Esta es la playlist de Mundos Persistentes en Spotify. Podéis copiar lo que sigue o ir al enlace al final del texto. Espero que os guste: https://open.spotify.com/user/spalantir/playlist/0Ooo2PcDfB5iCpbJzGTKZN
El automóvil se detuvo ante la verja dorada. Fiel a su adiestramiento, el hombre en el asiento del conductor comprobó, de forma rutinaria, la cobertura de los sistemas de comunicación y localización. Todo estaba en orden. Un observador inexperto habría asegurado que permanecía absorto en sus tareas. Parecía tener la atención secuestrada por las múltiples holopantallas desplegadas en el interior del vehículo. Pero, en realidad, mientras atendía a la cacofonía de pitidos y destellos, no dejaba de pensar en la verja. Las pantallas holográficas se apagaron, y el hombre cerró los ojos, concediéndose unos instantes de descanso antes de continuar.
Cuando los abrió, la verja dorada seguía estando allí.
«¿Qué esperabas?», pensó con una incipiente irritación, por primera vez en esa mañana.
Detenido a pocos metros de la verja, sacó la cabeza por la ventanilla para tener una mejor visibilidad. No era sólo una obra de arte, pensó sin poder apartar los ojos de ella. Le parecía estar contemplando una de las maravillas de la antigüedad. Había ejercido una fuerte atracción sobre él desde que la descubriera a lo lejos, al inicio de la corta carretera que comunicaba la vía de servicio con la legendaria hacienda. Incluso desde esa distancia era claramente visible. Y entonces todavía no podía discernir ninguno de sus detalles. Sólo su inequívoca grandiosidad. La primera sorpresa se la había dado la carretera. Cuando unos dos kilómetros atrás el vehículo giró con suavidad y empezó a deslizarse sobre ella, el hombre al volante pensó: «¿Quién asfaltaría una carretera de amarillo?».
El automóvil, un modelo eléctrico autoguiado de tracción a tres ruedas, ya algo anticuado, le había conducido hasta la verja de entrada sin un error, sin desvíos ni retrasos innecesarios. Es cierto que bajo ningún punto de vista podía decirse que hubiera sido una tarea difícil. No dejaba de sorprenderle que la mansión de uno de los magnates más poderosos del planeta se encontrara relativamente tan cerca de un núcleo urbano de primer orden, la Ciudad Libre de Nueva Polis, que daba cobijo a veinte millones de almas. Años atrás, al inicio de su investigación imaginaba al dueño de «Ever Life Enterprises» en un castillo fortificado rodeado de pantanos y fosos, en medio de ninguna parte, a cientos de kilómetros de cualquier lugar habitado. Sin embargo, a menos de cinco minutos de la fabulosa verja de entrada, había una parada del electrobus, y esa misma autovía era un lugar de frecuente paso de turistas de fin de semana camino de la montaña.
El hombre en el asiento del conductor sonrió divertido. De forma inesperada, había imaginado a hordas de asaltantes ataviados con bermudas y calcetines blancos, intentando derribar los muros cual modernos invasores bárbaros a las puertas del Imperio Romano. Pero por más que intentara ridiculizarla, la verja continuaba ejerciendo una poderosa atracción sobre él. Se preguntaba por qué.
En total, el viaje desde Nueva Polis le había ocupado media hora, y en gran medida debido al sempiterno atasco de salida. Resultaba frustrante que el problema del tráfico continuara siendo irresoluble después de tantos años. A pesar de su proximidad a la urbe, y del aspecto expuesto y desguarnecido de la calzada de asfalto amarillo, no albergaba la menor duda sobre la seguridad de la hacienda. Sabía de sobras lo que cabía esperar de un empórium tecnológico como Ever Life Enterprises. Los responsables de la seguridad no tenían interés en mantener alejados a los intrusos de la entrada principal. Más bien parecían invitarles a que se acercaran. Pero estaba seguro de que más allá de ella, el sistema de vigilancia más sofisticado que la mente humana pudiera diseñar se interponía entre la mansión y sus eventuales merodeadores. Era también el modo en que le gustaba a él hacer las cosas: agazapado en las sombras, convenientemente fuera de escena y del alcance de miradas extrañas. De todos modos, no habría curiosos, ni excursionistas perdidos que tocaran a la puerta del castillo interior. Al contrario que él, tendrían que contentarse con haber llegado sólo hasta allí, ante la magnífica verja, y atisbar por entre los reducidos espacios que dejaba su diseño, el camino que se alejaba en dirección al corazón escondido de la hacienda.
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Mundos Persistentes
Science FictionEstá prohibido jugar. Los mundos online están proscritos y sus seguidores perseguidos. El agente Eric Kepler creía estar preparado para todo. Tenía fama de eficiente y despiadado, incluso para los estándares de ALICIA. En la Agencia se le considerab...
