No sé si era yo o mis ganas de comerme el mundo. O a ti, que viene a ser lo mismo. Pero tus manos en mi cintura me recordaban a todo lo que habíamos vivido.
Encima de la mesa, sobre el suelo, contra la pared.
Todo se me venía a la mente y, en esta, solo se encontraba tu cuerpo sobre el mío. Sudando. Despeinado.
Sincronizados. Ya no éramos dos. Ya no éramos tú y yo. Ya no éramos humanos.
Me hiciste diosa sólo con tocarme con la lengua y supe que aquel era el momento en el que me quería quedar a vivir:
El instante en el que mis gritos arañaban las paredes y tu cabeza se comprimía entre mis piernas.
Como para olvidar tu boca recorriendo lo más profundo de mí.
