YIN & YANG : EL NACIMIENTO DEL BIEN Y EL MAL

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Hace millones de años, cuando los comportamientos del hombre iniciaron, con ellos nacieron dos esferas de luz, una era aquella que reflejaba todos aquellos comportamientos buenos, ese pequeño fragmento de luz tenía como nombre Yang, en el mundo superior, donde la pequeña esfera podía tomar una forma humanoide, se le podía ver como una niña de corta edad, de cabellos blancos y tez pálida, ambos tan claros como un copo de nieve recién caído del cielo, con un comportamiento aniñado, infantil, distraída y, más aún siendo el Bien, no acataba normas, era un tanto malcriada y desobedecía las ordenes que se le daban, por ello, ella como la otra esfera, estaban al cuidado de una deidad. La otra esfera, naciendo unos segundos después de la primera, era más pequeña, no emanaba tanta luz como la otra, y, en aquél mundo donde podían ser vistas con figuras humanoides, era una pequeña niña, de estatura realmente baja, aunque con una tez más pálida que la de su hermana, tan blanca como un trozo de papel, con los cabellos oscuros como una noche de luna nueva, sus ojos reflejaban tristeza, al contrario de su hermana, y su comportamiento, serio, frío y callado, hacía que fuera invisible todo el tiempo, diferente a Yang, ésta pequeña esfera a la cual se le daba el nombre Yin, era educada, acataba cualquier norma y cumplía todas las ordenes posibles, fue entonces que se dieron cuenta las dos hermanas, al encontrarse, que eran totalmente diferentes, la una, con la otra.

Un día, en los altos cielos, Yang jugaba correteando por ahí, cuando de repente se tropezó con unas de las deidades, era del alto mando, por ello le tocó un sermón gigantesco, tristemente para Yang, y en cierta parte, para Yin, aquella deidad tenía un muy mal temperamento, por esa misma razón, fueron mandadas con otra deidad, una deidad protectora, la cual vivía entre los humanos, en la tierra de los mortales. A Yin realmente le disgustó que por culpa de Yang, ella tuviera que pagar, pero por los momentos se quedaría callada, no deseaba comenzar ninguna pelea, simplemente por el hecho de que casi nunca había discutido con su hermana, y las veces que lo hizo, salió perdiendo. Llegaron al santuario donde la deidad las estaba esperando con los brazos abiertos, aquella deidad con la que debían quedarse era un hombre, con rasgos femeninos, aunque de gran altura, con los cabellos blancos pero con tonalidades lila muy, demasiado claras, sus ojos expresaban compasión y cariño, honestidad y amabilidad, y vestía unas prendas blancas típicas del folklore japonés. Todo aquello fue analizado por Yin, que, aunque siendo pequeña, a primera viste le simpatizó aquel ser, pero a Yang, al contrario de ella, no le parecía tan interesante, para ella era de lo más aburrido. La deidad las invitó a pasar, obviamente, la primera en entrar fue Yang, ésta seguida de Yin, la cual no dejaba de mirar con curiosidad a aquél hombre, le intrigaba realmente, nunca en su corta vida había apreciado a una deidad tan única como aquél muchacho. Aquella deidad tan encantadora tenía un nombre que lo hacía valer, el armonioso nombre que se le daba era Kiyoshi.

Y así pasaron días, semanas, meses . . . Años. Las dos pequeñas hermanas ya tenían once años cada una, porque sí es cierto que Yang era la mayor, pero solamente por minutos de diferencia, ya no eran tan pequeñas como antes, por lo menos Yang no, aunque Yin seguía siendo la más baja de las dos, y aún continuaba siendo la más tranquila a comparación de su hermana, que prácticamente era un huracán andante, ella era lo más parecido a un gato domesticado, callada, tranquila y casi nunca se notaba, como siempre había sido. Con el pasar del tiempo, la fijación de Yin hacia la deidad que las cuidaba creció, puede decirse que llegó a interesarse en él de una manera más personal, sí es cierto que la pequeña Yin era sólo una niña, pero sus sentimientos eran nobles y fieles, y por supuesto, nadie podría cambiar eso.

Un día, ese día, llegó. Yang, como siempre, estaba jugueteando por el templo donde crecieron, y, en uno de sus pasos torpes, se tropezó con algo muy preciado para la deidad, un jarrón correspondiente a alguien que amó, hace muchísimos años atrás, el jarrón cayó al suelo, destruyéndose instantáneamente. Se dice que hasta la persona más tranquila, calmada y razonable puede llegar a perder la paciencia, y así fue, Kiyoshi al observar qué había sido aquél estruendoso ruido no se pudo contener más y, con una voz temblorosa y llena de furia echó a Yang de aquél sagrado lugar, y junto a ella, con mucho pesar, a Yin.

Ese día fue donde todo cambió, Yin, la cual no hizo nada para merecer aquél castigo, tuvo que pagar las consecuencias por lo que hizo su hermana, no ella, ¿Por qué debía ser arrastrada por Yang de esa manera? ¿Qué había hecho ella para merecer aquello? Ser separada de la primera persona por la cual se había interesado, solo por las estupideces de Yang. Aunque pensara todo aquello, Yin guardó todo eso dentro de ella, lo fue acumulando por siglos y siglos.

Antes de que Yin dejara aquél lugar, se acercó a la deidad y prometió: "Me iré, pero quiero que grabes mis palabras en un papel, volveré y me quedaré aquí contigo para la eternidad, lo juro", al terminar de recitar aquello, abrazó delicadamente a la confundida deidad y abandonó el preciado templo sin decir más nada.

Años pasaron, décadas, siglos, milenios, para que las dos hermanas se volvieran a encontrar, ya que, luego de que Yin abandonara su preciado hogar, tomó un camino diferente al de Yang, donde ella no pudiera encontrarla, y así, pensar todo ese tiempo en cómo devolverle lo que hizo a Yang, todo ese daño que le causó, todo aquél rencor que acumuló, debía de devolvérselo, de una forma u otra. Hasta que por fin se encontraron de nuevo, siendo ya adultas, Yin pudo planear algo de una forma perfecta, algo que no pudiera fallar de ningún modo, una forma . . . De destruir a Yang de una vez por todas, y de poder volver con su querido Kiyoshi.

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