Jazmín no tiene recuerdos de sus padres durante su infancia.
La información la golpea de forma inesperada en medio del caos rutinario de la cocina del Hotel Estella en el horario del almuerzo.
Así porque si.
Y totalmente de la nada.
No es como si alguien le hubiera preguntado algo respecto al tema o siquiera mencionado algo que podría haberle hecho volver un poco en el tiempo.
Tampoco es como si sus padres no hubiesen formado parte de su infancia. Porque lo hicieron, ella lo sabe. Incluso lo encuentra plasmado en alguna de las pocas fotos que trajo consigo cuando escapó de la casa de su padre, hacía ya una vida.
Pero mientras termina de preparar las tartitas de lavanda que pretende servir para la merienda, la forma en la que puede recordar los pasos de memoria y sin vacilar ni siquiera un instante contrasta totalmente con el esfuerzo que tiene que realizar cada vez que quiere recordar lo que se sentía un abrazo de su padre, la caricia acompañada de una palabra dulce de su madre.
Es algo que sabe que sucedió, que está ahí, en alguna parte de su memoria. Pero que nunca puede terminar de revivir del todo. No como ella lo necesita.
Cuando recuerda algún evento del jardín de infantes, los festivales durante la escuela primaria (en los que ella participaba con el entusiasmo y los sentimientos a flor de piel por tener la posibilidad de expresar su –en ese tiempo- recientemente descubierta faceta artística) lo único que recuerda ver cuando levantaba la mirada hacia el público es su abuela.
Tiene que detenerse por un momento y tomar un respiro.
No es el momento.
No es el momento para pensar en su abuela. Mucho menos en sus padres.
Es totalmente sabido que no puede hacer ninguna de las dos cosas sin llorar. Por motivos totalmente opuestos (o no tanto).
Pero el día termina, y Jazmín llega a su casa con la sensación de un vacío que no sentía en el pecho hacía ya mucho tiempo, pero que parece ser una inconstancia inevitable en su vida.
Le duele y le pesa tanto que tiene que sentarse en el suelo, espalda contra la puerta, para poder dejar ir los pensamientos que la torturaron durante todo el día y toda su vida y que parecen tener tanto tiempo ahí encerrados que amenazan con no dejarla sostenerse un segundo más sobre sus pies.
Aveces Jazmín cree que su vida es como un mal chiste. O que quizá hizo algo horrible en otra vida y es un mal karma. O que existe alguna especie de poder superior que parece divertirse entregándole felicidad y arrebatándosela cuando ella cree que puede tomarse un respiro para disfrutar de esta.
Pero también cree que la vida no puede vivirse, mucho menos sentirse, de forma lineal.
No lo desea tampoco.
Es plenamente consciente de que existen momentos buenos y malos, que todo está ligado con todo y que es inevitable sentir. Pero si se pone en la balanza, en su vida las malas situaciones tienen más peso que las buenas.
A esto viene su inexplicable planteo.
Jazmín no tiene un solo recuerdo de sus padres conviviendo juntos y sobre todo, felices.
Aunque le parezca algo triste y nunca se lo haya admitido a nadie, el primer recuerdo claro que cree tener es el de ella, en la misma posición de ahora, pero con 24 años menos, tras la puerta de la habitación de sus padres mientras estos discutían sobre cosas que no recuerda. Pero lo que si recuerda son los gritos e incluso el ruido del cristal estallando contra la pared en algún momento de lo que pareció el momento más interminable de su vida.
Luego de eso, parecieron desencadenarse un interminable sinfín de buenas y horribles situaciones.
A partir de la primera vez que escuchó una discusión de sus padres comenzó a sentirse incomoda y extraña en su propia casa. El miedo de realizar un movimiento equivocado que pudiera generar una mínima discordia la acechaba constantemente, angustiandola y limitandola en un montón de aspectos. A realizar y realizarse.
Lo que conllevó el fin de la constante tensión y los llantos por las noches, fue el abandono de su madre.
En su momento no sabe que hubiese preferido. Que se quedara, que se vaya, irse con ella. Pero de todas formas no tiene importancia porque no tuvo elección.
La huella que dejó Esmeralda en sus vidas fue tan evidente que Jazmín no pudo soportarlo.
Un día, cuando tenía 19 años, se enteró de que su padre vendría a cenar a su casa. Hacía semanas que lo esperaba.
Se tomo su tiempo y preparó la cena, acomodó la mesa y se sentó a esperarlo. Pero este se retiró sin probar bocado y sin decir palabra cuando Jazmín le comentó (así, al pasar y como quien no quiere la cosa y trata de hacerlo lo mas leve posible) que estaba enamorada.
De una mujer.
Unos meses después, huía de su casa con un falso matrimonio decidiendo dejar de buscar donde nunca hubo.
Porque nunca hubo un padre después de la ida de su madre. Podría decir que incluso desde antes.
Nunca hubo besos, ni abrazos, ni te quieros, ni siquiera un falso interés de fingir que se preocupaba por la vida o los intereses de Jazmín.
Los hubo regalos, y los hubo breves momentos de compartir en silencio con el olor del tabaco penetrando las fosas nasales de Jazmín, mientras observaba a su padre sin emitir movimiento. También hubo ínfimas sonrisas o asentimientos de aprobación durante las firmas de boletines o las propuestas sobre comenzar algún que otro curso que le permitiera expandirse artísticamente.
Pero el estar sin estar fue algo más doloroso todavía. Porque incluso con la ida de su madre, Jazmín tuvo la posibilidad de generar una imagen, una idea, de su madre esperándola y queriéndola, con un porqué de las cosas que pasaron que Jazmín estaría totalmente dispuesta a escuchar y entender. Incluso aunque no fuera cierto. En cambio la total indiferencia de su padre era algo que debía afrontar día a día, algo que no daba lugar a dudas, que era lo que era.
No es que no lo haya intentado. Porque lo hizo, con todas sus fuerzas. Pero nunca parecía ser suficiente, y solo termino generándose dentro de ella un agujero lleno de dolor, frustración, inseguridades y un montón de sentimientos horribles que le costaron a Jazmín muchas lagrimas y noches sin dormir antes de decidir dejarlos atrás.
Pero en su momento eso solo la llevó a abrazarse a lo único que tenía, que tiene y tendrá.
Porque Jazmin se tiene. Y eso es todo lo que quiere creer que importa.
Que a pesar de las distintas formas de abandono de sus padres, a pesar de la dolorosa ida de su abuela, de Elena; ella y su arte, y el canto, y la pintura, y la cocina y la infinidad de ocupaciones que tiene en su vida son capaces de llenarla y ayudarla.
Entonces, se toma un momento, y respira.
ESTÁS LEYENDO
Quedándote o yéndote.
FanfictionHola Revisando entre mis documentos, me encontré con algunos bocetos de historias flozmin que había escrito hace un tiempo y dije... ¿Por qué no? Nunca escribí un fic y la verdad no sé a donde me llevará esto, pero me intriga jaja Pasan los años y y...
