Hace poco que amanece en la ciudad y los primeros rayos de sol culebrean entre los árboles. Leo ya ha llegado a la habitación de hospital como todos los días. Es una habitación rectangular, blanca. En un extremo, en el centro de la pared, la puerta. A la derecha una pared lisa con una gran ventana, era lo bueno de estar en una esquina del hospital, desde donde se podía ver la ciudad y un pequeño parque. En la pared de la izquierda había otra pared lisa, pero con un par de cuadros, no muy bonitos ni muy grandes, pero lo suficiente para romper la monotonía de la habitación. También había una silla para las visitas. Enfrente de la puerta, pegado al otro extremo de la habitación estaba Sam tumbado en su cama, como siempre. Llevaba en esa cama desde que lo subieron a esta planta después de estar entre la vida y la muerte varias veces en el quirófano tras el accidente.
Leo, por desgracia, había llegado a acostumbrarse a ver a Sam ahí tumbado, aunque la imagen no era desde luego buena. Hacía casi un año que Sam estaba en aquella cama sin poder moverse, sin poder expresarse, sin poder, en definitiva, ser. En la muñeca izquierda tenía conectado el suero y por el pecho unos sensores para medir las constantes que se veían reflejadas en el monitor de una máquina que tenía a su derecha. En el hospital le solían cambiar de postura para que no estuviera siempre tumbado, hoy tenía el respaldo de la cama subido con lo que tenía casi una posición de estar sentado.
- ¿Qué tal estás hoy Sam? -preguntó Leo, como todas las mañanas, haciendo siempre un esfuerzo por sonreír-. Hoy parece que ya empieza a refrescar, la gente parece que va más abrigada y ya hay algunas hojas en el suelo -continuó mientras seguía mirándole, atento como siempre a cualquier reacción-.
Sam no respondió, no se movió y no miró a Leo. Tenía la cabeza ladeada hacia la ventana, pero no porque estuviera mirando las vistas, seguramente las enfermeras se la habían dejado así o se habría puesto en esa posición sola a lo largo de la noche. Leo caminó hacia la ventana.
- ¿Te acuerdas cuando fuimos a aquel parque hace algunos años por estas fechas más o menos? -preguntó Leo mientras miraba por la ventana-. Lo habíamos preparado todo muy bien, llevábamos la comida en una cesta con un mantel para poner en el suelo y poder relajarnos tumbados mirando el cielo bajo la sombra de un árbol. Lástima que las hormigas decidieran que la comida que teníamos era lo bastante buenas para ellas también -Leo giró la cabeza para mirar a Sam volviendo a sonreír. Sonrisa que contrastaba con sus ojos tristes-. Todavía recuerdo -continuó mientras volvía a mirar por la ventana- cuando abriste la cesta y lo viste todo lleno de hormigas. Comenzaste a gritar, cogiste la cesta y le diste la vuelta. Todo cayó en el suelo y tú intentaste apartarlas de la comida, sin éxito, claro. Al final nos fuimos a un restaurante –sonrió-. No se nos olvidó nunca ese día... -suspiró-. Y tampoco volvimos a ir a comer a ningún parque –esbozó una sonisa-.
Leo caminó a la cabecera de la cama. Miró directamente a los ojos de Sam. Era como mirar un pozo negro el cual no podías adivinar si tendría fondo. Estaba vivo, de aquello no había duda, pero en sus ojos no había nadie. Leo siempre se quedaba un rato mirándole directamente a los ojos, buscando, intentado que de repente algún destello del que era el amor de su vida saliera a relucir.
- ¿Dónde estás? -susurró Leo para sí mismo-.
Sam tenía un mechón de pelo que le tapaba un poco la cara. Pensó mientras le miraba que no le quedaba mal el pelo largo, aunque seguramente estaría más favorecido si lo tuviera arreglado. Leo hizo el amago de ir a quitarle el pelo de la cara, pero se detuvo a medio camino y tras dudar unos segundos, una expresión de frustración se reflejó en su rostro y retrocedió la mano. Suspiró y volvió de nuevo junto a la ventana. Normalmente siempre estaba en esa misma posición, podía ver el exterior y a su vez a Sam en el reflejo del cristal.
