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CAPÍTULO 1

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Esa noche finalmente se le acabó la suerte. Sakura Haruno  sabía que la red se estaba cerrando y que venían a por ella. Esa noche podía entro como le posaban los talones. Esa noche, lo supo instintivamente, terminarían atrapandola.
-¡Deprisa!- la señora Gong, la dueña de la casa de citas Templo de Venus,  le entregó el vestido con manos temblo-rosas y Sakura lo tomo y se lo metió por la cabeza, sintiendo el sensual contacto de la seda azul lavanda.
Tampoco estaba tan mal: se sorprendió de que la señora Gong tuviera algo de tan buen gusto en su guardarropa. Una verdadera suerte, porque ni muerta se habría puesto uno de los vestidos de meretriz que solían llevar sus chicas. Aunque la estuviera persiguiendo las fuerzas de la ley. Sakura tenía su dignidad.
El rostro de la alcahueta estaba livido bajo la capa de pintura y polvos, con la mirada desorbitada de terror. Fuera, en el pasillo, el fragor de la persecución se oía cada vez más cerca: voces ladrando órdenes, retumba de botas, el estrépito de las piezas de estatuariaeroticade la señora Gong al estrellarse contra el suelo de mármol.
Andan registrando la casa. Si te encuentran aquí...
-No me encontraran- le dijo Sakura. Giro sobre sus talones, refiriéndose la melena de color rosa para que la señora Gong le abrochara el vestido. Podía sentir el temblor de los dedos de la alcahueta. El miedo de la señora Gong se le estaba contagiando. Un nudo de pánico le atenazo en pecho, robandole el aliento. Si perseguidor estaba tan cerca... literalmente le estaba pisando los talones.
-¿Pero y los papeles?- inquirió la señora Gong con voz temblorIsa.
-Ocultos- Sakura plameó la retícula azul lavanda que hacía juego con el vestido-. No temas señora Tong. De ti nadie sospechaba nada peor de lo ya eres: una avariciosos Madame de burdel.
-A eso llamo yo gratitud -repuso la señora Tong irritable-. A veces me pregunto porque te ayudo.
-Porque me lo debes -replicó Sakura. Mese atrás había ayudas al hijo de la señora Tong cuando fue detenido en el.curso de una redada política. En aquel momento estaba saludando su deuda.
-Yo no soy partidaria de la causa -rezongó la mujer mientras tiraba de los lazos del vestido con excesiva fuerza, en un pequeño gesto de venganza.
-El vestido me queda algo grande -protestó Sakura casi sin aliento.
-por eso necesito apretar más los lazos -la Madame dio otro fuerte tiron. Le entregó luego un chal a juego con flecos de plumas y camino de puntillas hasta la puerta. La entreabrió apenas, con un dedo sobre los labios. Sakura en arco una ceja, expectante. La señora Tong negó con la cabeza, volvió a cerrar sigilosamente la puerta y giro la llave.
-No hay escapatoria. Están por toda la casa, como una peste. Tendrás que esconderte.
-Me encontrarán -el miedo volvió a hacer presa de Sakura. Sabía que seria un desastre que la detuvieran estando en posesión de los papeles. La mandarina a prisión.  Todo aquello por lo que tanto había trabajado se perdería. Un sudor frío empezó a resbalar por su espalda.
-Necesito algo d tiempo, señora Tong
-le pidio-. Es una compañía de soldados y esto es un burdel. Distraelos. Recogió la chaqueta de hombre que había unido a su llegada, extrajo la pequeña pistola plateada de un bolsillo, la metió en su redecilla junto con los papeles y tiro con fuerza el cordón que la ataba. Se puso luego los elegantes zapatos azules que hacían juego con el vestido y esbozouna mueca: estaban diseñados para pies más pequeños que los suyos. Tendría ampollas para cuando consiguiera llegar a casa.
-No hay manera de distraer a su capitan -replicó la señora Tong-. No le gustan las mujeres.
-Envía entonces a un chico.
- Tampoco le gustan los chicos. E dice es liciado de guerra. Si lápiz no tiene mina, como se suele decir. Un lápiz extraordinariamente pequeño. Por cierto.
-Pobrecito -dijo Sakura, irónica. Que gran sacrificio el que ha hecho por su país. Pero lo que no logra el sexo, lo consigue el dinero. Hazle una oferta que no pueda rechazar. Podía oir las voces de los soldados acercándose por el rellano, con los portazos que daban conforme registraban la casa, con la misma delicadeza que un toro en una cacharrería. Las chicas de la señora Tong chillaban. Las voces masculinas de los aristócratas se alzaba en quejumbrosa protesta. Mucha gente, pensó Sakura, iba a ver expuestos sus vicios más privados aquella noche. La redada en el burdel de la señora Tong aparecería en las Gaceta y hijas hojas de escandalo del día siguiente. Sería la comidilla de la alta sociedad.
-Hora de hacer una rápida salida -dijo mientras se acercaba a la ventana-. ¿A qué que altura estamos de la calle?.
La mujer se le quedó mirando de hito en hito.
-No puedes bajar.
-¿Porque No? -replicó Sakura-. Hay un balcón, ¿No?
-Saco las sábanas de la cama y empezó a anudarlas para elaborar una improvisada soga.
-¡Es mi mejor ropa de cama!- protestó la señora Tong-. ¡ Me la estropearas!.
-Cargalo a mi cuenta. ¿Me olvidó de algo? La muher sacuso la cabeza, con un brillo de admiración en los ojos.
-Eres mujer de sangre fría. Deberías ser mi socia en el negocio.
Sakura negó con un gesto. Sólo la urgencia más desesperada había podido empujados a refugiarse en un burdel.
-Olvidate de eso señora Tong.  Vender sexo no es lo mío. Ni siquiera lo quiero cuando me lo ofrecen gratis - se despidió con la mano-. Gracias por tu ayuda.
Apartó las cortinas y abrió la puerta ventana que daba al pequeño balcón con balaustrada de piedra. Ató el extremo de la sabana a uno de los postes y tiro con fuerza. La tela aguanto, aunque seguía dudando si podría con su nada desdeñable peso. No tenía tenia mas opción, sin embargo, que correr el riesgo. Con los zapatos y la retícula azul lavanda en la mano, saltó la balaustrada, agarró la sabana con la otra y empezó a descolgarse. Las anchas faldas del vestido se informaron como campaña. Estaba todavía a alguna distancia de sueño cuando se acabó su improvisada cuerda y quedó suspendida en el aire, balanceandose hacía atras y hacia adelante con la brisa otoñal. Arriba podía ver a la señora Tong asomada al balcón, remontando todavía por sus sábanas.  Abajo quedaba aún si bien metro y medio para llegar al suelo. Por unos segundos permaneció colgada, indecisa entre trepar de nuevo por la sabana o arriesgarse a saltar. La sabana crujido, rascándose unos centímetros.  Los lazos de se quejaron casi al mismo tiempo, quedando su espalda al ceder las costuras.
De improviso, bruscamente, alguien le quitó la redecilla y los zapatos de la mano y al momento siguiente la tomo de la cintura para depositar la con suavidad en el suelo.

Hasta aquí mi primer capítulo espero y les guste.  😊😉

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