Al caer el sol alguien toca a la puerta. Jericó no contesta, ya que no espera visitas y se niega a abrir a desconocidos. Es un hombre desconfiado y huraño. Pero cuando escucha la voz de un niño llamarlo desde el otro lado de la puerta, un extraño im...
La casa estaba lo bastante lejos del pueblo como para que la música de las fiestas locales no le molestaran. Desde que Margo falleció, Jericó había dejado de salir tan a menudo y mucho menos a las fiestas, que siempre habían gustado más a su mujer. Solo iba al pueblo cuando necesitaba comprar comida o conseguir leña para el invierno.
Estaba en la cocina, en un cazo había calentado el contenido de una lata de judías con tomate. En lugar de sentarse en la mesa, donde Margo y él habían cenado durante años, fue al sofá con el plato lleno. Sin querer, le cayó un poco de tomate sobre el pantalón.
-¡Maldita sea!
Alguien tocó a la puerta. Desde el sofá podía ver el pasillo que conducía a la entrada. Ignoró haberlo escuchado, a veces los críos del pueblo se acercaban a tocar a la puerta para luego salir corriendo. Creían que era gracioso gastarle bromas al viejo que vivía a las afueras. Los niños de hoy en día no respetan nada. -Pensó.
Volvieron a tocar con más insistencia. Jericó continuó como si nada mientras intentaba limpiar la mancha de tomate con la servilleta, sin mucho éxito.
-Hola. -La voz al otro lado de la puerta pertenecía a la de un niño, sin embargo había algo en ella que hizo que en Jericó despertara un sentido que había olvidado. La misma que tuvo de joven, durante la guerra civil, antes de huir a Francia. Cuando hombres armados tocaban a la puerta. -Jericó Nuñez, sabemos que está ahí. Deje de hacerse el sordo y abra la puerta. Por favor.
El anciano dejó el plato en la mesa. Sin duda era un niño el que hablaba, pero aquella no era la forma en la que solían expresarse. Aquel tono de voz le ponía los pelos de punta. A pesar de ello, se encontró descorriendo el cerrojo. Vaciló unos segundos antes de abrir.
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Entro una brisa helada. El cielo rojo apenas asomaba entre las nubes. El sol había caído. Las luces del pueblo brillaban en la lejanía. La música sonaba. Los niños de la puerta, por extraño que sonase, le parecían visiones que no encajaban en el entorno. La lógica de Jericó le reprendía por el miedo irracional que gritaba desde cada rincón de su mente: ¡Cierra la condenada puerta! Los estudió por unos instantes.
Eran dos jóvenes de una edad entre los nueve y doce años. Vestían prendas oscuras, la ropa era vieja y estaba agujereada en algunas zonas. Tenían las manos en los bolsillos del jersey, una capucha ocultaba su rostro en las sombras. El más alto de los niños, que parecía llevar la voz cantante, habló de nuevo.
-Buenas noches. Nos dejaría pasar, por favor. -La frase en sí sonaba más a una orden que una petición.
Jericó continuaba confuso por la desconcertante visita nocturna, pero no lo suficiente para pasar por alto ciertos detalles. Miró por encima de ellos, hacia la carretera. Iba a salir a echar un vistazo, sin embargo se contuvo. Tenía el instinto a flor de piel, sentía que le estaban tendiendo una trampa. ¿Pero solo eran críos, verdad? Durante la guerra había visto a soldados que no tenían más de catorce veranos. Empuñaban armas y mataban si era necesario. Fueron los que se quedaron atrás, considerados hombres en un mundo de adultos.