PARTE I
Pasada la medianoche, don Samuel despertó asustado. No sabía por qué, pero algo le estaba molestando al grado de no poder conciliar su bendito sueño. Era la primera vez en su vida que no podía dormir. Extraño, muy extraño, pensaba.
Sentado en la oscuridad de su habitación, repasó todo lo que hizo el día anterior; quizás ahí podía estar la respuesta a su insomnio. Las cosas que hacía a diario eran: por las mañanas, un tazón de leche con un enorme sándwich de queso, jamón y huevo. Luego iba al patio y barría las hojas que estaban desparramadas. Le gustaba dar una ojeada a las plantas que tanto cuidaba; sin embargo, había una que por más que tratase nunca crecía, ya que sus hojas se marchitaban y terminaba muriendo. La ruda no se le daba bien en el jardín; a pesar de sus cuidados y esmeros, no había caso, esta planta no lo quería para nada. Como de costumbre, luego de limpiar el jardín se sentó a observar el cielo. Era algo que le fascinaba hacer: ver cómo las nubes tenían diferentes figuras y cómo se movían. Además, escuchar el cantar de los pájaros le ayudaba a relajarse y sentirse más cerca de la naturaleza.
A veces sonaba el teléfono por la mañana, pero como siempre, lo ignoraba. Le desagradaba tener que levantarse solo para atender a un molesto vendedor ofreciendo quién sabe qué porquería; siempre lo mismo. La única llamada importante que sí esperaba con ansias era la de su hijo Gabriel, el cual llamaba cada dos días y a las ocho en punto de la noche; por lo tanto, no debía preocuparse de responder ni hablar con nadie más.
El señor Samuel era de pocos amigos. Solo conservaba uno de sus tiempos de escuela y hablaba con el vecino del frente por obligación, y con la señora amable pero intrusa de al lado, que lo mantenía informado de lo que acontecía en el barrio.
El mundo podía cambiar, pero don Samuel no. Todo tenía su perfecto horario y tiempo; no le gustaban las sorpresas, las encontraba desagradables. Admiraba a las personas simples que sabían alegrarse con tan poco.El almuerzo lo preparaba alrededor del mediodía y casi siempre hacía lo mismo. Le gustaban las cazuelas de pollo y, a veces, el arroz con dos huevos fritos y un gran vaso de jugo de fruta.Por lo general, encendía la televisión mientras almorzaba, ya que a la una y media daban las noticias. Como le gustaba verlas mientras comía, también aprovechaba de dar su opinión en voz alta, aunque sabía bien que nadie le contestaría.
Terminaba de comer justo cuando terminaba el noticiero. Levantaba su plato y lo dejaba lavado y guardado en su respectivo lugar; el orden, ante todo, era su prioridad. No sabía si esa costumbre la había adquirido desde su niñez o adolescencia, ya que siempre se había preocupado de que las cosas estuviesen ordenadas.
Le gustaba dar pequeños paseos al parque que no quedaba muy lejos de su hogar. Observar a las personas de reojo era divertido: ver cómo jugaban los niños y también escuchar algunas conversaciones ajenas le parecía interesante. A veces pensaba que, si no hubiese sido electricista, hubiese sido detective, ya que le encantaba indagar y buscar respuesta a las cosas. Luego de un rato, regresaba lentamente a su hogar y tomaba una siesta.
A las cinco en punto salía a comprar el pan, lo que le tomaba cerca de media hora. Le gustaba ir a la panadería porque todo el día salía pan fresco y muy crujiente.A las seis y quince minutos tomaba once; casi siempre comía queso y mermelada, pero a veces se le antojaba comer palta (aguacate) molida.Después de limpiar, encendía la televisión nuevamente y veía alguna película; no siempre eran de su agrado, pero para pasar el tiempo era excelente, aunque a veces, en vez de ver televisión, se dedicaba a leer hasta las nueve de la noche. A veces prefería escuchar la radio para saber las noticias.A las diez y media se iba a la cama, y despertaba al día siguiente a eso de las ocho de la mañana.Después de darse vueltas en la cama, encendió la luz. Y entonces... por primera vez en su vida de adulto sintió miedo. Claro, otras veces había sentido algo de temor, pero no era el mismo miedo que tenía ahora; este miedo era diferente, como cuando presientes que no vas a tener un nuevo mañana. Un miedo aterrador lo inundó; quiso gritar, pero su voz no salió. De pronto, sus manos comenzaron a sudar —más bien, no solo sus manos, sino todo su cuerpo—, una transpiración fría.
En cosa de segundos recordó su adolescencia: el rostro de su madre, el ladrido de Pluto, su perro guardián, el rostro amable de aquella maestra de escuela, su gran y fenomenal caída de las escaleras de la iglesia, la vez que se quebró la pierna jugando con sus amigos en la calle, también cuando casi lo atropelló ese enorme camión azul, el cual esquivó de milagro, o la vez que su madre le dio de regalo esas lindas zapatillas blancas. Todos los recuerdos pasaron por su cabeza en cosa de segundos.
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Viaje (editando)
PoetryUn hombre anciano viaja a otro planeta para ayudar a un amigo. Una historia donde hay muchas aventuras y problemas.
