La historia que ya fue contada

44 6 7
                                        

La noche había caído sin prisa.

El bosque, cubierto por una capa ligera de nieve, permanecía en silencio, como si incluso el viento respetara la calma de aquella pequeña cabaña de madera oculta entre los árboles.

Dentro, el fuego crepitaba.

La chimenea iluminaba el interior con tonos cálidos que contrastaban con el frío exterior. Las sombras danzaban suavemente sobre las paredes, acompañando el ritmo tranquilo de una familia que, a simple vista, no tenía nada de extraordinario.

Dos niños se encontraban sentados sobre una alfombra gruesa, envueltos en mantas, luchando contra el sueño.

Pero no estaban dispuestos a rendirse todavía.

—¡Papá! —insistió el más pequeño, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes—. Cuéntanos otra vez esa historia.

El hombre, sentado frente a ellos, apoyó el codo sobre la rodilla y los observó con una expresión que mezclaba paciencia y algo más difícil de definir.

—¿Otra vez esa?

—Sí —respondió el niño sin dudar—. La de la luna.

La niña, mayor que su hermano, suspiró.

—Siempre pide la misma.

—Porque es la mejor —replicó él, frunciendo el ceño.

La madre, sentada cerca de la ventana, dejó escapar una risa suave.

—Déjalo. A ti también te gustaba cuando eras más pequeña.

La niña desvió la mirada, algo avergonzada.

El hombre cerró los ojos un instante, como si tomara aire antes de algo que ya conocía demasiado bien.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero esta vez escuchan sin interrumpir.

Ambos asintieron de inmediato.

El fuego crujió.

Y entonces él habló.

—Hace muchos años, en una tierra que parecía no poder caer... existió una aldea que era considerada una de las más fuertes de su tiempo.

Los niños guardaron silencio.

—Era un lugar próspero. Ordenado. Protegido por un linaje que no conocía la derrota.

Pausa.

—El clan Sarutoi.

La madre levantó la mirada.

El hombre no la miró.

—Quienes llevaban ese apellido no eran conocidos solo por su poder —continuó—, sino por algo más difícil de sostener: su determinación.

El niño apoyó la barbilla en sus manos.

—¿Como guerreros?

—Sí —respondió el padre—. Pero no solo eso.

Se inclinó un poco hacia adelante.

—Eran líderes. Protectores. Personas que tomaban decisiones que otros no podían tomar.

El fuego iluminó su rostro.

—Y entre todos ellos... hubo uno que cambió el rumbo de todo.

La niña ladeó la cabeza.

—¿Quién?

El hombre no respondió de inmediato.

Su mirada se perdió un instante en las llamas.

—Musashi Sarutoi.

La madre bajó ligeramente la vista.

—Antes de ser emperador, fue el líder del clan —continuó—. Y cuando la guerra llegó... no esperó a que alguien más actuara.

El niño se acomodó mejor.

—¿Hubo guerra?

—Siempre la hay —respondió él con calma—. Solo que a veces tarda en llegar.

El silencio volvió a llenar la cabaña.

—Musashi reunió a los mejores guerreros que pudo encontrar —añadió—. No por obligación... sino porque vio en ellos algo que nadie más había notado.

Pausa.

—Potencial.

La niña frunció el ceño.

—¿Y ganó?

El hombre sonrió apenas.

—Sí.

Luego, más bajo:

—Pero no sin costo.

El fuego crepitó más fuerte por un segundo.

—Después de la guerra, el clan se fortaleció aún más. La aldea creció. Y Musashi... se convirtió en emperador.

El niño levantó la cabeza.

—¿Y tuvo hijos?

El hombre asintió.

—Sí.

Su voz cambió apenas.

—Una hija.

El silencio se hizo más atento.

—Su nombre era Hanako Sarutoi.

El viento rozó suavemente la ventana.

—Y aunque nació en un reino que parecía perfecto... Hanako nunca fue una princesa como las demás.

La niña sonrió levemente.

—¿Era rebelde?

El padre sostuvo la mirada en el fuego.

—Era... demasiado consciente.

Pausa.

—Sabía lo que se esperaba de ella.

—Pero también sabía lo que quería.

El niño inclinó la cabeza.

—¿Y qué quería?

El hombre exhaló lentamente.

—Alguien que la comprendiera.

El fuego volvió a sonar.

La madre cerró los ojos un segundo.

—Y esa noche... —continuó él—, bajo la luz de la luna... hizo un deseo.

Los niños se inclinaron más cerca.

El padre bajó la voz.

—Uno que cambiaría más de lo que ella podía entender.

Juramento bajo la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora