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Capítulo uno: ¡Me suenas de algo!

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Él estaba feliz. No completamente, pero estaba satisfecho.

Su habitación, echa un desastre, con cajas de pizza bajo su cama, ropa en el suelo y zapatos sin pares por doquier.

Todo un desastre.

Su cama era el único espacio que se podía considerar "decente", más que un espacio, era su lugar favorito. Su lugar favorito, para comer, para pensar, para dormir, para desconectarse del mundo, para tumbarse y sobre todo, para pensar en ella.

Oliver estaba tumbado en su cama, pensando en ella, su razón de estar feliz. Miraba el techo, gris, con alguna que otra gotera, pero imaginaba como colores y delicados trazos dibujaban la cara de Samantha.

Sus facciones y su tez blanca, con aquel cabello negro y sus ojos verdes, sus labios dulces como la miel y aquella sonrisa.
a era jodidamente hermosa.

Suspiró y dejó de ver hacia el techo, no quería seguir pensando en ella, pero honestamente, Oliver no podía evitarlo.

La mirada de Samantha, su risa, la manera en la que sonreía , la delicadeza de sus pasos.

Después de todo eso, Oliver lo supo.

Estaba completamente enamorado de ella.

Era algo que se veía venir, no era inesperado ni repentino.
El estaba enamorado de Samantha desde que tenía uso de razón.
No era algo del destino, había sido su elección, la había elegido a ella antes que otra chica.

Pero ella no podía acordarse de él. No podía verlo sin preguntarse quién era.

Samantha apenas recordaba su nombre, dónde vivía y quién era el presidente, y no siempre fue así, llevaba unos pocos años en aquel estado. La habían aislado, no apareció en el instituto, y dejo de verse en el parque donde solía tocar con su guitarra.
La música era su fuerte, tenía un talento increíble.

Supongo que ni recordaba eso, ni lo sabía.

Se levantó de su cama y salió de la porqueriza de habitación, sus pies descalzos, que no hicieron más que soltar un seco crujido de la madera.
Uno, dos, tres pasos.
Se encontraba en las escaleras, lo divertido era bajar de dos en dos.
Y así lo hizo, torpemente con una que otra probabilidad de caer al suelo, y estampar su cara en aquel brillante mármol.
Pero no fue así, lo hacía todos los días y sus pies no le fallaban.

Se dirigió a la cocina, en busca de alguna barrita de cereales, Eran sus favoritas.

Buscó en la repisa, el estante, pero no encontró nada.

Oliver soltó un pequeño gruñido a modo de queja, su alma le pedía a gritos barritas.
No de chocolate.
Ni de frutas.
De cereales.

Pasó de buscar lo que su corazón le pedía para observar a través de la ventana que daba al patio delantero.

Todos los días a las 16:00 Samantha se sentaba a leer en el jardín, acompañada de Pam, la agradable mujer que se había encargado de cuidar de ella.

Ni un minuto más, ni un minuto menos.

El reloj dio la hora indicada y él pudo sentir como su corazón se aceleraba, sus manos sudaban y su cara enrojecía.

A través del cristal, vio como como la puerta de los Josic se abría lentamente y daba paso a su hermoso ángel.

Su hermoso ángel con la mente echa pedazos.

Nada podía ser completamente perfecto, sólo por ese detalle, de olvidarlo todo y comenzar de cero todos los días.
Pero ella seguía siendo perfecta.
Al menos ante los ojos de él.

Llevaba aquel vestido de verano amarillo a cuadros que tanto parecía parecía gustarle, sus pies descalzos y delicados, dignos de una bailarina, su cabello negro que le rozaba los hombros y sus ojos.
Verdes como una esmeralda.

Una total belleza.

Detrás de ella se asomó la señora Pam con aquel libro que parecía nunca desprenderse de su mano "La íliada".
Un clásico.
Pam era un tanto bajita y corpulenta, con algunas canas y ojos ámbar. Era el típico estereotipo de abuelita amable.

La señora tomó delicadamente el brazo de la chica le indicó done sentarse.

Y llegaba el momento.

Oliver se apartó de la ventana y caminó hasta la puerta, giró la manilla y una fresca brisa golpeó su cara delicadamente, despeinando su cabello, haciendo que apuntase a diferentes direcciones.

Se peinó un poco con las manos, o hizo un intento.
Y caminó hasta ellas.

El sentía nervios mientras que ninguna parecía percatarse de su trayectoria.

-¿Recuerdas por dónde quedamos ayer?-. Preguntó Pam, con un tono suave mientras hojeaba el libro.

Samantha se quedó en blanco.
Sus ojos estaban perdidos buscando una respuesta.

Oliver se sentó a su lado y le dio un pequeño golpe en el hombre, haciéndola volver y percatándola de la existencia del chico.

Pam sonrió, era triste que la más bella historia de amor fuese olvidada.

Ella le miró analizando su cara detalladamente y sonrió.

-¡Me suenas de algo!-. Dijo en un tono muy animado.
Oliver sonrió.

-Sí, soy tu vecino, y estudiamos juntos-. Dijo sonriendo.

También fuiste mi novia.
Nos escapamos.
Tuvimos mil aventuras.
Mi mejor amiga.

Pero no podía quejarse, al menos le "sonaba de algo".










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⏰ Last updated: Jan 01, 2019 ⏰

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