I: Amaranthine

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Omaha, Nebraska - 2018

No existe un evento más majestuoso que el amanecer.

Por lo menos no en aquel momento, ni en momentos cercanos, ni sobre la helada azotea de un edificio en medio de una ciudad de edificios, donde la luz del sol no llega a las aceras, al quedar atrapada entre el cemento.

Bonnie estaba sentado sobre lo que creía que era justo la mitad del techo, sintiendo el viento sobre su piel, la forma en la que agitaba su cabello y levantaba ligeramente el polvo del suelo a su alrededor. Sostenía una cámara entre sus manos, a la altura de su rostro, con un ojo cerrado y el otro mirando a través del lente; con las yemas de sus dedos sobre el foco, como acariciándolo, acercaba la imagen en lo más mínimo, la volvía a alejar, y repetía, hasta que estuvo perfecta, con el tamaño exacto para que el sol iluminara el cuadro completo, sin quitarle protagonismo al resto del cielo.

Cada mañana el amanecer era diferente. Algunos días había más nubes, repartidas de distintas formas, colores que llegaban y se iban con las estaciones del año, con el clima; él no se sentaba exactamente en el mismo punto de la azotea, por lo que tenía fotos menos centradas que otras, con ángulos un poco diferentes; nunca tomaba la foto realmente a la misma hora, tampoco, y eran esos segundos de diferencia, entre los mínimos movimientos del foco y la presión con la que oprimía el botón, los que hacían que el paisaje entero cambiara de color.

Bajó la cámara con un suspiro, porque tomaba una única foto de cada amanecer, y eso era parte de las razones por las que eran tan valiosas. Se quedó ahí, a mirar cómo lentamente el cielo se pintaba de un solo color, y miró su reloj poco después, para descubrir que faltaban quince minutos para las ocho de la mañana. Se colocó de pie con lentitud, y caminó hacia las escaleras, colocando de la forma más delicada posible la tapa sobre el lente.

Una vez en el último piso, tomó el ascensor hasta la recepción, donde el portero escribía en su celular, con una velocidad y una ligera expresión de enfado que sólo usaba cuando discutía con su esposa.

Salió del edificio, y dio unos pocos pasos antes de llegar al Starbucks que había al lado. Dieron las 8:00 justo cuando abrió la puerta, y de inmediato se dejó llevar por el delicioso aroma del café. Usagi, la chica que atendía la caja, lo recibió con una sonrisa, y le tendió por encima de la caja registradora un vaso que tenía escrita en marcador negro la frase: «Feliz Martes <3». Estaba contenta; se notaba, porque otros días terminaría las frases con un signo de exclamación, quizá con una cara feliz, pero sólo dibujaba corazones cuando de verdad estaba alegre. Estaba maquillada, además, ligeramente, y su cabello estaba suelto, a diferencia de las dos coletas que usaba siempre. Lo que significaba que tenía una cita. Bien por ella.

Bonnie sacó un billete de cinco dólares de su bolsillo, y Usagi le devolvió veinticinco centavos y su factura, que ya tenía lista al igual que el café. Él asintió en su dirección, caminó hacia su mesa de siempre, y se sentó durante exactamente media hora, a tomar pequeños y lentos sorbos de su vaso, mientras las personas comenzaban a caminar junto al cristal de la ventana, de camino a sus trabajos.

Dio un suspiro luego del último sorbo, se puso de pie, y comenzó a caminar, en dirección hacia lo que parecía no ser ningún lado, pero esperaba fuera una buena foto. Caminó, hasta un pequeño parque cercano, y se sentó sobre un banco junto a la zona de juegos, esperando que el viento moviera las copas de los árboles, que alguna hoja bonita cayera sobre el césped, o que algo, por mínimo que fuera, le diera la oportunidad de tomar una fotografía.

Desde un lugar a su izquierda, escuchó un pequeño grito agudo, y giró la cabeza, para ver a un niño de algunos tres años, pidiéndole a su padre un globo de helio. Quitó la tapa del lente, con lentitud, mientras el niño escogía el más brillante de los globos rojos, y sostenía entre sus manos el lazo que lo sujetaba. Bonnie lo miró sonreír, comenzando a caminar con alegría, mientras su padre contestaba una llamada telefónica. Esperó, y esperó, hasta que el lazo, sin apuro alguno, se deslizó por entre los dedos del niño, y comenzó a flotar.

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