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Capítulo DOS: Ojos brillantes

Era domingo. En el mercadillo que llamaban Rastro, todos los domingos había un montón de gente vendiendo cosas. Otro montón aún mayor se entretenía mirando, revolviendo y a veces comprando algo. Allí, por las callejuelas estrechas donde se instalaban los ven­dedores, podía uno encontrarse cualquier cosa. De todo, según los vendedores que no paraban de vocear su mercancía.

Sin embargo, alas de volar no se veían.

-Buenos días, señor. ¿Usted qué vende?

-Depende. ¿Qué queréis comprar?

-Dos pares de alas.

-¿Dos qué?

-Dos pares de alas. Pero que sean buenas, de astronauta.

-¿Alas, eh? ¿De astronauta, no?

-Eso mismo.

El de aquel puesto se rascó la barba sucia y se quedó pensativo.

-¿Tenéis dinero?

-Sí, señor. Mire.

Al del puesto le brillaron los ojos cuando vio el puñado de monedas que Juancho sacó del bolsillo.

Al del puesto le brillaron los ojos AUN MAS cuando vio el puñado de monedas que Pirín sacó del bolsillo.

-¿Y cómo queréis las alas?

Juancho y Pirín se miraron sin saber muy bien qué responder.

El vendedor del rastro, con los ojos cada vez más brillantes, sonrió más que nunca y empezó a dar saltos y cantar:

¿Y cómo os gustan las alas?

¿Negras o claras?

¿Las queréis grandes o chicas?

¿Quizá bajitas?

¿Os las pongo del color

de alguna flor?

¿O queréis que tengan plumas

y una aceituna?

Si os gustan desplegadas

tampoco pasa nada.

Y si han de ser como algodón

pido perdón

por no decirlo antes. ¿Vale?

Quien pide, que hable.

-Sólo queremos que sean de astronauta y que se pueda volar con ellas. ¿Tiene usted?

-Seguro, chavales, seguro. Lo único que pasa es que las alas son un poco caras y no sé yo...

-¿No nos llega?

-Bueno, quizá pueda encontrar algo a vuestro alcance. Vamos a ver, dadme el dinero. Ahora tendré que acercarme al almacén, pero no puedo dejar mi valioso puesto solo. ¿Os importa quedaros aquí un momento, mientras vuelvo?

-No se preocupe. Le estaremos esperando.

El vendedor se alejó con paso saltarín, sonrien­do por lo bajo. Juancho y Pirín ocuparon su lugar junto a la mercancía.

-Qué cosas más raras vende este hombre -dijo Pirín-. No sé como puede haber quien se las compre.

Había allí, sobre una mesa medio rota, sonajeros que no sonaban, candados oxidados, chupetes sin tetilla, cuerdas rotas, plumas blancas de algún pájaro grande, camiones de juguete sin ruedas...

ALAS DE ASTRONAUTADonde viven las historias. Descúbrelo ahora