Capítulo Único.

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Mientras un azabache miraba al más alto bendecir a todos en aquel lugar vino a su mente un solo pensamiento: sexy. No era la primera vez que lo observaba detalladamente sin sentir ningún tipo de remordimiento al saber que su esposa e hijos se encontraban a su lado siguiendo la oración de quien todos admiraban. Su vista se dirigió a aquellos ojos zafiro que aparecían en sus sueños,  le rogaban que se quedará a su lado para siempre y hacían que realmente lo ansiara. Mientras pensaba y observaba al hombre, vio como aquellos orbes cruzaban con los de él y un sonrojo apareció de repente en aquel rostro haciendo sonreír a cierto rubio. Fijó su vista a lo primero que encontró y fue aquella figura de yeso en donde se encontraba aquella mujer con mirada triste sosteniendo entre sus brazos a su hijo y ahí apareció el remordimiento. Maldijo internamente y decidió volver a ver a ese rubio que movía sensualmente esa boca que lo incitaba a ir por ella, sellarla junto a sus labios y tratar de no separarse hasta que fallé el oxígeno a sus pulmones. Miraba atentamente cada detalle y al parecer no tanto pues al reaccionar vio como todos los que se encontraban a su alrededor se arrodillaban y se persinaban para después caminar hacia la salida. Al momento de imitar la acción de todos, se levantó y vio a su mujer que lo esperaba para caminar a su lado. Llegaron a la salida de aquel lugar y recordó que tenía que volver para hablar con el cura y confesarse pues ya tenía mucho tiempo sin hacerlo.
— Lo siento Akane, debo volver y confesarme.
Miró a sus hijos que corrían al lado de otros niños de distintas edades y sonrió al ver cuanto habían crecido. Su esposa acercó la mano hacia el trasero de Yuu y del bolsillo de su pantalón sacó unas llaves las cuales le pertenecían a un auto color rojo que se encontraba en el estacionamiento de ese lugar.
— Esta bien cariño pero recuerda llegar temprano ya que mamá estará ahí.
Maldijo nuevamente por haberse olvidado de aquel detalle y decidió llegar mas tarde para no ver mucho tiempo aquella mujer fastidiosa que siempre que tiene la opprtunidad lo regaña por toda cosa que le pasé por esa cabeza.
— Esta bien, te veo más tarde.
Se despidió con un simple beso en la mejilla de su mujer y giró sobre sus propios pasos para regresar a ese lugar sagrado. Al tocar la puerta de la oficina, escuchó un pase y decidió adentrarse para encarar lo que llevaba dentro de su mente y  tal vez su corazón. Al entrar observó al cura de su iglesia con el típico traje negro y cinta blanca que se encontraba en su cuello, al instante que la vio, paso por su mente arrancársela con su boca y arrojarla lejos de él.
— Pasa y toma asiento.
Y fue lo que hizo. Tomó asiento frente aquel hombre de cara seria, tragó en seco y pensó seriamente en si sería correcto seguir con su plan. Lo pensó detenidamente y decidió que sí, una vida sin riesgo no sería una vida bien vívida.
— Disculpe por la interrupción... venía a confesarme, claro si no es molestia.
Su sonrisa era muy cálida y sentío en un solo segundo que su corazón se detenía. Volvió a sentir como sus manos temblaban; su mente le decía que parará ante la locura que estaba por hacer y su corazón le decía que siguiera sin importar qué. Siguió el consejo que le daba aquel órgano que solo bombeaba aire y sangre por todo su cuerpo, siguió el consejo que le costaría la vida y su familia (que era técnicamente lo mismo).
— ¿Te molesta si nos quedamos aquí?
Las mejillas del de orbes verde esmeralda, por segunda vez en el día, se volvieron rojas por la vergüenza, negó  con la cabeza y decidió entrar en acción.
— Confiesa tus pecados hijo mío.
"Oh Dios, esto sería casi como incesto, bueno sí es con él, pecaría con él, día y noche todos los días restantes de mi vida."
— No sé como decírselo padre... me gusta alguien...
— Pero ¿qué tiene eso de malo?— Cerró sus ojos para pensar con claridad lo que iba a decir.
— Soy casado, padre.—El azabache no dejaba que sus demonios internos se tranquilizaran debidamente.
— Eso es típico hoy en día.— Sus palabras lo impresionaron haciendo que sus ojos se abrieran de la sorpresa.
— Aún no término... es...un amor imposible.
— ¿Y eso?
— Es hombre.
Pensó que el cura le gritaría de cosas diciendo que eso no era de Dios y que lo correría de la oficina pero no sucedió. Guardó silencio y espero su penitencia, seguramente sería morir en el fuego del infierno para siempre o tal vez tendría que hacer un exorcismo.
— ¿Y por qué es imposible?— De nuevo pensó sus palabras, estás serian de suma importancia.
— Por que en su vida le tienen prohibido cualquier tipo de relación.
— Pues que es para llegar a esos extremos.
— Es el cura de la iglesia a la cual asisto.
Y con esas últimas diez palabras cerró su destino. Esperó paciente su castigo, escuchó el chirrido de la silla y cuando menos lo espero, estaba a su lado sentado en el escritorio. Siguió con su mirada hacia al frente, su cuerpo temblaba violentamente mientras imaginaba un millón de posibilidades.
— Ahora si me la haz puesto difícil muchacho.
Trató de responderle pero no pudo, su pulso se encontraba acelerado y antes de que el cura le contestará, por su mente pasó un vago pensamiento sobre escapar.
— Y-yo me tengo que ir.
Al levantarse de prisa, provocó que la silla cayera hacia atrás. La recogió lo más pronto posible para irse del lugar, haciendo una pequeña reverencia para retirarse. Antes de salir por la puerta, sintió una mano en su muñeca la cual hizo que se detuviera. Giró su cuerpo enteró y vio al padre de la iglesia detenerlo.
— Aún no te he dictado tu penitencia.
Tragó en seco, a pesar de la circunstancias, pensó en como ese rubio se veía estremadamente sexy, nuevamente.
— Y-yo...
— Tengo que hacerlo, es mi deber y también el tuyo como hijo de Dios.
El padre fijó su vista al hombre que tenía frente a él, “no está nada mal”, pensó mientras sujetaba con algo de fuerza la muñeca contraria.
Mientras más se acercaba a su rostro, más cuenta se daba de que ese sujeto era lindo; lo que más le gustaba eran sus lindos y grandes ojos verdes que resaltan ante esa piel blanca y ese cabello azabache tan negro como la noche.
Sabía que eso iba en contra de sus votos sagrados pero pensándolo bien, habían muchos padres que hacían lo mismo pero con niños. Él por supuesto estaba en contra de eso, pero su caso era totalmente diferente. El de orbes esmeraldas había ido directamente hacia él, sabía lo que sucedería si lo rechazaba, pero corrió el riesgo.
“Nadie lo sabrá”, pensó el ojizafiro.
El azabache bajo su mirada hacia el suelo tratando abrir un portal para mandarse el mismo al infierno para no implicar a un inocente.
El rubio se acercó, los negros zapatos que traía puestos entraron en el campo de visión de Yuuichirou. Una mano tan suave, levantó gentilmente su cabeza hacia arriba para encontrarse con los ojos azules del padre.
— Tú cara está roja...
— Yuuichirou...sí, lo sé... tú me provocas esto.
— Bueno, Yuu-chan comencemos con tu penitencia.
Terminando lo dicho, estampó sus labios con los ajenos haciendo que las piernas del de menor tamaño temblaran ligeramente. Mikaela llevó ambas manos hacia la espalda baja de Yuuichirou para juntarlo más a su cuerpo, mientras él lo sostenía, el otro rodeó con sus brazos al mayor. El beso se hacia cada vez más demandante, la oficina iba aumentando de temperatura gracias a dos chicos que deseaban explorar la cavidad bocal del otro.
El cura camino hacia atrás topando con su propio escritorio en el cual se sentó atrayendo más a su acompañante.
Bajó sus manos hacia abajo tocando el trasero del azabache dándose la gran sorpresa de que tenía un poco mas de lo que imaginó.
Yuuichirou no esperó más, al separarse de los labios del otro, fue directamente al cuello del otro para quitarle esa molesta tira blanca arrojándola a cualquier parte de la habitación.
— No pierdes el tiempo, ¿verdad Yuu-chan?
Y el contrario le respondió con un gemido al sentir aquellas manos masajeando su trasero con destreza.
Los papeles se invirtieron, el de orbes esmeraldas se encontraba acostado en aquel espacioso escritorio mientras su cuello era devorado por el rubio.
— P-por favor no de-je marcas.
El mayor ignoró aquel comentario con mordidas y succiones en esa zona blanca para demostrar que ese azabache era suyo. Sintió su erección crecer bajo su pantalón negro, comenzaba a disfrutar aquella sensación que el menor le brindaba así que entre besos y caricias, la ropa fue desapareciendo en aquella oficina.
El cura bajo hacia la parte inferior y ahí descubrió que el hombre debajo de él, estaba muy bien dotado. Acercó su boca y empezó a chupar el miembro del contrario de abajo hacia arriba provocando pequeños jadeos del contrario.
— P-padre...
Siguió con aquellos simples movimientos, el menor sintió una corriente eléctrica pasar por su colomna vertebral cuando el cura, metió por completo su pene en la boca.
Era una sensación tan placentera, quería que no se detuviera y si podría, que lo metiera más adentro. Los gemidos se escuchaban por todo el lugar, intentó reprimirlos mordiendo su mano pero al sentir una mordida en su parte baja hizo que saliera un pequeño grito de placer.
Mientras el padre chupaba el miembro de Yuuichirou, con una de sus manos se daba placer a él mismo y con la otra que se encontraba libre, comenzó a masajear los testículos del azabache sacando más de aquellos lindos gemidos.
— Me voy a cor...
Sin terminar de decir la oración terminó corriéndose en la boca del padre haciendo que este se lo tragará. El rubio subió hasta Yuuichirou y le plantó un beso en la frente, no sabía si era primerizo en cuanto hacerlo con otro hombre (él no lo era) pero lo haría con gentileza como debe ser ó, ¿le gustaría rudo?
—¿Suave o rudo?
El azabache lo pensó un momento, él buscaba emoción como para que se lo hicieran suave pero tampoco quería levantar sospechas al no poder caminar cuando llegase y más si la entrometida de su suegra se encontraba en casa.
— Solo déjeme caminar bien.
Giró al de orbes esmeraldas para dejar al descubierto aquel esponjoso trasero, volvió a maseajarlo con ambas manos para disfrutar de un culo como ese.
¿Cuándo iba a volver a tocar un paraíso tan esponjosito como el que tiene Yuuichirou?
Decidió hacer algo diferente, nunca lo había intentado pero bueno, tampoco es que no le llamará la atención.
Abrió las piernas del azabache dejando a la vista ese lindo y pequeño agujero negro, acercó su boca y le dio una lamida.
Yuuichirou soltó un gemido de sorpresa, esperaba que el padre ya se lo metiera, no que le diera aquel placer que recibía con esa lengua tan húmeda y caliente. Sentía pequeñas embestidas, su cuerpo se estaba desesperando de no recibir la atención merecida.
— Por fa-vor... más...
Mientras su lengua daba placer a la entrada de Yuu, decidió meter un dedo. Esté entró fácilmente al ya estar húmedo, simulo embestidas con ambos objetos y al observar como la entrada de Yuu iba pidiendo más, decidió entrar.
Colocó su miembro en la entrada con la ayuda de una mano, primero dejó entrar la punta para dejar que se acostumbrara y al sentir las caderas del azabache moverse entró de una estocada.
Dio un respingo mientras soltaba un gemido contenido, eso se había sentido realmente bien sin duda. Sintió como el rubio comenzó a moverse lentamente en su interior, escuchaba el choque de pieles y la respiración agitada de ambos.
Mientras más entraba, más quería aumentar la velocidad pero pensó en lo dicho por su “amante”, -Solo déjeme caminar bien -.
Lo intento, pero supo que no lo lograría. Su miembro se sentía tan bien siendo abrazado por el interior de Yuu que mandó a la mierda todo y decidió aumentar la velocidad.
Dentro, fuera, dentro, fuera; Yuuichirou perdió la razón, quería más del rubio que a pesar de haber aumentado la velocidad decidió también hacerlo para que se lo metiera tan profundo como fuera posible.
Yuuichirou gemía tan fuerte que hacía que Mikaela ansiara escuchar más de aquellos lindos sonidos haciendo que aumentara la velocidad.
Ambos sentían como estaban por llegar, tanto tiempo sin haberlo hecho, hacía que salieran de su tiempo de sequía.
— Adren-tro... hazlo adentro.
Yuuichirou se corrió entre su abdomen y el , mientras que Mikaela lo hizo dentro del azabache al sentir como las paredes de esté lo apretaban de una manera tan deliciosa.
*****
— Entonces, ¿tienes dos hijos pequeños?
— Si, son mi más grande orgullo.
El rubio le dio otra calada a su cigarrillo, tenía mucho tiempo sin hacerlo, desde que era un adolescente pero antes, después de cada vez que terminaba de hacer un... (ni siquiera sabía como nombrar aquello que hizo con ese hombre pues no se sentía como un simple acoston), se fumaba un cigarrillo y era un milagro que el azabache cargara con una caja.
— Sabes, pensé que me rechazarías y que mandarías hacer un exorcismo.
El rubio se río ante tal pensamiento, al charlar con Yuuichirou descubrió muchas cosas interesantes de esté que aunque fueran insignificantes, le gustaban.
— Lo pensé pero dije ¡Hey, hay que intentarlo! y pues mirame... estoy a tu lado fumando un cigarrillo después de haberlo hecho.
— Tienes razón... en vez de estar fumando esto, ¿no te gustaría otra ronda?
El rubio lo pensó detenidamente, no es que no quisiera, sino que su familia lo estaba esperando y se sentía culpable pues ellos pensaban que esté estaba confesándose (aunque técnicamente lo hizo)
— ¿Tu familia no te está esperando?
— Si pero no quiero llegar temprano, mi suegra se encuentra de visita y solo se la pasa jodiendome.
— Vaya, pensé que era el único.
El de orbes esmeraldas se sonrojó de la vergüenza ocasionada, era cierto pero le gustaba más la forma en la que Mikaela le jodia. Vaya que lo disfrutaba.
— ¿Quieres, si o no?
— Esta bien... vamos.
Ambos se encaminaron hacia la entrada de la oficina, de todos modos ya les había dado frío en aquel estacionamiento y no era como si no quisieran otra probadita de aquel pecado en el cual ambos se implicaron al continuar con el juego que Yuuichirou comenzó.

La mayoría de la gente nunca hace lo que su corazón o mente les dice por miedo pero si alguna vez los dejarás hacer lo que ellos quieran, estaría genial...
¡Pero cuidado!, a veces te pueden guiar a pecados de los cuales algunos no son difíciles de sobrellevar.
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El padre y el pecador. (MikaYuu)Stories to obsess over. Discover now