Nota de la mañana:
Me separan unos cuantos y dolorosos metros de su figura, de su calor corporal que mal no me vendría estrecharme en sus brazos por el frío. La conozco y se que no le costaría absolutamente nada proteger a quien sea entre sus brazos y brindarle una sonrisa compasiva y dulce, mostrando esos pequeños dientes relucientes. Miro la hora y no me sorprendo el verla tan temprano en la entrada del edificio, esperando a que abran las puertas, apoyando su pequeña espalda sobre la (seguramente) fría pared. Perdí la cuenta de los días consecutivos que la veía en esa misma misma posición de espera; Ahora sólo me dedico a observar.
Sus pequeños labios se pegaban y despegaban sin emitir ningún sonido, con su pie marcaba un ritmo algo rápido y para el final subió la comisura de sus labios con superioridad, como sí hubiese conseguido lo que había intentado desde que nació. Otra vez estaba sumergida en su mundo, y su transporte favorito parecía ser ese delgado cable que se dividía en dos con cada extremo descansando en sus oídos. Al parecer había logrado cantar en susurro la letra más sentimental de la canción sin equivocarse. No pude evitar marcar una sonrisa ante su pequeño y trivial logro.
Acabó de sonreír a la vez que, separando los belfos, formaba un globo casi transparente con su aliento. Podía imaginar ese aire con sabor a menta rozando sin ternura labios ajenos, de forma en que nadie podría esquivar el deseo de tocarlos. Miré un poco hacia las mangas de su abrigo, esas manos que proporcionaban caricias a todo ser vivo con sólo tocarlo estaban sufriendo. Los pequeños dedos que las acompañaban estaban temblando y más pálidos que de costumbre ¿Por qué no las guarda en sus bolsillos y las conserva cálidas?
Vuelvo a su delicado rostro, la sonrisa se había esfumado. Lo había notado desde este Lunes a la misma hora; La flor se está marchitando. Los pétalos oscuros que descendían desde lo alto de su cabeza habían perdido la mitad de su brillo y no estaban sueltos ni se meneaban al compás de la gélida brisa. Les había prohibido de su movimiento en un moño de tela bien ajustado. Sus ojos, que reflejan la vida y el estado en el que la flor se encontraban parecían no existir. Mirando a la nada su vista era oscura, como si recordara algo y trataba de darle sentido a la situación que imaginaba. Un destello repentino se escapó de sus ojos, se habían vuelto vidriosos.
Y en literalmente un parpadeo, en el momento en que sus finas y largas pestañas chocaron no pude mas que agachar la cabeza para evitar que el corazón doliera. Había llorado.
Fue nada más que una llovizna descendiendo por sus mejillas, sin embargo lo que mas temía era que, al llegar a su hogar, se convirtiera en una tormenta dolorosa.
¿Soy cobarde por tener miedo a acercarme? No tengo ningún motivo para creerme la salvación, ella no me conoce. Pero al mismo tiempo quiero que sepa que me interesa, que tiene alguien con quien hablar si es que le apetece; Que no está sola.
No puedo.
Por eso pongo mi esfuerzo en este simple texto, en estas diminutas palabras y tengo la esperanza de que lleguen a tus ojos, que retumben en tu cabeza por un momento. Y que estés consciente de alguien sabe que no estas bien. Comprenderé si no quieres mis horas, mi hombro o mi presencia.
¿En quien pensarás cuando leas esto? Tiene que ser alguien que ha invadido tu corazón no de forma romántica, alguien que si es capaz de hacer presencia y acariciarte con palabras de ayuda.
Por favor, quiero que vuelva ese brillo propio de tu existencia. Esperare todos los días a la mañana que hagan falta hasta que suceda. Habla con alguien aunque sea, tu melodiosa voz es imposible que sea ignorada.
Espero que deje de llover.
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