Kristina miraba la nieve caer, mientras estaba sentada en el jardín del hospicio. Invierno. No había terminado de amanecer en Moscú, pero la sensación de tranquilidad le encantaba. Suspiró, dejando escapar todo el aire que contenían sus pulmones. Pareció ver una estrella fugaz, no estaba segura, pero de igual forma, pidió un deseo en voz baja. Se levantó, y sin mirar atrás, comenzó a caminar hacia el viejo edificio.
— Kristina —escuchó una voz femenina.
Sabía perfectamente de quién era. La encargada de aquel lugar, una mujer amargada y sin sentimientos. Kristina la miró con miedo, tratando de ídear un plan para escapar de allí.
— ¿Ocurre algo, Señora Inna? —preguntó.
— Te necesito después del desayuno en mi oficina —ordenó—. Ahora, ve a tu cama.
Inna dio media vuelta, saliendo de ahí. Kristina, encogió los hombros, caminando hacia la habitación compartida. Se acostó en su cama, buscando debajo de la almohada una vieja fotografía. Era ella de bebé, y por detrás decía su peso, altura y fecha de nacimiento. Lo único que conocía de su misterioso pasado. Con una lágrima bajando por su mejilla, acariciaba el rostro de aquella bebé.
— Niñas, arriba —se escuchó de fondo—. Se les hará darte.
Guardó la foto nuevamente, y empezó a arreglar su cama. Las otras niñas hacían lo mismo, organizar la habitación antes de ir a desayunar. Kristina conocía a todas las niñas de allí, pero no tenía ninguna amiga. Bajó al comedor como todos los días, y se colocó en la fila para reclamar su desayuno. Huevo frito y avena, Kristina prefería no desayunar, el huevo le daba asco. Comió rápido, recordando que debía presentarse ante Inna en su oficina.
— Debo ir a la oficina de la Señora Inna. ¿Puedo levantarme? —preguntó a una de las encargadas.
— Puedes ir, Kristina —le respondió.
Kristina corrió hasta llegar al lugar. Después del desayuno podían ir a jugar con la nieve, y no se quería perder eso. Tocó la puerta dos veces, y fue abierta segundos después. Inna le pidió a Kristina que tomase asiento.
— Relájate, todo está bien —confirmó Inna.
— Entonces, ¿qué ocurre?
— Ayer llegó una pareja desde Francia, buscando una niña con tus mismas características. Querían, especialmente a una niña mayor de doce años, y tú vas a cumplir catorce.
Esa información causó en Kristina una extraña sensación. Nunca fue una de las seleccionadas por su condición, pero esta vez era diferente, o así parecía. Una fina sonrisa se extendió en su rostro, quería gritar. ¿Había escuchado bien? Kristina sintió a Inna sonreír también. Extraño, ya que era una mujer de pocos sentimientos.
— Hablamos de tu condición con ellos, no les importó. Quieren empezar el papeleo ahora mismo —afirmó Inna.
— ¿Cuándo los conoceré?
— Deben estar por llegar. Es todo, puedes ir a jugar con la nieve.
Se levantó de la silla, dirigiéndose a su habitación. Emocionada, llevaba una sonrisa en la cara. Se acostó en la cama, imaginando a aquellos señores. Sin duda, lo mejor era Francia, otro país. Trataba de no hacerse muchas ilusiones, nada era seguro. Sin darse cuenta se quedó dormida.
— Kristina —murmuró.
— ¿Uh? —preguntó Kristina con los ojos cerrados.
— Debes levantarte. Hay dos personas que quieren verte
Abrió los ojos, asegurándose de no estar soñando. Se comenzó a sentir muy nerviosa. ¿Y si no le agradaba a los nuevos señores? Buscó su mejor ropa, que generalmente, era para fin de año. Lavó sus dientes, asegurándose de estar completamente lista. Salió del dormitorio con pasos lentos, y mientras caminaba a la oficina, notó que todas las niñas estaban jugando afuera.
