La Décima, Libro Primero: La Aguja de Oro

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La décima Primer Libro: La Aguja de Oro

Juan Ricardo Orduz García

© 2008 Bubok Publishing S.L. 1ª edición ISBN: DL: Impreso en España / Printed in Spain Impreso por Bubok

Para Patricia, Laura y Juan Felipe, este viaje tuvo sentido y fueron ustedes.

Advertencia acerca de la obra

La presente historia y sus personajes son total responsabilidad ficcional del autor. Cualquier parecido con la realidad es una ocurrencia paradójica o coincidencia fortuita.

El Autor

“We only kill each other”

Benjamin “Bugsy” Siegel

“So efficient were these “secret societies” that they gave rise two telling Chinese sayings: “Armies protect the emperor, secret societies protect the people” and “The officials draw their power from the Law, the people from the secret societies”

Terry Gould, Paper Fan

“Nuestro negocio es el espíritu del hombre”

Jefe Yakusa citado por Pierrat & Sargos

La décima Libro Primero: La aguja de oro

Porcupine 1 Orlando ha recogido los libros del estante para marcharse rumbo al café cerca de su casa. No ha tenido un día mejor. Nada ha pasado. Ha podido avanzar en la escritura del artículo de la nueva mafia surasiática. Le dijeron que necesitaban el artículo para noviembre. Pudo concentrarse y aspirar el olor de su pipa. El día terminaba con un sol naranja difuminado y esparcido en notas lineales por la montaña. Nada mejor ahora que caminar rumbo a su taza de capuchino y a sus amigos de la revista, los que le facilitan el olvido de esta vida corta y breve donde fingimos que existimos. Aún no ha avanzado mucho por el paseo de peatones de la avenida cuando la siente. No sabe cómo decirlo. Más la siente. A esa mujer de negro que lo miró cuando descendió las escalinatas de la sede de la revista. Lo que hace Orlando es lo obvio. No la mira. Al rato la mujer continua desde lejos su paso. Es muy evidente que lo persigue por cuanta calle. A pesar de ello, él quiere no hacerlo evidente. Preferiría que hubiera sido un hombre puesto que ya hace rato lo hubiera confrontado. Sin embargo esta mujer que él siente como un fantasma en el recorrido es diferente. Hace un momento apenas cuando la vio desde el reflejo de la vitrina, se veía como una mujer humilde aunque digna. No es una indigente, tampoco es una loca. De todos modos lo sigue con determinación. Y su rostro no es alegre o feliz. Parece como una mujer en luto. Entra al café pero ella no lo hace. Orlando la olvida. En el café consigue que Marcos lo apoye en la fotografía de un artículo en la selva. Marcos odia la selva. No obstante Orlando cree en su profesionalismo. Le dice que no puede haber alguien mejor para fotografiar a los niños y a las mujeres perseguidas en el genocidio. Marcos asiente inexpresivo. Nunca sonríe. Parece una momia. Detrás está el ser humano. Marcos se levanta y Orlando queda con su capuchino nuevo y una música de fondo. No sabe cuándo ella está sentada frente a él. No ha pedido permiso para estar allí. Orlando está claro en no preguntar, ella debe decir algo. Y lo dice. ¿Orlando Rivas?- pregunta la mujer. Él asiente con aire de molestia. Necesito que usted me ayude- gime la mujer.

2 Orlando le ha pedido a ella otro café. Ella se negó. Incluso pidió disculpas por seguirlo, por sentarse así. Orlando dice que no hay problema, ahora en realidad tiene

curiosidad. Efectivamente no es una loca. Habla con un acento del interior. Es educada, de clase. Sus hipótesis acerca de ella eran válidas.

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Necesito que usted me ayude, por favor-vuelve y repite, parece que no sabe cómo empezar. Dígame de una vez-replica Orlando con impaciencia. Es que esto es muy difícil. Si saben que usted lo sabe o que cualquiera más lo sabe, nos matan- el labio inferior le temblaba de forma incontrolable. Orlando ya había oído antes esta clase de testimonios por lo cual se relajó. Como periodista ya antes le había ayudado a otra mujer a ocultarse como testigo de un crimen de narcotráfico. Se conocía las formas para protegerse y proteger a testigos e inocentes. Por ello se relajó y suspiro. Si es así de peligroso, antes de que me diga algo, es mejor acudir a la policía, señora. ¡Menos!- baja la voz, mira a los lados- para llegar acá he tenido que dar muchas vueltas, señor Rivas, pero usted es el único. ¿Único?, bueno, la verdad en la revista hay periodistas encargados de temas judiciales muy profesionales… En esto me han dicho que usted es el único- dijo la señora y Orlando palideció. Sí, había algo en lo que él era único. Entonces este no es el lugar para que hablemos, señora. Sí, para mí sí. Para que no me siguieran en la revista tuve que dar muchas vueltas. Y su casa…no me parece, señor Rivas. ¿Qué le sucede, señora? Me llamo Carmen, por ahora soy Carmen. Y estoy metida yo y toda mi familia, mi hija, en algo demasiado espantoso. Si no hago algo que me pidieron, me matan a mi hija.

La Décima, Libro Primero: La Aguja de OroWhere stories live. Discover now