Realmente pensaste en eso dos veces al mirar atrás, ¿Quién lo diría? La vida se había dificultado desde que una partícula minúscula había quebrado mi ventana trayendo el caos a mi existencia, un vidrio roto y una tormenta aproximándose.
Tenía que ser verdad, sin embargo, no estaba dispuesto a creerlo, y llorar era la única solución viable en esos momentos.
La triste escena meneaba su cola intentando seducirme, al demonio, no podía mentirme, tenía que aceptarlo. Caí de nuevo en el mismo juego. Si, ese por el que había mirado hacia atrás.
Vivir entre medio de la sociedad y no sentirse parte, no había razón biológica. Claro que no. Solo un trauma de un pequeño niño. Lo reconocía.
Raudo se asomó el tibio aroma del líquido dentro de mi taza, distrayéndome de todo mis pensamientos. Lo observé detenidamente, se veía deseable. Me agradaba en como el vapor subía sin distraerse y buscaba un lugar en mi nariz para posarse. Era hermoso.
Así la taza y la llevé a mis labios. Sentí el calor y como su poder se imponía por sobre mi delicada piel. Despacio me atreví a inclinarla causando que el líquido caliente tocase mi desgarrado labio inferior. Me quejé y retiré la taza. Estaba hirviendo.
No había entendido, nunca en mi vida me había gustado el té hirviendo. Debí haberlo olvidado. O tal vez, intenté cambiar. Ni yo me lo creía.
Sonó el timbre.
Sin poder levantarme de mi asiento lo recordé, y al mismo tiempo, lo repudié.
La memoria quería romper la fortaleza que había creado para protegerme de mí mismo, no obstante, era yo quien tocaba el timbre y era yo quien quería destruir la fortaleza.
Un hombre alto se asomó en la ventana y entendí que sería el fin de mi reinado.
Tantos años para acabar de ese modo.
Así que, me dije a mí mismo que no había problema en recordarlo una última vez. Ya que al fin y al cabo, nunca más podría rememorarlo.
Tomé la llave y la introduje en la cerradura, parecía que sabía lo que hacía. Quizá hasta me había convencido de que hacía lo correcto.
Sin dudar abrí la puerta y la vi. Ella estaba sentada llorando en una esquina. ¿Me había enamorado? No. No lo creo. Aun así, no importaba lo que creía, estaba ahogado en amor por ella.
Oí los vidrios azotados contra el piso. Lo supe, una última vez para traerlo, para mirar atrás, una última vez para recordar los buenos tiempos.
Vociferé en un intento de aquietar mi alma, al contrario, solo lo había empeorado. Lentamente el cristal se deslizó por sobre mi mejilla limpiando la suciedad acumulada. En un último suspiro este cayó sobre el té hirviendo y creó la mezcla que necesitaba.
El hombre ya estaba adentro.
Finalmente cogí la taza y de un sorbo quemé mi interior, no sólo era caos, la lagrima lo acompañaba aquietando la inmensurable tragedia.
"Manos en la espalda" gritó el hombre, "Se le acusa por homicidio a mano armada..." volvió a decir en la misma entonación y añadió unas cuantas frases más que no quise escuchar. Un, dos, tres, más uniformados entraron y sin control me prendieron.
En un último esfuerzo alcé mi voz pronunciando y agregando a la frase de aquel hombre "Se le acusa de homicidio a mano armada de una mujer en la esquina de alguna calle de la ciudad, a quien le importa, aún la amo"
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Mente y Menta
RomanceRecopilación de historias cortas sobre romances imposibles y pensamientos artísticos de unos enamorados.
