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Vivía en una burbuja. Desde que nací, mis padres se empeñaron en sobreprotegerme de los peligros de la vida. A medida que crecía, esa protección se volvió cada vez menos beneficiosa, especialmente ahora que soy adolescente. Sentía que me estaban privando de experiencias vitales y, en lugar de ayudarme a crecer, me mantenían estancada en una seguridad artificial.

Decidida a romper con esa burbuja, intenté salir de mi zona de confort y tener nuevas experiencias. Escapé de casa con la esperanza de encontrar un novio y vivir todo lo que había imaginado para mi adolescencia. Sin embargo, la realidad resultó ser mucho más dura de lo que esperaba. Mis padres no solo estaban decepcionados; estaban furiosos, y la única solución que encontraron fue enviarme a vivir con mi abuela.

En el camino hacia la casa de mi abuela, no podía dejar de pensar en lo incomprendida y atrapada que me sentía. Sentía que me habían robado la oportunidad de vivir mi adolescencia como cualquier otra chica de 16 años. Anhelaba enamorarme, experimentar desilusiones, salir con amigas al cine, ir de compras... Tener mi primer beso y conocer el amor más allá de las páginas de los libros que solía leer en mi habitación.

Estaba recostada en la cama de mi abuela cuando recibí una notificación de Instagram. Al ver la foto de un chico muy guapo, su rostro me resultaba familiar, aunque no podía ubicar de dónde. Decidí escribirle para ver si él me recordaba.

—¡Hola! Me pareces familiar.

Tardó unos segundos en responder:

—Quizás me viste en el instituto donde estudio inglés. Fuera de ese lugar, no creo haberte visto antes.

En un principio, pensé que la conversación sería aburrida y estaba pensando en una excusa para dejar de responder. Sin embargo, la charla pronto se volvió sorprendentemente interesante.

Hablamos sobre nuestras preferencias y aversiones. La conversación fluyó hasta que él reveló:

—Me ponen nervioso las chicas. Practico jiu-jitsu y boxeo. Me han golpeado tan fuerte en el colegio que me han dejado inconsciente. Me gusta el té, fumo a veces, y tuve problemas con el alcohol desde los 14 hasta los 16 años. No me llevo bien con mi familia. El sexo siempre me dio lo mismo...

Esa última confesión desencadenó una conversación que rápidamente se volvió intensa.

Discutimos temas personales y profundos. Aunque al principio me sentí algo incómoda, pronto me acostumbré a la conversación. Le conté sobre algunos de mis intereses peculiares, como mi obsesión con los cuellos y los ojos de las personas. Él respondió:

—A mí me obsesionan las faldas, las lenguas y el masoquismo.

Nuestro chat se volvió cada vez más intenso, hablando de temas profundos casi todo el tiempo. El deseo de conocernos mejor creció tanto que un día me dijo:

—Quiero verte.

No supe qué responder. Sabía que verlo implicaría una experiencia significativa, y no quería parecer demasiado impulsiva. Sin embargo, acepté.

Nos citamos en una plaza, a dos horas de distancia de mi casa. Llegué primero, después de tomar un taxi. Me senté frente a un escenario donde se presentaban cantantes criollos por el Día de la Independencia. Mientras tanto, él me informaba cuán cerca estaba.

Finalmente, llegó.

Vi a Bruno acercarse y tomar asiento frente a mí. Sentí un nudo en el estómago; era aún más guapo de lo que había imaginado. Compartíamos el mismo tono de piel, y su cabello negro como la noche acentuaba su apariencia enigmática. Me di cuenta de que, a pesar de su juventud, tenía una presencia que imponía respeto y una energía que capturaba mi atención.

Tomé aire, me levanté con decisión y fui hacia él. Cada paso que daba aumentaba mi nerviosismo, pero también mi curiosidad por conocer al chico que había ocupado tanto espacio en nuestras conversaciones.

—¡Hola, Bruno!

Él me respondió con una sonrisa:

—Hola, Birsha.

Nos dirigíamos a un hotel...

Más allá del perfil.Cerita yang bikin terobses. Temukan sekarang