Vivías en un lugar lejano de tu corazón, encerrado en una fabrica, no sabíamos que pensar hasta que ese trágico accidente ocurrió. Nuestras vidas cambiaron al instante y fue porque la tuya acabo, un nuevo renacimiento ocurría y tú pequeño desastre ahora iba a ser nuestro.
Nos sostuviste en diferentes manos a cada una, nos diste un nombre, una cara, un hogar, una distancia completamente injusta, una soledad que solamente vos entendías. Dejaste a un lado dos mujeres que te amaron con el corazón, pero no le pertenencias.
Te pensaba como un hombre solitario, sin palabras y al cabo eso fue los que las enamoró, los que nos dio el don, la magia de ser quienes somos, al final de todo, eras un buen anfitrión en nuestras cortas vidas.
Viviste, como un ser, ahora déjame presentarte.
Amor, papa, no te voy a dar un nombre en específico.
Falleciste un 20 de junio, en un accidente por la autopista. Tu amante quedo en coma. Tu hija, ilesa, agradeció al cielo haberse quitado un peso de encima.
Tus últimas palabras nunca fueron pronunciadas, pero dejaste una carta al poco tiempo de sentir tu primera culpa interna.
¿Y cómo me sentí yo? Bueno, devastada, era tu hija, tu progenitora, o al menos eso creía, te vi en el hospital, postrado, siendo sólo un cuerpo, sin alma, sin peso, sin vida.
La noticia poco a poco se fue diluyendo, el divorció a
penas tocó piso y salió a flote con vos en tu entierro.
Mama ya no era mama, yo no era yo y Alison bueno, ella era Alison.
Papa, quiero agradecer lo mucho que nos diste, y nos regalaste, pero al final los cuerpos sólo dejan culpas y remordirmientos, son sólo eso, un pasado que no va terminar de resolverse, o al cabo, un nuevo futuro esperando a ser registrado.