Salmo II

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Una humareda tremenda se levantaba más allá de donde se encontraba Ángel. El fuego se abrió paso entre el humo. Las llamas crujían y bailaban como ninfas.
Ángel comprendió en seguida que pasaba. Los hombres de la República habían atacado el pueblo desde la lejanía con un cañón, con la suerte de derribar prácticamente un patio de vecinos que comenzó a arder.
Ángel se apresuró a la zona del ataque que no le quedaba lejos. Humo, humo y más humo. Escombros y gritos era lo único que había por la zona. Un solo instante cambió el destino de las vidad que ahora se encontraban sepultadas por sus propias paredes.
Ángel casi con una fuerza divina levantó piedras y consiguió rescatar a un niño, aún vivía, estaba malherido pero vivía. En los brazos del párroco, el niño lloraba desesperadamente en busca de su madre. Su madre, una joven republicana encubierta, había quedado inconsciente y malherida. El sacerdote sacó fuerzas y levantó a la madre del pequeño y cargó con ella con la ayuda de un soldado requeté que estaba para ayudar a la gente.
-¡Todos los heridos a la iglesia! ¡Y los demás, los niños y las mujeres , avisad al pueblo, vamos a refugiarnos allí!
Exclamó Ángel. Entraron en la Iglesia cientos de personas, niños, mujeres, hombres, ancianos...Todos. Alguno muy astuto trajo consigo algunas provisiones. Sin duda la guerra aún no había pisado en las calles pero la situación era como si lo hubiera. Entraron los soldados con los heridos y los tumbaron sobre algunos bancos de la Iglesia, algunos podían sostenerse, otros como la madre de Falín, el pequeño superviviente del bombardeo del patio, tuvieron que ser atendidos de urgencia y tumbados en los bancos de la Iglesia...La situación era desesperante. Llantos y miedo se juntaban en el templo. Félix entró rápido en la iglesia. Sería el centro de mando de los dos campamentos que había. En el campanario se habían apostado 4 hombres, con prácticamente todas las armas habidas y por haber. La calle Castaños estaba parapetada por una trinchera improvisada con escombros y algún saco de arena, al igual que la puerta del templo.
Volviendo al oratorio, dentro don Carlos, fray Manuel, Milagros y las demás monjas comenzaron a atender a los heridos. Ángel fue a cuidar de la madre sepultada. Tenía algunos conocimientos de medicina así que procedió a probar a despertarla.
La muchacha morena, agitanada y delgada se llamaba Carmen. Ángel comenzó a llamarla por su nombre y casi al instante Carmen despertó de un bote. Se levantó entre sudores
-¡Mi hijo, dónde está mi hijo!-exclamó casi llorando la muchacha.
El niño corrió hacia ella, no se encontraba muy lejos pero al escuchar a su madre hablar. La madre no podía parar de llorar y de acariciar la cabellera ondulada de su hijo.
-¿Cómo te encuentras, hija mía?
-Usted no me hable, perro del poder...Seguro que trata de aprovecharse de mí, como todos los curas...Quiero irme de aquí. Yo no debería de estar en este pueblo..
-Hija mía, deberías medir tus palabras, estás en la casa del Señor. Sé que por tu condición política me odias. A mí y a mi parroquia pero Carmen...Yo te he salvado la vida...Y a tu hijo también. Deberías de estar agradecida a Dios o a quien tu quieras que tú y tu hijo estáis vivos...Y ahora, me voy a atender a más heridos. Cuidese.
Ángel miraba con horror lo que había en su iglesia. Niños y ancianos, los más vulnerables, acogidos en su seno sin ser día de misa. Estaban asustados, se veía en sus ojos, en su cara...En todo. ¿Resistiría el pueblo? No lo sabía nadie, aunque el más fervoroso reconoció la victoria requeté. Una visión de horror y pena caló el alma del párroco. Agustina, la mujer que hacía un rato había hablado con ella, se hallaba tendida en un banco, malherida. Uno de los escombros le había golpeado la cabeza...Las lágrimas inundaron los ojos de Ángel. Su boca se asfixiaba en gritos...Miró al cristo que estaba en un fresco de la capilla y exclamó ahogado en sus propias lágrimas:
-¿Por qué ella Señor? ¡Ella no se merecía morir, nadie merece morir en esta guerra Señor! Traela de nuevo a mí por favor Señor, te lo pide tu humilde siervo...!
Ángel se tendió a llorar sobre la señora fallecida. Solo podía esperar y llorar. Los segundos pesaban como siglos. El tiempo ha su alrededor se había detenido. Todo había quedado silenciado para su mente. Las lágrimas corrían cada vez con más fuerza y sus angustiosos  intentos de reanimación no daban resultado. Una vez, y otra y otra. Solo le quedaba esperar y rezar por su alma. De repente noto como Agustina comenzaba a respirar. No podía creerlo. Todo parecía un milagro. Sus ojos se abrieron y esta respiró de nuevo, como si hubiera salido de entre los muertos. No podía creerlo. Levantó sus brazos al cielo y ahora llorando, pero de emoción, exclamó con fuerza
-¡Dios ha loado! ¡Has vencido a la muerte,  Agustina! ¿Dónde está muerte tu victoria, dónde está muerte tu aguijón?
Acerco la cara de la anciana a su pecho y echó él su cabeza sobre la de ella. Llorando, de emoción.
Fuera del templo, los hombres del Tercio parecían llevar las de ganar. Los hombres del campanario aseguraron el perímetro con sus fusiles y granadas. Abajo, en la batalla, las calles eran ríos de sangre con aroma de pólvora y muerte. Los defensores de la República iban cayendo en masa o se perdían entre las callejuelas estrechas del pueblo y las paralelas a Castaños. Una callejuela muy cercana a la capilla, el Pasaje de San Quintín, tiñó la sangre de los milicianos sus paredes blancas de rojo. El ataque que había sido poco antes del medio día, se estaba alargaba, pese a la desgana de los milicianos. Atacaban en oleadas, a cada cuál peor. Finalmente, a la altura de las ocho de la tarde, cerca de siete horas de combate, los republicanos odean la bandera blanca. Algunos hombres heridos caen presos. Resultado de la batalla: 20 bajas republicanas, 10 hombres presos, 7 requetes caídos en combate y sangre inocente. Mucha sangre inocente.
Enseguida, Ángel dio la orden de trasladar al pueblo de al lado para dar atención médica a los heridos, dando prioridad a todos los enfermos, en especial a los ancianos. A la señora Agustina le dijo que le mantuviera informado su estado a través del doctor Gordillo, amigo suyo y tuvo unas palabras con la madre de Falín:
-Señora, se que no quiere mi ayuda pero quiero que tenga esto-el padre sacó de la sacristía una bolsa con unas monedas.-Tome Carmen, esto es para usted, para como aquel que dice, "ir tirando"...Sé que no es mucho...Pero espero que usted pueda hacer algo con esto...Dígale al doctor Gordillo que viene usted de mi parte también...La paz sea contigo, Carmen, y con tu hijo Rafael...
Carmen no supo que decir más que pedir disculpas y aceptar el dinero del párroco. Después de abrazarle, Ángel besó la frente del pequeño y este y la madre se mezclaron entre la muchedumbre de heridos.
La victoria de los soldados de don Félix se celebro en la calle como una verbena, música, jolgorio, alegría...Todo cuanto fuera menester. Todos celebraban su éxito. Bueno, todos menos Ángel. Como un romántico del siglo XIX, estuvo rondando el cementerio del pueblo. En secreto, recogió algunos cadáveres de los milicianos muertos en batalla. Cavó un hoyo para cada uno de ellos al lado de los cipreses. Allí mismo les bautizó con agua bendita que trajo de la sacristía.
-Que la paz sea con vosotros, que Dios os tenga en su gloria, que perdone vuestros pecados y os deje entrar en el Reino de los cielos. Rezaré por ustedes, hombres inocentes muertos en combate...- se persignó -Amén.
Comenzó a cubrir sus cadáveres y una vez hubo terminado, regresó al patio de vecinos donde vivía, se quitó su sotana algo sucia y tomó su cama después de un día muy intenso y largo...

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