La primera obra escrita por Juan Valera fue Pepita Jiménez, la cual fue publicada en 1874. Basándose en el modelo de Cervantes, la novela consiste en un manuscrito con una nota del autor donde explica que ha recuperado unos escritos encontrados en u...
Hace muchos años, dieciocho para ser exacta, me tocó leer esta novela como parte de un reporte de lectura de la asignatura de lengua española en la universidad y, sinceramente, me enamoré. La devoré en dos días y no fue en un solo día porque mi madre, con quien vivía en ese entonces, no me lo permitió. Hoy quiero compartir con ustedes esta magnífica historia de amor, un clásico del español Juan Valera.
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El señor Deán de la catedral, muerto hace muchos años, ha dejado entre sus papeles un legajo que, rodando de unas manos en otras, ha venido a dar en las mías. Sin que, por extraña fortuna, se haya perdido uno solo de los documentos de que constaba.
El rótulo del legajo es la sentencia latina que me sirve de epígrafe, sin el nombre de mujer que yo le doy por título ahora; y tal vez este rótulo haya contribuido a que los papeles se conserven; pues creyéndolos cosa de sermón o de teología, nadie se movió antes que yo a desatar el balduque ni a leer una sola página.
Contiene el legajo tres partes. La primera dice: Cartas de mi sobrino; la segunda, Paralipómenos, y la tercera, Epílogo: Cartas de mi hermano.
Todo ello está escrito de una misma letra, que se puede inferir fuese la del señor Deán y como el conjunto forma algo a modo de novela, si bien con poco o ningún enredo, yo imaginé en un principio que tal vez el señor Deán quiso ejercitar su ingenio componiéndola en algunos ratos de ocio, pero, mirando el asunto con más detención y notando la natural sencillez del estilo, me inclino a creer ahora que no hay tal novela, sino que las cartas son copia de verdaderas cartas, que el señor Deán rasgó, quemó o devolvió a sus dueños, y que la parte narrativa, designada con el título bíblico de Paralipómenos, es la sola obra del señor Deán, a fin de completar el cuadro con sucesos que las cartas no refieren. De cualquier modo que sea, confieso que no me ha cansado, antes bien me ha interesado la lectura de estos papeles; y como en el día se publica todo, he decidido publicarlos también, sin más averiguaciones, mudando solo los nombres propios, para que, si viven los que con ellos se designan, no se vean en novelas sin quererlo ni permitirlo.
Las cartas que la primera parte contiene, parecen escritas por un joven de pocos años, con algún conocimiento teórico, pero con ninguna práctica de las cosas del mundo, educado al lado del señor Deán, su tío y en el Seminario, con gran fervor religioso y empeño decidido de ser sacerdote. A este joven llamaremos Don Luis de Vargas.
El mencionado manuscrito, fielmente trasladado a la estampa, es como sigue.