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Capítulo 1

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Era primavera, y el jardín se había coloreado con flores de mil colores, margaritas blancas y amarillas, y rojas rosas, con toques de jazmín, que embriagaban con su fragancia el aire. El estanque era toda una fiesta, los casi veinte peces de colores que nadaban en él bailaban a ritmo acompasado.

La gran mansión victoriana ocupaba el centro de aquel vasto jardín. En la parte izquierda de la casa un tobogán y dos columpios invitaban a cualquier niño a jugar con ellos, pero a pesar de todo no había nadie.

De dentro de la casa se oyó una risa infantil, y una voz grave de mujer dijo:

—Peter, haz el favor, no hagas enfadar a tu hermano.

—¡Pero mamá, sólo estamos jugando! —contestó una voz de niño.

—Mamá, si no estoy enfadado, sólo jugamos —dijo otra voz infantil.

La puerta se abrió, una mujer joven y esbelta de casi metro setenta, con melena corta y negra, salió, cogida por dos niños de apenas cuatro años. El que tenía cogido de la mano derecha era rubio como la cebada, sus ojos azules como el cielo en un día claro de primavera. El otro niño era dos centímetros más alto y con un ondulado pelo cobrizo, de grandes ojos azules oscuros.

—Mamá, ¿verdad que el mar es grande? —preguntó el niño rubio.

—Claro que es grande, muy grande, ¿por qué me lo pregunntas, cariño?

—Steven dice que el mar es muy pequeño, que es como una piscina un poco más grande.

—No te lo creas, mamá, yo no he dicho eso. Peter dice que si un día nado en el mar, me ahogaré.

—Peter, ¿por qué le dices esas cosas a tu hermano? —Yo no... no le he dicho eso.

—Está bien, mira cariño —dijo la mujer, dirigiéndose a su hijo de pelo rojizo—, el mar es muy grande, más grande que cualquier piscina que exista, pero aunque nades en el mar no te ahogarás. Porque tú sabes nadar —le explicó dulcemente la mujer.

Los dos niños se soltaron de la mano de su madre y corrieron a los columpios. La mujer les miró con dulzura y se sentó en el banco de madera que había debajo de un gran almendro con flores blancas.

Los niños jugaban columpiándose y tirándose del tobogán, mientras la mujer cogió un libro que había dentro de una pequeña caja de plástico encima del banco, lo abrió y comenzó a leer.

—Mira lo que hago, Peter —le dijo el niño pelirrojo.

—¡Bah, qué tontería! Eso yo también lo sé hacer, mira.

—¿Qué es lo que haces?

—Estoy dando una voltereta en el columpio.

Al oír aquello la mujer levantó la vista hacia sus hijos.

—Peter, haz el favor de no hacer tonterías, te puedes caer y hacerte daño — le recriminó la madre.

—¡Pero mamá, no pasa nada! ¡Mira, sin manos! —Peter, o me obedeces o entramos los tres en casa.

—Mamá, pero yo no hago nada, ¿por qué tengo que entrar yo también?

—Mira, Steven, no quiero discutir con ninguno, ya sabéis las normas, si alguien desobedece, los dos seréis castigados.

—Está bien mamá, ya me bajo —dijo enfurruñado Peter.

Durante toda la mañana los dos niños no dejaron de jugar, bajo la atenta mirada de su madre. La mujer miró su reloj de pulsera.

—Niños, es casi la hora de comer, entremos en casa.

—Yo el primero —dijo Peter.

—No, yo el primero —contestó su hermano.

—Niños, ¿queréis hacer el favor de no pelearos por todo? Dadme la mano, entraremos juntos. Papá está a punto de llegar y no querréis que os vea discutiendo como siempre.

—No, mamá —dijo Peter. Fue hasta donde estaba su hermano sentado en el tobogán, le cogió de la mano y ambos se dirigieron hasta donde estaba sentada su madre.

—Cómo os quiero, sobre todo cuando os comportáis como dos personitas.

La madre guardó el libro dentro de la caja y cogió de la mano a sus dos hijos, se levantó y entró en la casa.

Una casa en la que se notaba la gran-calidad de vida de sus habitantes.

—¡Heather! Hola, cariño —el hombre alto y pelirrojo le dio un beso en los labios.

—Steve, no te esperaba tan temprano.

—El juicio se suspendió ¿Qué hacen mis dos hijos favoritos? —dijo, dirigiéndose a los niños.

—Papá, ¿vas a comer con nosotros? —preguntó el rubio. —Por supuesto.

—Papá, ¿no me das un beso? —preguntó el pelirrojo. —¿Cómo no le voy a dar un beso a mi chico favorito? Y Steve cogió en brazos a su hijo y le llenó de besos. —¿Y yo, papá? —preguntó Peter tirándole del pantalón.

—¿Y tú? ¡Pero si eres mi chico favorito! —dijo, dejando sobre el suelo al pelirrojo y cogiendo al otro, volviéndole a llenar de besos.

—Cariño, ya que has llegado temprano, ¿qué te parece si salimos a comer afuera?

—Sí mamá, vamos a aquel restaurante de la playa —dijo Steven.

Steve miró a sus dos hijos y esbozó una sonrisa. Luego volvió a mirar a su esposa, guiñándole un ojo.

—¿Quién de los dos se ha portado hoy mejor? —preguntó.

—Papá, creo que ha sido Steven, porque mamá me ha reñido varias veces.

—Así que tú hoy no has sido muy bueno. Entonces no podrás venir con nosotros al restaurante de la playa —le dijo, volviendo a guiñar el ojo a su esposa.

-—Papá, si Peter no viene, yo no quiero ir —le contestó el pequeño Steven con cara de enojo.

—¿De verdad os creéis que dejaría alguno de vosotros aquí? Venid los dos, os quiero tanto que no soportaría la idea de que alguno sufriera por el otro.

Steve abrazó a sus dos hijos y les besó.

—Venga, niños, ya habéis oído a vuestro padre, subid a vuestra habitación y arreglaros, vamos a la playa.

—¡Bieeeeen! Venga, Steven, te ayudaré, vamos.

La mujer miró cómo subían sus dos pequeños a toda prisa las escaleras, después cogió a su esposo del brazo y éste la abrazó besándola apasionadamente.

—Me alegro de que ya estés aquí, te he echado de menos, ayer apenas te vi y hoy creía que tampoco te vería.

—Sí, lo sé, cariño, sé que hace semanas que apenas estoy para ti ni para los niños, pero cuando el juicio termine te prometo que pasaremos una semana todos juntos.

La mujer miró a su marido con incredulidad y le besó en los labios.

—Steve, ojalá fuera cierto. Me lo has prometido tantas veces que ya no sé si creerte.

—Lo sé, Heather, pero esta vez puedes ir haciendo las maletas, mi secretaria ha cancelado todas mis citas para después del juicio, y yo ya tengo los pasajes para Orlando.

—¡Steve, no me lo puedo creer! —exclamó con sorpresa.

—Pues cariño, créetelo, la próxima semana salimos los cuatro para Disney World.

Steve era un hombre de cerca de metro noventa, con una constitución atlética, su pelo cobrizo, al igual que el de su hijo mayor, y los mismos ojos azules de su otro hijo, Peter.

—Papá, ya estamos —dijo desde arriba de la escalera Steven.

—Muy bien, hijos, pues bajad que nos vamos.

Ambos bajaron la escalera y fueron hasta donde estabansus padres, en la gran biblioteca, con muebles de roble macizoy estanterías repletasde libros, en su mayoría jurídicos. Steve cogió la mano de su hijo mayor y Heather tomó la de surubio y sonriente hijo. Los cuatro salieronde la casa por la puerta central.

Ángeles en El InfiernoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora