En el olvido también existen emociones vagas que están conflictuadas dentro de un mismo ser, cada una de ellas luchando por emerger y caer constantemente para así continuar coexistiendo.
En un pueblo en medio de la nada, donde la música moderna que puedes escuchar es el ruido de los grillos, y las calles por la noche son iluminadas por la luna llena, donde conoces a todo el mundo y de una u otra forma casi todos terminan siendo familia, está Sebastian metido dentro de una burbuja que él mismo ha creado.
***
Todas las casas son idénticas, con un jardín frontal sin cerca, un garaje al lado izquierdo, enormes ventanales donde puede verse las cortinas blancas aterciopeladas. Cada una de las moradas era una copia idéntica a la anterior, con la única diferencia de poseer un tono de color diferente.
Pasando la puerta, acariciando la madera lisa del marco azul desgastado, se observa a un joven de 22 años recostado, con los párpados cerrados, respirando acompasadamente. Él es Sebastian que repara en una presencia ajena a la suya, y esta no es sino el sueño que lo trae de regreso a la realidad.
Parpadeo repetidas veces antes de recordar aquel sueño. Ese horrible sueño que inunda mis sentidos arrancándome la respiración cada vez con mayor ferocidad.
Cubro mi visión con el torso de mi brazo. Quedo en esa posición durante más o menos unos 15 minutos, es tiempo de salir.
Volteo buscando el celular, todavía tengo tiempo... ¿miércoles?
¡¿Qué rayos me sucede!? ¿Duré un día dormido?
No de nuevo... ¿en qué mes estamos?
¿Septiembre? ¿Octubre?
- Mierda...
Me levanté con presura de la cama yendo de inmediato a darme una ducha rápida. Paso en frente del espejo y ahí veo mi reflejo, de nuevo tenía las puntas grises. Lo típico, perdía la memoria y mi cabello parecía cobrar vida propia. Metanfetaminas, nunca me dejarían libre.
Dejé de lado los lamentos prosiguiendo con mi aseo personal.
Ingresé a la ducha, cerré los ojos dejando que el agua tranquilizara a todos mis músculos adoloridos. El agua caliente siempre ayuda a aliviar esa punzada aguda dentro de mi cabeza y el dolor en mi cuerpo.
- ¡Sebastian! – llama mi madre – ¡El desayuno!
Escucho el sonido de sus pasos acercarse, sé que está decidiéndose entre llamarme o solamente entrar a mi habitación, de seguro trae el desayuno y lo dejará en el escritorio de donde no saldrá hasta que lo termine pues mamá es quisquillosa con las comidas. Puedo oírla decir que deja la comida en el escritorio y que además la coma con rapidez antes que se enfríe. Escucho sus pasos alejarse y la puerta cerrarse.
Cierro el grifo cuando sé que ella debe estar fuera en el pasillo. Salgo de la ducha tomando una toalla, el aire es gélido.
Enrolló la toalla alrededor de su cintura mientras se dirigía hacia el lavabo, encima de este se encontraba otro espejo. Tomó el cepillo celeste del vaso blanco juntamente con la pasta dental. Empezó con la tediosa labor de la limpieza bucal mientras se observaba una vez más en el espejo. Arrugó la nariz, pensando en lo dicho años atrás, era demasiado bonito-como lo catalogó su madre cuando ingresó al jardín de niños. Sus ojos con forma de almendra resaltaban demasiado y qué decir del marrón que cubría sus grandes irises, odiaba eso, odiaba atraer la atención de los demás. La mirada aburrida se posó en lo largo de su cabello, incluso caía sobre su rostro que en vano trataba de ocultar ambos irises. La expresión en su rostro, esa misteriosa sonrisa que supuestamente siempre se asomaba no ayudaba en nada, era deseable y lo escuchaba en los pasillos de la universidad cuando hablaban sobre él sin siquiera enterarse que estaba ahí caminando sin ningún interés. Escupió la pasta restante dentro del lavabo, tomó un poco de agua y enjuagó nuevamente logrando la frescura deseada.
YOU ARE READING
¿ASESINO YO?
HorrorVivir en una realidad donde no te das cuenta lo que realmente sucede...
