100, 30, 22.
"I got a feeling we are gonna win
Our bodies make it perfect
And your eyes can make me swim"
Camino por la ciudad con los audífonos puestos, tengo una canción todo el día sonando en mi mente, me dejo abrazar por la fría brisa de invierno que molesta a tantos pero a mí me recuerda cosas buenas y seamos honestos el frío es perfecto para las noches llenas de deseo.
Hoy es uno de esos días donde camino con una sola imagen en mi mente, su cuerpo desnudo sobre las sabanas negras, su boca entreabierta, una capa fina de sudor cubriendo su cuerpo, sus piernas temblando y su espalda arqueada avisando su climax mientras sus manos continúan tirando de las sabanas o enredadas en mi cabello, y me siento jodidamente llena de ganas.
Ella es delgada y elegante, con una estatura corta, unos labios con un precioso color rosa, es la mujer de mi vida. Su piel es pálida y tiene algunas constelaciones que adornan su espalda, su abdomen, sus brazos y una muy bonita, mi favorita, en su muslo izquierdo muy cerca de su entrepierna. Tiene algunos tatuajes que complementan su cuerpo de una forma abrumadora e innegablemente exquisita.
El camino a casa es corto desde la galería de arte, pero hoy se me hace infinito, pues hoy el frio de la ciudad me hace añorar el tenerla en mis brazos. Jamás he tenido un problema más grave que mi impaciencia y ella lo sabe, nosotras nos conocemos hace años y nos hemos visto de todas las formas posibles. Me sé de memoria cada rincón de su cuerpo y conozco de forma amplia cada uno de sus caprichos, el tiempo a su lado ha sido largo pero es apenas un inicio, soy consciente de ello, muchos me han dicho que la pasión disminuye con el tiempo, que triste ha de ser la vida de aquellos que me lo ha dicho.
La pasión, he entendido con el tiempo, no disminuye para todos pero tampoco se mantiene igual, a veces aumenta. Y si me pidieran dar un consejo para mantener su pasión intacta, les diría con honestidad: todo varia con las personas, que la estabilidad requiere trabajo y también un poco de suerte.
Me faltan poco más de dos bloques para llegar a casa, la ansiedad en mi interior empieza a tomar posesión de mi cuerpo y la adrenalina en mis venas me pide que corra, pero me resisto, con dificultad y sintiendo una corriente eléctrica bajar por mi columna, mi piel se eriza bajo el abrigo y puedo ver la cafetería donde la conocí un par de metros más adelante.
Antonia tiene 28, en tres semanas tendrá 29, mientras que yo tengo 27. Hace una década estamos juntas. Pero, jamás hemos contado el tiempo con ansiedad, no nos gusta, ella me enseño que el tiempo lo cuentas quienes tienen ansiedad de llegar al final de algo. Y no pienso llegar al final de lo nuestro, no al menos por unas cuantas décadas más y las vidas que vengan después de terminar con está.
El olor a café invade mi nariz y me hace sentir aún más ansiosa, pero el frio de la ciudad es un poco más brusco y sé cuánto ama Antonia el café para complementar el cigarrillo que acompaña sus atardeceres en el balcón, saludo a la cajera con un tono más agudo de lo usual, ella me ve divertida sin siquiera preguntar mi pedido, entrego el dinero y espero sentada en la barra mi pedido por lo que percibo como horas, pero que el reloj me recuerda son apenas un par de minutos, con el pedido en mis manos abandono la cafetería y me dirijo rumbo a mi hogar, Antonia.
La vida en pareja puede resultar tediosa y agotadora para aquellos que necesitan de cambios constantes, pero para nosotras la rutina es una seguridad absurdamente buena, nuestras vidas fuera del hogar son muy dinámicas, libres y lo compensamos con la tranquilidad de nuestra rutina juntas, hemos memorizado ya cada pequeño detalle de lo que nos gusta, y las discusiones son escasas y nunca demasiado fuertes, pero esas peleas nos hacen amarnos más, pues nadie me dará lo que ella me da y nadie le dará a ella lo que yo le doy.
