-Eres una puta.
Clava en mí su mirada inquisidora y con un dedo acusador se atreve a señalarme. Se cree poderoso, por encima de mí, sólo por la fuerza de la hipocresía y la falsedad patriarcal que cree que le confiere su miembro viril. Se pone en pie motivado por un halo de ira y escupe al suelo.
-¿No vas a decir nada?- es una pregunta de la que no quiere oír la respuesta, quiere ser él quien hable.-Eres una zorra inútil que no vale para nada.
Da una calada a su cigarrillo y tira la colilla todavía encendida al suelo. Quiero moverme, gritar y apalearle tan fuerte que suplique clemencia, pero no tengo fuerzas, estoy asustada. Valoro mi vida más de lo que creo, y aunque ya no soporto está situación, no puedo hablar. Las palabras se quedan mudas en mi garganta y mis dedos fríos se aferran con fuerza a mis rodillas. No puedo andar, no puedo hablar, sólo puedo quedarme a esperar.
-Estúpida, levantate y obedece.
Sus palabras son como puños que se clavan en mi abdomen, en mi espalda, dejan moratones y heridas abiertas. Sus gritos son cuchillas que cortan la piel.
-¡Joder!-gruñe y se aproxima a mí en una sola zancada.
Me agarra por los hombros y me sacude. Lo hace tan fuerte que sus dedos se clavan en mis hombros desnudos. Nuestras caras están a escasos centímetros y siento su aliento agrio en mi cara.
-¿No vas a decir nada no?-suelta una carcajada seca y me repasa el cuerpo con la mirada-. No eres capaz de hablar porque no hay justificación. Mírate, pareces una puta barata. Si al menos te pagasen por follar valdrías para algo.
Sujeta mi mentón con sus manos y me obliga a mirarle a los ojos. En su mirada veo fuego y desesperación. Está enfadado y enloquecido, no piensa ni habla con claridad. Sé que espera que me eche a llorar y que le suplique perdón, pero después de tanto tiempo ni siquiera mis palabras funcionan. Ya no siento que tenga razón, ya no creo que deba disculparme. Sólo quiero que pare y que deje me marche.
-Sabes que te digo todo esto por tu bien, no puedes ir por ahí como si nada. Tienes novio y familia, no puedes convertirte en una cualquiera.
Se arrodilla frente a mí y me frota las rodillas. Sólo quiere protegerme. Quiere que esté a salvo, sin embargo yo ya estoy dentro de la boca del lobo, a punto de ser devorada.
-Ven aquí.
Me abraza y entierra mi cabeza en su hombro. Su olor es reconfortante a pesar del miedo. Es como una droga y yo soy adicta a ella. No puedo soltarme, pero tampoco puedo quedarme. Quiero huir, gritar, pegarle con mis puños en su cara y demostrarle que yo no soy nada de lo que dice. Pero mi mente me obliga a hacer otra cosa. No puedo huir, debo ser realista, esta es mi vida y no puedo cambiarla. Mi vida le pertenece, igual que a mí la suya.
Me besa en el cuello lentamente y desliza sus manos por mi cabello corto. Desciende furtivamente hacia mis senos y se deshace de mi camiseta con fuerza. Cubre mi pecho con sus manos y pasea la lengua por mi cuello. Me derrito a pesar del miedo, cuando me toca mi mundo se transforma y siento que le pertenezco. Debo complacerle, igual que el hará algún día conmigo.
Me tumba en el suelo y me quita la falda y las bragas. Agarra mi vagina con sus manos y me mira con odio.
-Eres mía y siempre lo serás. Yo soy tu dueño.
Abro la boca para gritar, pero en vez de un grito sale un gemido. Con gran habilidad me penetra salvajemente y se tumba sobre mí. Cada sacudida con la pelvis es un recordatorio de que ya no puedo escapar. El está encima de mí, y con su cuerpo y su fuerza nunca dejará que me vaya.
Después del sexo permanezco tumbada en el suelo, fría y jadeante, a la espera de que la niebla que invade mi mente se disipe. Lorenzo se viste con rapidez y se enciende un cigarrillo lleno de marihuana. Cubre la habitación con el humo blanquecino del porro, y yo siento que me ahogo. Me pongo en pie y con manos y piernas temblorosas me visto.
- Te veo mañana.
Esas son la únicas palabras que me atrevo a pronunciar. Tengo la garganta seca y me escuecen los ojos.
De camino a casa el frío del otoño que se aproxima se me pega a los huesos. Me froto los brazos y avanzo calle abajo. Me siento vacía, sin alma, como si todo mi ser se hubiese roto en pedazos. Lo sucedido hoy me abruma, pero no puedo cambiarlo. La vida es así.
Las luces amarillentas de las farolas iluminan la estrecha calle. Las fachadas descoloridas por el tiempo dan un aspecto más siniestro y aviejado a la noche. Debería sentir miedo, pero este lugar me es tan familiar como mi reflejo en el espejo. He pasado toda mi vida aquí, más de dieciocho primaveras. Es un pueblo pequeño y la vida es tranquila, sin embargo detrás de cada pared se oculta un oscuro secreto que nadie se atreve a revelar.
Son las tres de la mañana, la casa está vacía y sumida en el silencio. Mi madre y Bernardo todavía no han vuelto. Aprovecho la soledad de mi casa para campar a mis anchas. Dejo caer mi ropa en el suelo y me meto en la ducha. Un chorro de agua fría me despierta las extremidades y me aclara la mente. Grito desesperada. Grito frustrada. Grito asustada, dolorida y enfadada. Siento que ya no puedo más, que mis hombros no pueden soportar nada más. No puedo seguir así, pero tampoco quiero cambiar. Quiero ser libre, pero no puedo marcharme, nunca me dejará. Yo le quiero, y sólo por eso debo aguantar.
Me pongo un pijama de tela rosa y me meto en la cama. El agua ha hecho que esté limpia, aunque mi piel, mi ser, continúan estando sucias. Por la mañana los rayos de sol me iluminan el rostro y me dan calor. He dormido apenas dos horas, sin embargo mi cansancio no es físico, sino mental.
Una vez en pie me dedico a recoger un poco la casa. Mi madre y yo no somos muy ordenadas, y nuestra casa parece estar siempre necesitada de una buena capa de pintura y rediseño, pero los años que sostienen los cimientos de esta casa no son fáciles de borrar. Toda mi familia ha vivido en esta casa, desde mucho antes de la guerra Civil. Ha sido durante más de cien años el hogar de los Carmona. Toda una rama de mujeres han protegido y cuidado esta casa, y aunque yo debería seguir con esta línea no se si seré capaz. Cada día que pasa las paredes de esta casa se hacen más pequeñas y me cuesta respirar.
El teléfono suena despertando así a mi madre y a Bernardo. Ambos se asoman por la desvencijada puerta de madera de su dormitorio. Gruñen y parecen estar malhumorados. La falta de sueño me hace ir más lenta y tardo unos segundos en reaccionar.
-¿Diga?
-Amanda, soy yo Pilar, necesito que hagas mi turno esta noche.
-Está bien. ¿Ha pasado algo?
-Guillermo se ha puesto malo y mi madre no puede quedarse con él.
-Vale, no te preocupes. Yo haré tu turno.
-Muchas gracias.
Hoy era mi día de descanso, sin embargo siento cierto alivio al saber que pasaré toda la noche en el bar y que no podré ver a Lorenzo. Cualquier excusa para no estar con él es un regalo, aunque no puedo evitar sentir un dolor agudo en el pecho. Ahora mismo mi mente y mi cuerpo están tan magullados que el simple roce del aire reabre mis heridas.
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Amanda
RomanceUno no elige de quien se enamora, pero sí puede decidir cómo vivir, y hacerlo a la sombra de alguien no es una opción. No puedes dejar que te destruya pero salir no es fácil. Amanda ya no puede respirar, siente sus manos aferradas a su cuello, oblig...
