Una taza de café y un milagro

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El viento abrió su ventana.

Despertó asustada, se levantó de la cama y la cerró.

Se quedó observando cómo el aguanieve cubría las calles, también la entrada de su casa.

Era una mañana fría de invierno. Frotó sus manos y se envolvió con una manta.

Como cada día, preparó su café bien caliente y desayunó sentada en el sofá, mirando detenidamente su escritorio.

—¡No voy a ir! ¡Dios! —exclamó—. ¿Qué me sucede?

Se sentía triste. Solo quería dormir y comer comida chatarra en la cama, viendo películas románticas o dramáticas.

Un rato después, decidió comunicarse con su jefa.

—Hola, Sara... perdón, pero no puedo ir. ¿Puedes decirle a Robert?

—Jane... no vienes hace un mes. Sabés muy bien cómo va a continuar esta situación. ¡Es hora de que sigas con tu vida!

Jane colgó el teléfono y lloró sobre la mesa.

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Pasaron tres días.

Entre dudas y desgano, Jane decidió volver al trabajo.

Se levantó y preparó su café como siempre, pero no se maquilló, y su ropa era deportiva.

Siempre le gustó verse bien, arreglarse... pero ahora, su cabello estaba despeinado.

La gran escritora de la editorial ya no era la misma.

Llegó a la oficina con un café en la mano. Todos la miraban como si fuera un bicho raro.

No dijo ni una palabra. Entró y cerró la puerta.

Golpearon el vidrio.

—Adelante —dijo Jane con una voz apagada.

Entró Sara, muy preocupada.

—¿Qué hacés aquí?

—Tu me dijiste que siga con mi vida, ¿no?

—¡No! ¡no! Robert envió la carta de despido a tu casa... ayer por la tarde.

—No... no lo sabía...No revise el buzón Sara.

—¡Un mes! Te llamé cada día para que no pierdas tu puesto. Fui a verte más de una vez y no me atendiste. ¡Quise ayudarte! ¡Pero decidiste esto! ¿Cómo quieres terminar?

Jane la miró con ojos tristes y llenos de lágrimas. No supo qué responder.

—Lo siento, Sara.

—Tienes que buscar un nuevo empleo... y arreglate un poco. Tu no eres así.

Sara cerró la puerta,un poco molesta.

Jane comenzó a guardar sus cosas en una caja y se fue en silencio.

Al llegar a su casa, encontró el sobre en el buzón.

Esa noche no hizo más que llorar.

Otra vez la tristeza y la soledad. Otra vez.

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Una semana después

Noche oscura y helada. El olor a leña se sentía en las calles.

Jane decidió salir a comprar café. Era tarde, pero si algo no le podía faltar, era eso: café.

Caminaba despacio, el rostro casi cubierto por una bufanda roja.

Depende De TíHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora