Era un pueblo con mar, como dice la canción. Con mar, playa, una costa preciosa, con isla en plena playa y con un verde y unas montañas llenas de vegetación frondosa por donde circulaban ríos, regachos y humedales que la alimentaban.
Sus casas más bonitas eran de piedra antigua, madera y forja de hierro. Con puente romano por donde aún circulaba el tren. Con calles de adoquines y casco histórico, con jardín en pleno paseo rodeando la playa y amplias zonas de ocio donde pasear y hacer deporte respirando el aire marino y de las montañas que lo circundaban todo.
Con pueblos vecinos tan preciosos como él, más grandes o más pequeños, pero todos con un encanto especial.
Lo visité en primavera con muy mal tiempo y me impactó lo bonito y agradable que era. Volví días después con sol y buen tiempo, sentí lo mismo que el primer día. Ese día lo decidí. Tenía que vivir allí, por lo menos una temporada. Destinaría una parte de mis ahorros a establecerme allí y luego buscaría un empleo que me cubriera gastos, nada ambicioso. Que me permitiera disfrutar y vivir allí. Eso sería suficiente. Menudo premio. Un lujo vivir y disfrutar aquello, pensé sentada en el espigón del puerto, que tenía unos escalones muy cómodos que miraban al mar donde podías sentarte y protegerte del viento disfrutando del mar y las vistas, ver el ajetreo del puerto, que me encantaba, ver sus barcos, contemplar la isla y la playa desde otra perspectiva y estar tranquila leyendo o escuchando música. O simplemente disfrutando de lo que allí te rodeaba. Ese rinconcito del puerto era mi favorito y lo seguiría siendo con el tiempo. Allí despedí cada día el sol cuando atardecía y se escondía entre las montañas pegadas al mar. Esa experiencia no me la perdí ningún día durante mis vacaciones. Llegaba a las siete o así, de la tarde, cuando el sol ya no calentaba tanto y me quedaba absorta mirándolo todo. Los barcos de pesca llegaban y movían sus redes, descargaban sus capturas. La gente pescaba con sus cañas y los barquitos salían a navegar o a hechar sus artes de pesca. El ajetreo estaba servido. Todo eso unido a la tranquilidad y la belleza que me rodeaba lo hacían adictivo. Durante eses días mis pasos se apuraban para llegar al puerto estuviera donde estuviera para disfrutar de aquel espectáculo tan vistoso. El olor que allí se respiraba era en sí, vida. Fue decisivo para tomar en serio el tremendo cambio de mi vida. Fui consciente del privilegio que todo aquello ofrecía y no me lo quise perder. En mi segunda visita me dediqué a buscar alojamiento más definitivo, algo cómodo para alquilar cerca del centro urbano para no perderme aquella maravilla y por supuesto que me lo pudiera permitir.
Anduve, miré y paseé fijándome en cada cartel o letrero de "Se Alquila". Visité algunos pero eran demasiado grandes para mí sola y nada económicos, eran para familias.
Antes de irme a la ciudad contacté con la señora de una tienda de ultramarinos, de las de toda la vida en los pueblos, donde yo compraba fruta cada tarde para comérmela mirando al mar en el puerto.
Remedios, que así se llama, me sonrió al saludarme. Ya me reconocía de cada día y después de darme las buenas tardes me preguntó:
- ¿Lo de siempre?
- Pues sí,gracias. Hoy también voy a disfrutar de las vistas del puerto. Es un lugar mágico, cuánto más voy más me gusta - le contesté muy alegre.
- ¿Sí, se la come allí? La fruta, digo.
- Si, allí sabe mejor que en ningún sitio.
La señora se rió de mi ilusión por el lugar.
- ¿No es de aquí,verdad?
- No, pero me gustaría serlo
- le contesté -. De hecho volveré para ver si tengo suerte y encuentro una vivienda para venirme una temporada y establecerme aquí.
- ¿Qué clase de vivienda busca? A lo mejor puedo ayudarle. Hay mucha gente que deja sus anuncios aquí. - dijo señalando un corcho de la pared - La mayoría sólo alquilan temporada de verano, otros todo el año.
- Yo tengo que encontrar algo pequeño a buen precio, para mí sola y que esté cerca. Quiero ver el mar, me gusta mucho verlo. - le sonreí.
La buena mujer ya pensaba y me dijo:
- En el casco antiguo, el marinero, las casitas son pequeñas pero caras. Tienen un espíritu especial, con encanto. Las están reformando, suelen ser de dos o más plantas, pero de pocos metros cuadrados, cómo supondrá. ¿Cuándo se marcha? Lo digo por preguntar y decirle algo de cierto.
- Bueno, mañana. Puedo quedarme un día más si es necesario.
- Pues pregunto y si sé algo le digo. Venga mañana por la mañana a ver que averiguo - me dijo ella amablemente.
- Es usted muy amable... Yo se lo agradezco enormemente.
- No es nada, bonita, no me cuesta nada. Algo habrá, ya verá.
- Pues muchas gracias y quédese el cambio - le digo - ¿Cómo se llama usted, si no es mucha pregunta?
- Remedios -dijo ella.
Y fue decir esto y las dos nos reímos mirándonos
- Remedios... Parece que esto es una buena señal - le dije yo animada -. Mi nombre, mi segundo nombre es Esperanza. Pero mi madre se empeñó en Martina así que soy Martina Esperanza. Lo de Esperanza es por mi abuela paterna, ella siempre me llama Marti, de Martina.
- Pues Martina, encantada de conocerla - me dió la mano Remedios y nos saludamos oficialmente.
- Es un placer, que tengo intención de continuar. Me refiero a conocerla a usted Remedios - me reí.
- Ah, pues si, yo también lo espero, si. Pero corra, llegará tarde al sol hoy.
- Si me voy, mil gracias Remedios, hasta mañana.
- Hasta mañana, bonita.
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Luna plateada
RomanceMartina decide cambiar la gran ciudad por un pueblo con mar, playa, puerto e isla. Allí conoce a Uriel, pero sus comienzos son desastrosos, ella le desafía, pero se deja llevar por el instinto de protección de Uriel, que no la quiere ni la deja. Aun...
