La confesión.

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Siendo muy joven, comprendí que no existen historias de amor con final feliz, sino únicamente historias de amor que no se cuentan hasta el final. Pero yo voy a contar mi historia hasta su trágico final.
En cuanto a su principio, solo el oscuro numen que rige nuestro destino podría explicar cómo ella, Anabel Durán, una hermosa niña recién llegada a la adolescencia, y yo, el artista fracasado que le daba clases de dibujo por las tardes, acabamos enfrascados en una pasión arrolladora, sin duda culpable, pero también irresistible. Anabel vivía en un lujoso piso del centro urbano con su madre (una bellísima viuda de buena familia) y su hermana pequeña, que solo tenía doce años. Pocas veces nos quedábamos los dos solos en su casa, adonde yo acudía todos los viernes por la tarde, pero supimos aprovechar aquellas oportunidades para dar rienda suelta a nuestro amor clandestino. Recuerdo que hicimos el amor por primera vez en su dormitorio, entre viejos ositos de felpa y muñecas de ojos tristes. Luego decidimos que allí corríamos demasiados riesgos y elegimos mi vetusta casa de las afueras como nuevo nido de amor. Algunas tardes (no muchas), Anabel le decía a su madre que había quedado con alguna amiga para estudiar en la biblioteca municipal y, tras dar muchos rodeos, llegaba a mi casa, donde permanecíamos juntos durante un par de horas. Luego se marchaba, siempre por un camino distinto del que había tomado al venir. Procurábamos que ninguno de mis escasos vecinos reparase en sus visitas, aunque, por si acaso, yo había hecho correr el rumor de que mi sobrina Laura (a la que nadie conocía en el barrio) me visitaba ocasionalmente. Durante sus estancias en mi casa sazonábamos nuestras relaciones con toda clase de juegos, a veces bastante inocentes. Ella era una actriz nata y yo guardaba en el desván los disfraces que mi difunta madre había usado durante su larga carrera como intérprete teatral, así que a veces nos los poníamos y representábamos toda clase de papeles, generalmente convenidos de antemano. Una tarde de octubre, al despedirnos, acordamos que nuestra próxima reunión tendría lugar el día de Halloween y que, por tanto, representaríamos a los personajes de mi cuento de terror favorito, “La caída de la Casa Usher”. Ella, con su mejor sonrisa, me prometió que acudiría a la cita convenientemente mentalizada para actuar como una genuina heroína gótica y, tras dedicarme un último beso, se marchó a su casa, ignorando que nunca más volveríamos a vernos.

Aquella tarde, mientras Anabel estaba conmigo, su hermana entró en su cuarto para usar su ordenador, cuya contraseña había conseguido adivinar. Entre los archivos encontró unas fotos de Anabel, donde ella aparecía sobre mi cama prácticamente desnuda. Yo no figuraba en ninguna de aquellas fotos, pero a su hermana, aunque era una niña, no le costó demasiado imaginar que allí había algo sucio y le fue con el cuento a su madre. Esta, escandalizada, llamó a las amigas de Anabel y estas, aunque ella les había rogado que la cubriesen si alguna vez llegaba a descubrirse el engaño, no tardaron mucho en traicionarla y confesar que llevaban mucho tiempo sin verla en la biblioteca. Así pues, cuando Anabel llegó a su casa se encontró con su madre hecha una furia. Tras darle una bofetada, la señora Durán le ordenó permanecer encerrada en su cuarto mientras ella hablaba con la policía. Anabel, temerosa de que me atraparan, decidió que debía avisarme cuanto antes, pero, aunque se sabía mi número de memoria, no se atrevió a usar su móvil, por miedo a que la policía acabara rastreando la llamada. La única opción que se le ocurrió fue llamarme desde la cabina telefónica de la calle, pero para eso tenía que salir de su cuarto sin ser vista. En un arrebato de valor, alcanzar desde la ventana la rama de un árbol cercano, pero, aunque era una chica ágil, los nervios le jugaron una mala pasada, calculó mal las distancias y se precipitó al vacío. Murió en el hospital aquella misma noche, pero yo no lo supe hasta varios días después, cuando un empleado de su madre me llamó para comunicarme que “ya no eran necesarios mis servicios”.
Nadie sospechaba que yo había sido su amante y su madre estaba demasiado compungida para seguir adelante con la denuncia, pero durante los días posteriores a su muerte mi alma se hundió en el mismísimo infierno. Pasaba casi todo el tiempo tumbado sobre mi cama, bajo los efectos de alguna droga que me ayudara a soñar con ella, no para recordarla, sino para intentar olvidar que alguna vez ella había sido algo más que un sueño. Pero nada de eso me salvó de la locura que me llevó a buscar la venganza contra todas aquellas personas a las que culpaba de la muerte de Anabel, incluido yo mismo. Durante el día de hoy (en el que se celebra la festividad de Halloween y durante el cual nosotros deberíamos haber celebrado nuestra representación) he raptado, una por una, a todas las infames que ocasionaron la tragedia: su madre, su hermana, las amigas que la traicionaron… Mientras escribo estas líneas, todas ellas se encuentran en el sótano de mi casa, concienzudamente atadas y amordazadas. Imitando un episodio de Juego de Tronos, he planeado su muerte para cuando den las doce de la noche: a esa hora unas velas que arden sobre el suelo del sótano se consumirán y la llama alcanzará la capa de fluido combustible que cubre las baldosas, provocando un incendio que acabará con ellas y también con mi casa, la cual se derrumbará sobre sus cimientos como el palacio de los Usher. Pero para entonces yo ya habré muerto, pues, mientras ahora mismo ya estoy empezando a sentir los efectos del veneno que he bebido antes de redactar mi confesión. Esta seguramente nunca será leída por nadie, pero tampoco me importa, pues no espero ni deseo que ningún mortal alcance a comprenderme. Algunos, quizás todos, me motejen de malvado, loco y cobarde, pero, ¿qué más da? Bien y mal, locura y cordura, cobardía y valor… esas son cosas de vivos y yo pronto estaré muerto. Los gusanos no notarán la diferencia entre la carroña de un santo y la de un monstruo…

NOTA DEL INSPECTOR ENCARGADO DEL CASO:
Una llamada telefónica procedente del teléfono móvil del pederasta alertó a la policía local de lo que iba a suceder, de modo que sus prisioneras pudieron ser rescatadas por un equipo especial, justo a tiempo de evitar la masacre que estaba a punto de cometerse. Se ignora quién pudo haber avisado a la policía, pero desde luego no fue el secuestrador, pues entonces este ya había muerto envenenado, tal como han certificado sin lugar a dudas los forenses encargados del caso. El agente que atendió la llamada recuerda vagamente haber oído una voz sumamente extraña, aunque vagamente semejante a la de una niña o mujer joven. Otro punto desconcertante es la presencia en la casa del cadáver de la difunta Anabel Durán, que apareció abrazado al cuerpo del pederasta, así como la línea escrita por una mano desconocida junto a la confesión redactada por este último. Dicha línea rezaba textualmente: “te prometí que acudiría a nuestra cita”.

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