Prólogo

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Las calmadas llanuras de Whismoon proporcionaban el lugar perfecto para el encuentro.

No había poblados ni lugares habitados cercanos a la inmensa llanura; había poca vida animal y la vegetación era escasa, descontando el pasto y los matorrales que crecían por doquier.

En medio de tal inmensidad, estaba un hombre. Ese hombre era, en muchos sentidos, inusual. Principalmente por estar solo a tan altas horas de la noche, pero aún más por su aspecto.

Era viejo. Su cabello, anteriormente negro, perdía la guerra ante las canas, mientras que su rostro mostraba signos de envejecimiento: arrugas y algunas manchas en la piel. Sus ojos eran azul pálido y tenían una fuerte mirada, usual en los hombres que han vivido lo suficiente.

Estaba vestido con una túnica negra que abarcaba todo su cuerpo. Además, sus zapatos eran tan negros como su investidura y él en particular exhibía un pequeño lazo color azul oscuro justo encima del corazón; Era la forma de destacarse con los de su clase. Cualquiera lo podría reconocer a distancia y casi todos se alejarían de inmediato, ya que lo más peculiar de ese anciano era reconocido al instante: era un Mago De Sombra.

Y no solo formaba parte de tan inquietante y extraña organización, sino que era el Gran Mago: líder de la organización más poderosa de todo el mundo.

Mientras ese anciano visualizaba impasible el firmamento, frente a él, de forma súbita, apareció otro hombre. Se encontraba cubierto por completo gracias a una capucha negra. El anciano no dio señales de haberse percatado de la aparición, a pesar del sonido susurrante que causaban los pies del hombre al pasar por la vegetación de la llanura. Sin embargo, al acercarse lo suficiente, bajó su mirada hacia él.

—Veo que has tenido éxito en tu cometido, Robert —comentó con voz calmada y suave.

El encapuchado con una mano se quitó el manto de su rostro. Era un hombre de edad media, mucho más alto que el anciano. Su cabello negro mostraba el inicio de canas en la nuca y cerca de las orejas. Las cejas pobladas y las pestañas cortas rodeaban unos ojos verdes que resaltaban con su túnica negra. A pesar de eso, el detalle más resaltante de Robert era el bulto que cargaba en su brazo derecho.

—No fue fácil —bufó Robert con culpabilidad—. Fui forzado a derramar sangre inocente.

—Una tragedia, eso sin duda, pero si no hubieras actuado así, todo estaría perdido—replicó el anciano bajando su mirada—. ¿Él se encuentra bien?

—Está en perfectas condiciones —confesó Robert quitando la manta del bulto, dejando al descubierto la figura de un bebé.

Era de tez blanca y cabellos negros. Sus párpados estaban cerrados, dejando ocultos sus ojos azules.

—No puedo creer aún que Arthur y Melia... —pronunció Robert mirando al niño mientras sus ojos se humedecían con lentitud.

—No podíamos evitarlo —interrumpió el anciano con dureza, ignorando la tristeza de Robert—. No podemos interferir en las guerras: somos neutrales. Y aunque ahora no te convenzas de ello, el destino de ambos quizás sea lo mejor a largo plazo.

Robert le dedicó una mirada consternada ante sus afirmaciones, pero decidió no pronunciar respuesta.

— ¿Has encontrado el lugar del que te hablé? —inquirió el anciano después de unos segundos en un profundo silencio.

—Sí, lo he hecho —soltó Robert con tono despectivo. Sus ojos observaron al anciano con desdén—. ¿Pretendes llevarlo a ese lugar? Son bárbaros, egoístas, se desprecian entre sí y podrían destruirse o peor, destruirlo a él.

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