Hacían ya casi veinte minutos desde que arribó en un tren a Villa Nevada. Ella, aún con olor a ciudad y sentada en una banca justo frente a donde abandonó el vagón, no dejaba de admirarlo.
Él, sentado al borde de las vías, estático, veía las máquinas llegar y partir. De vez en cuando los guardias de la estación, en silencio, lo cargaban sin cambiar su cuerpo de posición y lo colocaban suavemente a una distancia segura lejos de los rieles.
Ella, lo veía regresar al límite segundos después de que seguridad se diera la vuelta. Pensó que deberían ya conocer sus inocentes intenciones, pues no lo echaban del lugar ni mucho menos; lo dejaban ser.
Ella, se sintió ansiosa e intrigada y un extraño impulso la obligó a acercársele. Tomó asiento junto a Él y contemplando igualmente el balasto de las vías le preguntó:
—¿También estás perdido?
—Todos lo estamos, ¿Qué no?
Ella quedó muda.
Él, en ese momento, giró para verla y aquellos grandes y hermosos ojos ocre siena le provocaron tremendo impacto que lo puso de pie. Caminó entonces algunos metros en dirección contraria, se volvió nuevamente y le dibujó un gesto de incomprensión; ¿No vas a venir?
Se acercó a Ella y tomó su mano. La condujo a la salida de la estación y parados sobre la abundante nieve en el suelo, preguntó:
—¿Quién eres?
Ella sin pensar contestó:
—Vengo de la ciudad, uhmm..., abogada...
Él la interrumpe "Sshh".
—Ven conmigo.
Cuatro calles o tal vez cinco caminando desde los andenes se encontraba "BOB'S". Un restaurante temático de antaño. Malteadas, hamburguesas, Elvis y hasta un tocadiscos. Fue sin duda un gran golpe de suerte el haber encontrado un lugar. Hacía tanto frío afuera que todos los establecimientos eran casa llena. Él, sería para Ella un premio agregado.
Al entrar y sentarse en la última mesa disponible, Ella volvió a ser cuestionada:
—¿Quién eres? Cuéntamelo todo. Tomaste el riesgo de hablarle a un desconocido y te dejaste traer hasta aquí... Sé que sentirás la libertad y la confianza de regalarme algo de ti. Quizás todo...
Ella, lo miró extrañada y quedó pensativa por eternos segundos hasta que Él llamó a la mesera. Mai vino enseguida.
—¡Feliz Navidad mi niño! Me da tanto gusto verte— dijo Mai estrechándolo dulcemente.
Él le devolvió el abrazo y una sonrisa sincera. Intercambiaron algunas palabras y Mai se marchó con la orden. Entonces, Ella comenzó:
—Soy huérfana. Nunca conocí a mamá y papá. Olga, fue todo para mí, además de la superiora de aquel olvidado hogar de mi infancia. El derecho, es hoy para mí la vida entera. Soy una exitosa fiscalista del Palace en la ciudad y como puedes ver, tengo un plan perdido en las festividades.
Después de un silencio incorruptible e interminable, Él contestó:
—Ojalá fuera posible intercambiar nuestras vidas... Yo tengo padres. Padres ricos. Muy ricos. Y a pesar de eso, escapé de casa a los doce y desde aquel gris otoño me siento aprisionado en un pasado lleno de traiciones y mentiras... Llegué a Villa Nevada tiempo después. Sin querer. Sin buscarlo, conseguí empleo en el Resort y ahora vivo al otro lado de la calle.
Los platillos llegaron y ambos comieron en completo silencio hasta terminar. Entonces, Él se levantó. La tomó de la mano para ponerla de pie y la condujo a la entrada, no sin antes dejar el total de la cuenta sobre la mesa, para evitar conflictos cursis de quién invita.
En el instante en que se cerró la puerta del restaurante, Ella lo besó desenfrenada y apasionadamente, olvidándose de todo cuanto existía en el mundo, incluyendo sus maletas.
Al terminar su vehemente agradecimiento, Él la cargo hasta su casa.
Lo que sucedió fue el comienzo; el ardiente e impetuoso comienzo (del fin).
Ella renunció a su trabajo, dijo que no volvería más allí. La compañía ofreció pagarle el doble, hicieron todo por mantenerla, mas Él nunca aceptaría mudarse a la ciudad.
Se quedaron. Juntos. Como lo estarían siempre.
Todas las mañanas de aquel invierno, el más crudo en mucho tiempo, Él salía muy temprano a cortar leña, para después preparar el fuego que los mantendría calientes el resto del día. El confortable calor de su abrazo de buenos días y el plácido olor de chocolate caliente, lograban despertarle mucho más que el cuerpo. Era algo espiritual.
Conversaban por un par de horas, se besaban otras dos, y al medio día era hora de dejarse ir.
Él, iba al Resort a trabajar. Ella, preparaba deliciosa comida y siempre, antes de finalizar la jornada, impaciente iba hasta donde Él para esperarlo. Cada día, sin falta.
Todos en el Resort ya la conocían. Siempre le permitían tomar algo caliente y las galletas de jengibre que quisiera, mientras aguardaba a su amor en el vestíbulo mirando la TV.
Habían discutido tan solo en una ocasión, cuando Él creyó que Ella estaba viéndose a escondidas con alguien más, pues por tres días Él no la encontró sentada en el lobby esperándolo como era costumbre.
Una de esas noches, Él no durmió abrazándola fuertemente contra su cuerpo como cada madrugada. En realidad, no durmió para nada. Se quedó afuera, sentado en el pórtico, en la noche más fría del año. Esa noche de tormenta de nieve, Él pensó por un instante en visitar la estación del Tren, pero no lo hizo.
Al amanecer, Ella supo de la tormenta pues la nieve cubría por completo todas las ventanas y de un salto salió corriendo a buscarlo. Él, se enfermó tan fuerte y por tanto tiempo, que pasaron días enteros sin soltarse, desde el alba hasta el ocaso. Y se hicieron uno mismo. Él, descubrió también que Ella preparaba su regalo de cumpleaños, por eso su ausencia en el Resort...
Ella, se entristeció tan solo en una ocasión, cuando recibió la llamada que cambiaría su vida.
Un día muy temprano por la mañana, ella decidió levantarse primero y preparar el desayuno, aun con la casa fría y sin fuego en la chimenea. Él, se sorprendió y enterneció tanto con las viandas hasta su cama que llegó tarde al trabajo por quedarse besando a su amada.
Sonó el teléfono, una voz desconocida le dio la terrible noticia: Olga había fallecido.
Cuando Él la encontró esa tarde en el lobby, Ella no corrió a abrazarlo con una galleta de jengibre en la boca y olor a chocolate caliente en su pelo. En vez de eso, la halló sentada con la mirada fija en el piso. Él, sin saber nada, corrió a abrazarla y ella rompió en llanto.
Volvieron a aquella casa que ya llamaban hogar. Ella le insistía en que debía volver a la ciudad. Él se oponía.
— ¿Qué no sabes que me ha faltado tiempo y vida para lograr hacerte tan feliz como quisiera, como nunca lo fuiste, como lo mereces?... Y quieres volver a ese lugar, que ya es un capítulo cerrado para ti, o debería serlo.
—¡Estarás bien! Serán solo unos días. Tengo que hacerlo
—¡Ya no estaré! ¿Cómo te explico? ¿De qué aire me alimento, si eres tú el único que conozco?
—¡Ven conmigo entonces!
—Tú más que nadie sabes de mi aversión a volar, es antinatural en un ser humano. Considera un tren, por favor.
—¡Tengo que llegar tan pronto sea posible! ¿¡No lo entiendes!?
Él, sentado en el comedor de aquella pequeña cocina, pensó que si un humano se atrevía a desafiar su naturaleza al querer volar, ninguno otro podía impedirle el intentar, más sí cuestionarlo; aunque fuera en silencio.
Ella, empacó su maleta y se marchó, no sin antes regalarle un último frenesí; como nunca lo hizo, como ya nunca lo haría.
—Contigo ya me sentía como volar.
Se escuchó un portazo y él se ahogó en llanto.
El día que logró agotar sus lágrimas y su cuerpo consiguió dormirlo, despertó con unos fuertes golpes en su puerta. Con gran entusiasmo y el corazón saliéndosele del pecho, corrió para abrir.
Era el cartero; le entregó un telegrama.
Y no lloro. Tal vez porque no lo asimilaba. Esas cosas no te entran en la cabeza así como así. No lo creía. O tal vez en verdad, ya no disponía de más lágrimas para derramar.
Ella había perdido la vida intentando volar.
Su avión, se había estrellado en algún paraje remoto a solo minutos de arribar a su destino. Él, tomó el primer tren a la ciudad y al llegar, se dirigió inmediatamente al Palace. Sentía que no tenía prisa, es por eso que no tomó un taxi, mas sí corrió hasta donde estaba el rascacielos, según un amable caballero le había indicado.
Le pareció curioso que, el lugar en el que ella pasó el mayor tiempo de su vida antes de Él, fuera también el edificio más alto en la ciudad. Entró sin ningún aviso. Sin ser esperado ni tampoco visto. Subió a un elevador que muchas más personas abordaron. Conforme la gente salía y entraba y comenzaba el ascenso, Él notaba que los rasgos de felicidad en los rostros aumentaban proporcionalmente según el número de piso. "Si los del 93 se notan realmente contentos y plenos, yo en el 108 lo seré mucho más".
Llegó a la última planta, aún sin nadie percatarse de que estaba ahí. Subió dos niveles más de escaleras para llegar a la azotea de aquella inmensa torre. Ya estando ahí, sintió un frío terrible y filosos copos de nieve y cayendo sobre su nariz.
—¿Sabes en dónde estamos? —Le preguntaba al cielo— En un lugar al que yo llamo mi perdición. Mi más grande infortunio. Mi vida ya perdí, ya estoy muerto. Pero he aquí mi acto final, para complacencia de ti, mi amor eterno, que comienza con agradecerte pues por ti descubrí lo que me impacientaba y me impedía descansar sobre las vías del tren; Y era que aún no aprendía a volar.
Y abrió los brazos cual pájaro. Y su volar fue tan alucinante que el público, atónito observante, fue enorme al aterrizar.
