Mocatella

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     -Te arrancaría tus bellos ojos para conservar tu mirada en mi habitación-. Murmuró Aleco mientras Mocatella lo veía fijamente. Podía sentir su aliento a cigarro, Marlboro rojo, como siempre.

     Había llegado aquella noche, ella lo amaba de una manera fenomenal. Mocatella sabía que el sentimiento y la desesperación eran mutuos. Pasó el día entero pensando en cómo y qué pasaría. Aleco era pálido, algo delgado, el esqueleto quería marcársele en la piel desde su nacimiento, sus ojos se hundían en un par de fosas negras hechas por el desvelo. Él pensaba en Mocatella. La deseaba.

     Mocatella tenía las canicas de los ojos verdes, con pequeñas rayas color almendro. El busto grande, no lo suficiente para ser monstruoso; sí para ser hermoso. Su tez era blanca y rosada cuando Aleco le infringía una caricia.

     Desde un principio cruzaron las miradas, como balas, perpetraron todos los anaqueles de la cordura y la soledad. Ella sonrió y él sonrió. Era simple. El primer beso era mutilador, los labios exquisitos y gruesos de Mocatella le quitaban por ratos el aliento a Aleco. Sentía dejar de respirar. Sentía el mundo irse a cada labio cruzado. Sentía estar bien al fin.

     Mocatella lo era todo.

     Ella se enamoró de él con el pasar de los meses. Perdidamente. Él igual, su mirada oscura ya poseía un brillo potente, su sonrisa era alegre, estaba bien. Lo estaba. Mocatella invadió todo en su vida.

     Aquella noche Mocatella llevaba un vestido azul, los labios pintados de rojo, el rímel se ajustaba en el abrir y cerrar de sus ojos. Estaba determinada a que esa noche la guardaría en la memoria. Aleco estaba más pálido de lo normal, estaba frío, los nervios lo mataban. Fumó un cigarro para aliviar el desorden en su cabeza. Vestía la camisa más elegante que tenía en su viejo ropero y el pantalón menos roto de su percha. Suspiró cuando la vio llegar en la calle, cenaron un pollo ahumado junto con unos fideos. El frío había acabado, se reían del destino, de la casualidad. Aleco perfumó el pequeño cuarto que alquilaba lo mejor que pudo, invadió de incienso todo rincón que existía. Sabía que no tenía mucho que ofrecer a Mocatella y también sabía que Mocatella estaba consciente de ello. Ella aún así lo amaba. Él la amaba.

     Después de la cena se sentaron en la cama en silencio viendo a la pared. El frío les invadió las palmas de las manos derritiéndolas en un líquido salado que se volvía pegajoso con el movimiento de los dedos. Los rastros en el ambiente del incienso se envolvían con la dilatación de sus fosas nasales. Mocatella a cada respiro parecía exhalar su propio perfume. Había frío.

     Una sombra se asomaba atravesando la puerta de aquella habitación, vio a sus objetivos sentados en silencio como si lo esperaran. La sombra se detuvo a admirar el amor de esa pareja, admiraba ese amor, parecía puro. Un amor así puede ser letal para todos. Se paseó por la habitación. Podría iniciar en cualquier momento pero decidió esperar unos minuto más.

     La pared parecía la última frontera; la cama, la nave y los labios de Mocatella, el combustible infinito. No habría un después pasado el primer beso. Ambos lo presentían. Lo sabían. Porque nada bueno dura. Porque lo más bello siempre es efímero. Porque algo hermoso no tiene cabida en este mundo tan maligno.

     La sombra leía sus pensamientos. Los admiraba, no tenían miedo. Sentía pena por tener que sacar de esa realidad algo tan bello.

     -Serán eternos, se los prometo-. Murmuraba para sí la sombra.

     Invadió las luces volviéndolas rojas. Inició el calor en la habitación. Volteó a la ventana para observar el paisaje, dándoles la espalda, odiaba esa parte de su trabajo.

MocatellaOnde histórias criam vida. Descubra agora