"La basura juvenil jamás alcanza su plenitud". Es lo que decía aquel chico de ojos marrones y hermosa nariz redonda, distinguible y única.
La vida para "Daiogo Pac-Man" no era tan extraordinaria. Era lo que todos denominarían ordinaria.
Por si se lo preguntan, su nombre no era "Daiogo Pac-Man". Era más como un patético pseudónimo improvisado. La vida sería más fácil si los chicos tuvieran un nombre trisílabo y un apellido de un juego Arcade los los ochentas. Seguramente se la pondríamos difícil a los bravucones en las escuelas.
