El alba rasgaba los árboles de la campiña, algunos muertos, víctimas del combate.
La luz se colaba juguetona entre las raídas cortinas del padre Ángel. Acariciaban su cara como una amante después de un momento de desenfreno. Casi como sintiéndolas, se levantó de su ya vieja cama, haciendo crujir el somier. Abrió esas cortinas polvorientas y dejó entrar a la hermana mayor de los rayos juguetones. La luz del amanecer y ese tinte rojo pintaban las blancas y algo dejadas paredes de su habitación y provocaban un aspecto místico al crucifijo de la pared colindante.
Ángel se sentó sobre su cama. Aún no se había vestido, no había prisa, hoy no oficiaba misa. Silencio. Silencio casi sepulcral que sólo interrumpía el sonido del patio de vecinos donde vivía y de la poca gente que ya rondaba las calles del pueblo.
El esquelético crujir del somier destruyó el silencio, el cuál vino seguido de un padre nuestro en un tono semi inaudible. Ángel estaba arrodillado ante el crucifijo enrojecido por el color del amanecer . No apartaba la cabeza de sus manos que se entrelazaban formando un puño. Rezaba una y otra vez y acto se persignaba. Así hasta 5 veces. Ángel estaba preocupado. El párroco estaba asustado. Pedía por su alma el día que su vida acabara en una fosa. Sabía que pasaría.
Se levantó porfin y se marchó al cuarto de baño.
Peinó su corto cabello marrón bellota y su barba algo frondosa pero fina. Abrió su armario y comenzó a vestir su sotana. Cuando terminó, calzó sus zapatos y marchó a la iglesia. Todo el mundo en el patio tenía palabras agradables para el padre religioso. Nunca faltaba un buenos días, un buenas tardes o cualquier muestra de cariño vecinal. Y no solo vecinal. En el pueblo también. Raro era aquel que no hablase bien del clérigo.
Llegó a la calle Castaño, una de las calles más anchas del pueblo. Allí se encontraba el templo de Santa María Coronada, dónde Ángel era párroco. Antigua como ella sola, era una obra románica, con tres naves que terminan en tres ábsides, siendo la nave central más alta que las laterales. En la arquitectura y en la decoración se observaban una interesante evolución, fruto de su esta dilatada construcción. La fachada principal se articulaba en dos cuerpos: el superior, dominado por un gran rosetón, y el inferior, que albergaba una portada en la que el vano de entrada es magnificado por seis arquivoltas sin decoración. Esta puerta estaba siempre custodiada por los requetés, quienes desde el comienzo de la guerra habían tomado la ciudad.
Como si de un general se tratase, los soldados de Cristo Rey realizaron un firme saludo de visera al sacerdote. Este realizó un leve movimiento de cabeza, asintiendo a la acción.
Dentro, destacaban las tablas distribuidas por los muros de las naves, los altares renacentistas, el retablo de la capilla mayor, y sus rejas. En la capilla se encontraba la hermana Milagros pasando la escoba. Los requetes habían marchado a realizar una patrulla por la zona y antes habían entrado a rezar. Como hombres de acción que eran, sus botas impregnaban la más grande suciedad.
Milagros era una de las monjas más joven del pueblo. Apenas rondaría los 25 años. Era la favoritas del párroco. Le recordaba tanto a él 20 años atrás, cuando fue ordenado. Era una muchacha joven, recatada pero con mucho desparpajo. Andaluza de nacimiento, era la única mujer que hacía reír al párroco. Algunos decían que había que hacerla Santa, puesto que eso era un milagro. Rubia, ojos verdes y piel lechosa. Dulce, tímida y tranquila. Un ángel en la Tierra.
-¡Muy buenos días padre!- se apresuró a responder la hermana antes de que él lo hiciera
-Muy buenos días tenga, hermana Milagros, veo que los carlistas han desfilado por aquí-añadió Ángel con una pequeña risa al final- ¡Hoy a madrugado usted eh! Dígame, ¿ha venido a ayudar al don Carlos con el oficio de la misa para los soldados?
-Sí padre, si quiere hablar con él, está en la sacristía con fray Manuel.
-Muchas gracias hermana, ¡que te sea leve tanto que limpiar!
-¡No se preocupe padre! Muchas gracias- contestó la religiosa con la sonrisa de una quinceañera.
En la sacristía, como bien había dicho Milagros estaban Carlos y fray Manuel. Carlos era el Sacristán de la Iglesia. Era un hombre de estatura media, de bigote fino pero frondoso y mirada penetrante. Su voz grave hacía retumbar al cristo del altar decían algunos feligreses. Fray Manuel era un fraile mayor, de barba larga y nevada por las canas. Entró Ángel no sin antes llamar a la puerta.
-Muy buenos días padre- comentó el Sacristán en pie y haciendo una reverencia- Los defensores de Cristo han estado esta mañana que yo y fray Manuel hemos oficiado la misa por usted.
-Me lo podía esperar, solo ellos pueden dejar así la Iglesia...
-Padre por Dios no hable usted así de quienes no están defendiendo...-replicó el anciano
-A propósito, ¿hace mucho que se fueron?
Carlos miró al reloj que tenía en su escritorio al lado del retrato de José Antonio
-Hace más de una hora, ¿por?-respondió el Sacristán.
-Me gustaría hablar con don Félix sobre la situación que nos rodea, es decir, qué pasa en extramuros...
Don Félix era el líder local de los carlistas. Era un hombre rechoncho, bajito y con un frondoso bigote negro. Los años pesaban sobre él. Como si fuera una invocación, al estar hablando de este los religiosos, se abrieron las puertas del templo y avanzó hasta la hermana don Félix escoltado por un grupo de hombres, algo sudados. Se giró y en un grito seco les ordenó descansar.
-Buenos días hermana, gloria al señor por conservarte un día más entre nosotros.
La hermana ruborizada le devolvió una de sus sonrisas.
-¿Y el Padre Ángel? Esta mañana no he podido hablar con él
-En la sacristía don Félix, en la sacristía.-afirmó la monja con su sonrisa dulce y perenne.
-¡Muchísimas gracias!
Hacía allá que fue el bigotudo, tocó en la puerta, abrió y todos se pusieron en pie.
-Padre Ángel, quería hablar con usted.
El párroco le hizo un gesto para que tomase asiento en su despacho.
-Usted dirá, comandante.
-Hemos patrullado la zona y solo hemos descubierto que hay un puesto de vigilancia en la lejanía pero está por la zona
-Es el pueblo de al lado- añadió el Sacristán desde su posición en la puerta-los republicanos lo tomaron hará un mes o así.
-Será eso, lo que yo quería comentarle padre es que debemos prepararnos para un posible ataque, saben que estamos aquí, no dudarán en atacarnos
-Para eso está usted aquí, señor-Respondió Ángel serio y seco-Es su misión, proteger a los siervos de cristo de las garras rojas, al menos eso alardea usted.
-Por supuesto, padre. He venido a informarle de que trasladaremos una parte del campamento aquí debido a la visibilidad que arroja el campanario. Solo eso...
El padre miró un rato hacia la mesa con la cabeza apoyada sobre la palma de su mano derecha. Tras unos minutos el sacerdote rompió el silencio.
-Sacristán, usted dirá, qué le parece
Ángel realmente no creía en la guerra. Toda aquella parafernalia de honores y de quién mata a más gente le parecía estúpido. Ángel odiaba como todos creían ser Dios, jugando a arrebatar vidas ajenas.
-Por mí perfecto. Todo sea por la Iglesia y su protección.
Carlos era opositor al pensamiento pacifista de Ángel. Si la iglesia estaba en peligro, el primero en la línea de fuego con sotana y fusil sería él. Despreciaba con toda su alma el anticlericalismo de los milicianos.
Félix asintió, se levantó e hizo una reverencia. Marchó a poner todo en orden fuera para trasladar parte del campamento.
-Es un loco...-murmuró Ángel-Sacristán, me ausento, salgo a caminar por el pueblo necesito aire...
Ángel salió de la sacristía con la cabeza baja. Salió al pueblo y en las calles ya había más ambiente. Paseaba tranquilo bajo las sonrisas que las señoras le lanzaban al padre y sus buenos días.
Llegó a la plaza del pueblo, la recién bautizada como Plaza de la Trinidad. Una fuente en su centro y bajo la atenta mirada del Ayuntamiento. Se sentó en un banco a la sombra de un naranjo. Se encontraba relajado, apaciguado, manso...Solo una cosa le inquietaba...El cadáver del alcalde del pueblo colgaba del balcón del Consistorio. Chamuscado y ametrallado, su cuerpo sin vida llevaba un cartel a modo de burla de que ponía «Alcalde de nada». La imagen sórdida servía de amenaza a los frentepopulistas. La paz de Ángel solo pudo ser interrumpida por eso y por una conocida beata octogenaria que se sentó a su lado.
-Impresiona verlo así...
-Es cierto padre...¿No tiene usted miedo de correr esa suerte?
-Hija mía...Solo Dios sabe cómo acabarán nuestras vidas...
-A mí todo esto me asusta mucho padre...
-Agustina, la guerra no era la solución al problema de España...Yo no creo ni creí en la guerra nunca...Estamos jugando a ser dioses, arrebatando vidas como las de don Mateo que ahora cuelga del balcón, o las de sus concejales, que vaya usted a saber qué fue de ellos...Dios los tenga en su gloria...
-Amén padre...Si tiene usted razón, este Cainismo no nos lleva a ningún lado...En fin...Todo sea por sobrevivir padre...Adiós
-Adiós Agustina...
El padre quedó solo en su banco, relajado.
De repente todo quedó en silencio. Ese silencio mágico y místico que parece llegar de la nada antes de una tragedia. Un silencio que dio paso a un enorme estruendo, al caos y a una nube negra. No había duda. Lo que menos quería Ángel le había venido a visitar. La muerte vestida de rojo.
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Misericordia
Historical FictionLa persecución religiosa que sufrieron los religiosos en la guerra civil Española. Es el momento de que la conozcamos. Hacia 1937, un pueblo manchego se ve perturbado por el ataque de una columna republicana. El párroco, Ángel, y sus correligionari...
