«Despertó en su lecho de dos plazas. Sin ropa, sin sábanas, sin anima, sin color. Despertó y se puso de pie con la agilidad propia de una gacela, echando un fugaz vistazo a la habitación antes de salir. Una vieja costumbre, claro está. Quizás se dignara a aparecer...
La puerta se cerró silenciosamente detrás de ella. Sus pies descalzos y cálidos contrastaban contra el frío de la baldosa blanca que cubría el piso de la sala de estar. Las uñas decoradas de un profundo negro golpeteaban sobre la madera de la mesa, a la espera de su café también amargo. Los ruidos eran huecos y seguían un patrón un tanto estrafalario. Probablemente en el código morse.
Terminó de desayunar. Más bien, de jugar distraídamente con su comida. El estómago estaba fuertemente cerrado desde hace bastante tiempo. Y sólo había una solución a ello.
Caminó, con su andar tan extraño, hasta dar con su teclado tan preciado. Nunca recordaba en dónde lo dejaba. Se sentó en el banquillo, raramente negro, contra el ventanal, con la luz del sol extrañamente blanca estrellándose contra su demacrado rostro.
Como de costumbre, una libreta y un estilógrafo la acompañan mientras tararea una melodía veloz. Veloz como escribía en su partitura, garabatos irreproducibles que tan sólo para ella eran un sonido que estremecía hasta el más lejano rosal.
La última nota, una fusa algo combada seguida por el final de la partitura, escribió con decisión y apoyó sus largos dedos en las teclas. Al comenzar a tocar, el aire se anegó de tan melifluo murmullo que producía el instrumento.
Lenta y tortuosa interpretaba la canción, con una dulzura característica de las notas más agudas. Se asemejaba al sosegado expulsar del humo del cigarro, que parsimoniosamente se escapaba de sus afilados labios, algo resquebrajados por el frío de la muerte interior; y a la piel respirando por las cisuras de sus jeans, producto de los incesantes ataques de histeria contra ella misma.
Inhaló profundamente, y la velocidad con la que pulsaba aumentó. Ahora era el intenso aleteo de un ángel enmascarado, en busca de su más ínfimo deseo, derramando lágrimas que al toparse con el suelo se convertían en inmensos lagos.
Un ángel que tan sólo anhelaba ser una simple curruca, aquel precioso ave de plumaje gris, y escapar de lo que el destino le tenía preparado.
Más y más rápido. Era la constante caída de una llovizna de otoño contra la ventanilla de un autobús, donde viajaba alguien sumergida en la música que se escuchaba de fondo y en las ceremoniosas palabras de su libro de poesía. Cada acorde era la rima asonante de su corazón; cada sostenido, el pasar de página para nuevas deslumbrantes aventuras; y cada silencio, los sueños de una resarcida mujer resbalando por el vidrio para finalmente caer en el piso, siendo arrastrados y alzando vuelo junto al susurro del viento.
La melodía llegó a su punto clímax. La rapidez de sus movimientos era tal que les saltarían gotas de sudor a quienes la estuvieran escuchando, y sólo los borrachos más valientes se atreverían a bailar a su son. Era...eran dos niños corriendo, en medio de un bosque inconmensurable, una carrera sin final. Hacia el horizonte iban, tintado de colores que el ojo humano no era capaz de procesar. Sus extravagantes zapatos antiguos partían las pequeñas ramas que yacían sobre la hierba, saltando sobre agua, tierra, aire, fuego, y tiempo, ese del que nada significaba cuando tenías una vida por delante.
Pero, lastimosamente, nada dura para siempre. El pie chocó contra un nudoso árbol, y tropezó hiriendo su joven rostro. La lluvia cesó, el bus se detuvo, el protagonista murió, y el libro acabó. El ala falló, el cuerpo se sumergió y la mano sin fuerzas en la piedra se posó. El cigarro se terminó, apagó sus cenizas y terminó junto con la basura del mundo. El meñique se desvió, cayendo sobre la nota equivocada y destruyendo la magia que tanto trabajo le había costado erguir.»
BINABASA MO ANG
Incipiente Rebeldía.
RandomUna sarta de palabras bonitas, otras no tantas, que conforman esta inconmensurable galaxia de pensamientos. Cuidado; si te topas con una estrella solitaria, podrías no volver.
