Mi mente era como un mundo en el que no paraba de llover. Hacía frío. Se oían llantos llenos de dolor y de ira.
Era aquel lugar al que nadie quería ir. Ese lugar que estaba lleno de incomodidades e incertidumbres.
Hazlo. Me repetía a mi misma. Hazlo. Sal de aquí, hazlo por ti, eres fuerte, tienes la suficiente fuerza como para hacerlo. Adelante.
Y sí, salí de ese infierno en el que estaba atrapada mi mente e incluso mi cuerpo. O al menos, intenté hacerlo.
Mi interior era como un mundo paralelo al nuestro.
Mi cuerpo era como una casa abandonada, dañada.
Y mi cabeza estaba llena de inseguridades.
Cada vez que dejaba que alguien entrase dentro de mi me arrepentía. Acababan destrozando mi interior. Parecían cuchillas arañandome por dentro y sin darme oportunidad de defenderme.
Estaba atada de pies y manos. Qué podía hacer? Era imposible desprenderme de este dolor.
Cuidado. Les repetía una y otra vez a esas personas que entraban en mi vida.
Soy débil, soy un cristal roto. Incluso si me tocas con cuidado soy capaz de hacerte daño. Cuida de mi. Quiereme. Mimame como si fuera tu objeto más preciado.
Nunca te fallaré si lo haces. Lo prometo.
