La puerta

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La puerta del baño se abre sin ruido, no tiene chapa pues es el baño público de un bar hippie. Sin ruido se desliza hasta su posición inicial detrás de mí, pero yo no tengo tiempo, eso no le detendrá.

Rápido, la puerta del inodoro sí tiene seguro, es una puerta vieja y descuidada. Está hecha de tablones largos y delgados de madera, pobremente atornillados a unas barras metálicas, tan gruesas como mi dedo medio, que sirven como un marco mal cuadrado. La puerta está hecha para resguardar únicamente la privacidad; elevada a unos treinta centímetros del suelo y apenas cubriendo la cabeza cuando uno está de pie, por arriba. Tiene un seguro metálico que se recorre para encajar en un agujero en la pared, hecho con un taladro sin punta y de prisa.

Plas plas mis pies se estampan desesperados sobre el piso húmedo. La puerta rechina al abrir hacia mí, parece que a un globo le han hecho un agujero y dejan el aire salir de forma agonizante. Al cerrarla de vuelta y por la violencia con que lo he hecho, suena un animal porcino recibiendo un puntapie. Escucho mi corazón pulsando en mis oídos, shick se cierra el seguro, justo a tiempo para sentir la brisa de la puerta del baño que se abre. Sentado sobre el excusado si me asomo por debajo de la puerta puedo ver en parte lo que entró. La puerta se desliza silenciosamente detrás de lo que podrían ser las patas traseras de un oso, excepto que un oso no tendría unas garras así. Thud thud cada pie cae con al menos una tonelada. ¿Son cuernos eso que suena rasgando el techo? No necesita olfatear, ya sabe dónde estoy, subo las rodillas hasta mi pecho y espero.

BANG BANG! Azotan los puños la puerta, y puedo ver dónde se abolla la madera con cada golpe, cual si fuera una ligera capa de plástico. Ahora la toma por debajo y por arriba para intentar quitarla desde las bisagras, los dedos peludos se asoman de este lado de la puerta, con una daga protuberante en cada uno, y la madera cruje como si la pasaran por una trituradora, se dobla como cartulina de adelante hacia atrás mientras forcejea. Sin embargo, a pesar de ver cómo se va desmoronando el concreto, el seguro no se mueve del agujero en la pared, y la puerta no se rompe ni cede, sigue doblándose fuera de sus proporciones, y ahora escucho el rugido de rabia y frustración del otro lado. Ya falta poco, lo sé, en cualquier momento podré juntar mis dedos índice y pulgar haciendo presión, para liberarlos luego, y el golpeteo del dedo índice sobre mi palma hará ¡chaz!

Y ahora es el silencio, la puerta sigue intacta, de vuelta a sus proporciones normales, igual de sucia y desgastada y entera. A veces quisiera tener el valor de no ocultarme, o de que la puerta cediera. Pop! el frasco cede y las pastillas suenan como lluvia dentro, tranquilizante como estar en cama con la cobija hasta la barbilla; cae una, dos, tres a mi mano abierta. Sin agua es más difícil.

Gulp, esta es la última vez que olvido tomar mi dosis a tiempo.

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