ya nada es como antes"

Amén por esa idea.

La añoranza de los tiempos mejores y felices, me mantenía en una suerte de limbo. ¿Cómo lidiar con el hecho, de que sabes que nada volverá a ser igual, pero aun así lo deseas? Y tú eres lo suficientemente consciente, para entender que ya muchas cosas no tienen sentido, como volver a donde tantas cosas ya están rotas.

Incluido el corazón.

Suspiré. Me estaba yendo por mal camino de nuevo.

Las cosas sin duda eran más sencillas cuando yo tenía menos consciencia de ellas. El haber abierto la puerta a un sinfín de momentos y emociones, solo me había traído desesperación. Profunda desesperación, y preguntas, un montón de ellas.

Sin embargo, siempre había una que prevalecía. ¿Cuándo termina todo esto? Para esa, como para todas las demás, aun no tenía una respuesta.

Ese tumulto de cuestiones era lo que me había llevado hasta terapia, y eso, aunque una fuente de apoyo y de cierto alivio, había sido también fuente de más dudas. Y es que no hay nada más complejo para un psicólogo, que convertirse en paciente. Ya de por si uno mismo tiene demasiadas cuestiones elaboradas, y tener que ponerlas en palabras, fuera del refugio de tu mente, es un reto a la paciencia.

Y así es como te conviertes en paciente.

Definitivamente ya no iba a lograr conciliar el sueño de nuevo, por lo que lo mejor que podía hacer era ponerme de pie y lavarme la cara.

Tenía dos días sin bañarme, puesto que básicamente existía dentro de mi cuarto, con el aire acondicionado y usando mi celular. Había descubierto un mórbido interés por las redes sociales, mismas que me habían servido de tormento en varias oportunidades.

Anoche fue una de esas oportunidades, cuando por azares del destino, maldito destino, me había topado con una publicación de estas de 24 horas de él, compartiendo con una mujer que yo bien conocía. A él le gustaba esa muchacha, desde antes de dejarme.

Interesante.

Lo curioso del asunto, fue que aunque viendo como mi corazón sangraba a caudales, no hubo ni una lagrima derramada, ni un poco de encogimiento, ni un poquito de estremecimiento, las manos heladas o el clásico ataque de desesperación. No pasó nada.

¿Será que ya me estaba curando? No lo creo.

¿Será que me está dejando de importar? Lo dudo.

Más bien...me estaba adormeciendo.

Suspiré una vez más.

Tome mi celular y respondí los mensajes pendientes. José, estaba como siempre entre los primeros, escribiéndome para asegurarse que no hubiese muerto de una noche a la otra. Como si no lo hubiese deseado.

Sin embargo, su humor negro y su corazón tan o más roto que el mío, lo hacía un excelente compañero de viaje. No me juzgaba, no me molestaba, solo se burlaba conmigo cuando era necesario, y sufría conmigo cuando a ambos nos atacaban los recuerdos.

Lo conocía desde antes del grupo de apoyo. Fuimos algo así como amigos en la universidad, de alguna manera nuestro vínculo tenía un nombre: Natalia. Mi mejor amiga. El amor de su vida.

No soy capaz siquiera de precisar cómo fue que termino. Natalia siempre se vio enamorada de él, y José, ni se diga. Pero en algún punto de este año tormentoso, la relación acabó.

Lamento no haber estado con José desde el principio del caos. Lamentablemente tuvo que pasar sólo, los primeros días del viaje, que son sin duda los más duros. Son los de mayor añoranza y donde sin duda la vida pierde todo sentido y rumbo. ¿Ahora para dónde voy?

No lo viví con él porque estaba concentrada en mi relación. Mi lugar feliz.

Después de todo, cuando se es feliz, se es ignorante, o cuando se es ignorante, se es feliz. Como lo quieras ver.

Aun así nos encontramos. Retomamos contacto en algún punto, cuando los días más oscuros, tanto de él, como míos, habían pasado. A semana y media de mi desastre, y en una sesión con mi psicólogo, había tenido la idea de crear el grupo de apoyo.

Es curioso como la sincronicidad opera. Este concepto del Carl Gustav Jung, había sido un término muy odioso en la carrera. Siempre te decían que te cuidaras de ella, puesto que tus pacientes vendrían con aquello que aun te falta por sanar, que volverías a vivir lo que aún no has dejado pasar, y que las personas de las que te rodeas, siempre se conectarían contigo desde dolores similares.

Si tenía alguna duda, en las primeras dos semanas de mi corazón roto lo entendí. Llegaron personas a mi vida a vivir lo mismo que yo. Todos despechados, todos devastados y todos con el mismo sentimiento en común: se quedaron con todo el amor guardado para después. Fuimos dejados mientras aún estábamos enamorados, y por supuesto, no éramos correspondidos.

Por eso nació el club de apoyo. Y aunque era imposible que yo estuviera disponible como profesional para lidiar con esos procesos, Gabriel, mi psicólogo, había sido voluntario abnegado a llevar el grupo terapéutico, aunque hubiese sido mi idea. Yo, como todos los demás miembros, nos sentábamos interdiario, unos frente a otros, para hablar de aquello que nosotros mismos entendíamos a la perfección: la desilusión.

Seguíamos amando, pero todo nuestro amor estaba dirigido a fantasmas. Los verdaderos amores, ya se habían ido, habían abandonado el barco.

Y nosotros, tratábamos de remar para salir a flote.

Esta es la historia del viaje. De nuestras sesiones, de cómo nos volvimos aliados para lidiar con el dolor. De cómo nos curamos entre nosotros mismos, y de cómo yo misma tuve que comenzar a buscar el amor en el único lugar donde jamás iba a agotarse, dentro de mí. 

El Club de los No CorrespondidosWhere stories live. Discover now