El Primer Encuentro: Adam
Era mi primer día en la empresa y, juro, jamás me había sentido tan nervioso. El señor McAlly era un tipo difícil de convencer, además de frío. Mi amiga Danielle me lo advirtió; ella intentó conseguir este trabajo, y no lo logró, y es la mujer más inteligente que conozco. Los nervios me carcomen. Una pasantía aquí sería un golazo, sin contar la buena paga.
—¿Usted es el señor Adam? —preguntó una mujer pelinegra, elegantísima.
—Sí, soy yo… Adam Williams, señorita —respondí, corrigiendo al instante, ¡qué idiota! McAlly era un hombre, un tipo joven de unos veintisiete años, o quizás menos.
Ella abrió la puerta y ahí estaba, el señor Evan McAlly. Ahora que lo veía bien, sí, parecía bastante joven.
—Señor Williams, aquí está el postulante para ser el nuevo administrador.
Él se quitó los lentes y me miró. Su cabello era castaño oscuro y sus ojos… ¡preciosos! Un azul intenso. Era un hombre atractivo, ¿qué diablos estoy pensando?
—Señor Williams, pase, póngase cómodo. Gracias, Marie, cierra la puerta antes de irte —ordenó. Ella obedeció y se fue. Él se sentó en una silla.
—Hola… Hola, ¿cómo está? —tartamudeé, sintiéndome estúpido.
Él sonrió. Bajé la mirada para que no viera lo rojo que me había puesto. ¡Mierda! Me sentía súper atrapado.
—¿Está nervioso, señor Williams? —preguntó, con un tono burlón.
Rodé los ojos mientras observaba el suelo.
—Un poco.
—¿Tiene alguna experiencia como administrador? ¿Ejerció su trabajo alguna vez? —preguntó, tomando una libreta.
Su manera de hablar y de moverse era jodidamente excitante. ¿Qué estás pensando, Williams?
—No, de hecho, no he tenido suerte. La mayoría de las personas buscan a gente con experiencia.
Él rio y se sentó junto a mí.
—Es cierto, pero se olvidan de que todo se puede aprender.
Me sonrojé como un idiota por la manera en que lo dijo. Parecía que se refería al sexo.
—Sí, es verdad.
Él me observó de arriba abajo. Me intimidar muchísimo.
—¡Evan, idiota! Tengo que decirte, eres una perra, no puedes hacerme eso a mí —habló rápido una mujer pelirroja con una camisa blanca que le ajustaba.
—Nina, estoy en una entrevista de trabajo, ¿puedes irte?
—Oh, lo siento mucho. Soy Nina O'Brien, su mejor amiga y ejecutiva. ¡Buena suerte con esta perra! —extendió su mano. La saludé y se fue.
—Lo siento, Adam Williams. Nina puede ser algo…
—¿Indiscreta? —pregunté, tocando mi barbilla.
—Sí. ¿Usted es soltero? ¿Casado?
Llevaba cuatro años con Leyla; nos conocimos en la universidad. ¿Que si la amaba? Por supuesto que no. Después de que su padre, un alcohólico y jugador compulsivo, las dejara a ella y a su madre en bancarrota, decidí casarme. Bueno, mi madre lo decidió por mí, ya que si ella se casaba, heredaría los millones de su abuelo
.
—Me casé con mi novia de la universidad, Leyla Kingston.
—Felicidades. Espero que todo salga perfectamente bien.
Él se puso de pie.
—Me gustaría saber, ¿tengo trabajo? —dije. Me sentía muy incómodo, ¿por qué después de tantos años volvía a sentir esto por un hombre? Si mis padres supieran, probablemente me mandarían a un psiquiatra.
—Tengo que seguir haciendo preguntas para dárselo —respondió.
Tenía una sonrisa preciosa, además de unos labios carnosos.
—¿Puedo preguntar algo? —le pregunté. Él me miró fijamente.
—¿Cómo hizo para expandir sus empresas? ¿Fue fácil para usted? Ya sabe, por su sexualidad.
Él se detuvo y sonrió.
—¿Cree que por el hecho de ser gay mi inteligencia está determinada? Por supuesto que no, señor Williams. Luché por todo lo que tengo hoy. Soy el empresario más importante de Canadá.
—Lo siento, fue muy estúpido de mi parte preguntar eso.
Parecía molesto.
—Gracias por la entrevista y por su tiempo, señor Williams.
—Está bien.
Me giré para irme. Era obvio que no me daría el trabajo.
Pov Evan McAlly
Observé a Marie guiando al nuevo postulante. Adam Williams. Su currículum no era precisamente impresionante, cero experiencia administrativa, pero algo en su foto y en la forma en que lo describió recursos humanos me intrigó. Siempre he creído que el potencial puede superar a la experiencia si hay una chispa.
Cuando entró, lo primero que noté fue su cabello castaño claro, algo revuelto, y unos ojos verdes que parecían algo asustados. Joven, muy joven. Marie hizo la presentación y cerró la puerta.
—Señor Williams, pase, póngase cómodo.
Él se sentó, y pude sentir su nerviosismo. Tartamudeaba al saludarme. Un ligero rubor le cubrió las mejillas mientras bajaba la mirada. Me sorprendió un poco; no era común ver a alguien tan abierto con sus emociones en una entrevista.
—¿Está nervioso, señor Williams? —pregunté, con un ligero deje de burla. Era una prueba. Quería ver su reacción.
Él rodeó los ojos antes de admitirlo. —Un poco.
Le hice las preguntas de rigor sobre su experiencia. Cuando dijo que no tenía ninguna en administración, no me sorprendió. Es el problema de los recién graduados: quieren entrar en empresas grandes pero el mercado exige experiencia.
—Es cierto, pero se olvidan de que todo se puede aprender —le dije, inclinándome un poco hacia él. No sé por qué lo hice, pero sentí una extraña necesidad de calmarlo, o quizás de crear una conexión. Parecía que se lo tomó de otra manera, sus mejillas se encendieron aún más. Interesante.
En ese momento, Nina irrumpió en mi oficina, como siempre. Dramática y ruidosa.
—¡Evan, idiota! Tengo que decirte, eres una perra, no puedes hacerme eso a mí —vociferó.
Rodé los ojos. ¿Por qué siempre hacía esto? Le pedí que se fuera, pero claro, Nina nunca se va sin dejar su huella. Se presentó a Adam, con esa energía avasalladora que la caracteriza. Él la saludó, educado.
—Lo siento, Adam Williams. Nina puede ser algo…
—¿Indiscreta? —sugirió él, con una pequeña sonrisa, tocándose la barbilla. Me gustó que no se sintiera intimidado.
—Sí —confirmé. Luego, para reencauzar la conversación, le hice la pregunta personal que siempre hago. —Usted es soltero? ¿Casado?
Su respuesta me sorprendió. Leyla Kingston. Novia de la universidad, matrimonio por conveniencia familiar, según pude inferir de sus ojos. Había una sombra en su mirada cuando mencionó a su esposa, algo que no encajaba con la imagen de un hombre felizmente casado.
—Me casé con mi novia de la universidad, Leyla Kingston.
—Felicidades. Espero que todo salga perfectamente bien —dije, casi por inercia, mientras me ponía de pie. La entrevista estaba llegando a su fin.
Él se apresuró a preguntar si tenía el trabajo. Había una mezcla de desesperación y timidez en su voz que me hizo pensar que realmente lo necesitaba.
—Tengo que seguir haciendo preguntas para dárselo —respondí, con una sonrisa que no pude controlar del todo. Sus labios, su expresión… era bastante cautivador.
—¿Puedo preguntar algo? —me pidió, con sus ojos verdes fijos en los míos.
—¿Cómo hizo para expandir sus empresas? ¿Fue fácil para usted? Ya sabe, por su sexualidad.
La pregunta me tomó por sorpresa. Una pequeña chispa de enfado se encendió en mí, una chispa que rara vez permito que se vea. ¿Mi sexualidad? ¿Eso era lo primero que le venía a la mente al ver mis logros? Me puse de pie y lo miré fijamente.
—¿Cree que por el hecho de ser gay mi inteligencia es determinada? Por supuesto que no, señor Williams. Luché por todo lo que tengo hoy. Soy el empresario más importante de Canadá.
Su cara palideció. —Lo siento, fue muy estúpido de mi parte preguntar eso.
Mi enfado se disipó tan rápido como llegó. Era joven, y probablemente inexperto en cómo lidiar con personas como yo. Su disculpa fue sincera.
—Gracias por la entrevista y por su tiempo, señor Williams —dije, terminando la conversación.
Él asintió. —Está bien.
Lo vi girarse para irse. Era obvio que creía que no le daría el trabajo. Pero algo en él me decía que valía la pena considerarlo. No solo por su aparente necesidad, sino por esa cualidad intangible que lo hacía… diferente.
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Nuestro Secreto +18 (Gay)
RomanceEl su jefe El su nuevo empleado Y ahora ¿su nuevo sumiso?.
