Seis años

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Tenía seis años la primera vez que la vi, ella recién cumplía seis años y su familia vivía en la casa que estaba al frente de la mía. Mi madre y la suya no eran amigas íntimas, solamente se saludaban al verse en la calle.
Ella no iba al mismo colegio que yo, así que no sabía su nombre, pero desde mi ventana podía ver los globos que adornaban su jardín, eran todos azules, de diferentes tonos y formas, había un juego inflable también, era rojo y grande y todos los niños saltaban en él mientras los padres los veían sentados en mesitas de jardín.
Estuve viendo a ratos su fiesta, y fue hasta ya entrada la tarde cuando ella salió a la calle de la mano de su madre para despedir al último invitado.
Era una de las niñas más altas de su clase, su madre siempre peinaba su largo cabello castaño en dos trenzas a cada lado de su cabeza. Tenía un rostro redondo que era todo mejillas rosadas y siempre tenía una sonrisa en la cara.
Era linda, claro que eso no era en lo que yo pensaba a esa edad, yo solo pensaba en el juego inflable en su jardín, era un juego inflable realmente asombroso. También pensaba que su comida debía haber sido asombrosa también porque el olor llegaba hasta mi casa.
Su madre le había dicho a la mía que estábamos invitados a ir, pero solo había sido una cortesía, además mamá y yo no estábamos de un humor muy amigable, dos noches atrás mi padre había ido a trabajar como cualquier otro día, con la excepción de que mi madre lo atrapó teniendo una aventura. Así que a la mañana siguiente tomó todas sus pertenencias y se fue, impulsado por mi madre.
En esa época yo no salía de mi habitación más que para comer, solo de vez en cuando, culpaba a mamá por hacer que mi padre se fuera, me costó unos años más entender porque lo había hecho.
La envidiaba porque ella tenía una madre amorosa y un padre presente, en ese momento yo sentía que no tenía a nadie. La semana en que mi padre se fue yo no dije ni una sola palabra a nadie, mi madre incluso consideró llevarme a un psicólogo, podía escucharla llorar por la noche y quería consolarla pero seguía enojado con ella así que me quedaba callado, solo escuchando.
Así que en ese tiempo pasaba horas continuas mirando por la ventana hacia su casa, envidiando todo sobre su vida.
Al siguiente día su padre le regaló un cachorro, era un pequeño y rechoncho labrador color chocolate. Ella se veía excepcionalmente feliz. Y yo estaba excepcionalmente enojado. No entendía porqué ella podía tener una vida tan perfecta mientras yo solo conseguía miseria. Era un poco dramático cuando era niño.
Dos días después de la llegada del cachorro ella salió con su madre al jardín, plantaron rosas blancas justo detrás de la cerca que delimitaba su jardín. Se veían felices mientras metían las manos en la tierra. Por mi cabeza pasó que quizá la tierra las hacía felices así que al siguiente día hice un hoyo en el jardín mientras mamá estaba en la cocina. Pero por más que toqué la tierra, no me sentí feliz, todo lo que conseguí fue tierra debajo de las uñas y un severo regaño por parte de mi madre.
Una semana después floreció el primer botón, ella salió a observarlo y se sentó frente a él por al menos media hora. Mi curiosidad aumentó cuando noté que estaba hablando así que bajé las escaleras y salí a la calle. La miré hablar con la rosa por al menos cinco minutos continuos. Su conversación unidireccional solo era un detallado relato de un sueño que ella había tenido.
Me acerqué a hablarle.
-¿Con quién hablas?- pregunté y ella alzó sus dulces ojos marrones para verme a los ojos mientras respondía.
-Con la bebé rosa- contestó con sencillez. Yo me puse nervioso y bajé la mirada, pues el contacto visual me ponía muy incómodo.
-¿Porqué?
-Mi mamá dice que las plantas pueden escucharnos y que les gusta que les hablemos, así que le estoy platicando a la bebé rosa el sueño que tuve ayer.
No dejó de mirarme mientras hablaba, lo cual solo me puso más nervioso. El nerviosismo no era bueno para mi.
-Eres rara- declaré duramente, con el ceño fruncido.
Su pequeña nariz se arrugó con disgusto y se levantó muy molesta para mirarme de frente.
-No soy rara, quizá tú solamente tienes una mente cerrada.
-¿Qué es una mente cerrada? - pregunté confundido.
-No lo sé en realidad, mamá solo dice que significa que no ves nada más allá de tu nariz.
-¿Ah si?, pues tu no ves nada más allá de tu frente- devolví, ya molesto. Me di la vuelta y me fui.
Decidí que esa niña era rara y que no me volvería acercar a ella, también me prometí que no miraría hacia su casa por la ventana. Pero solo pude resistir por dos días antes de volverme a asomar por la ventana.
La rosa ya había florecido por completo, de hecho, empezaba a marchitarse en las orillas de los pétalos. Ella seguía yendo a hablar con la rosa por al menos una hora al día. Fue lo mismo el día siguiente. Pero con cada día que pasaba, la rosa se iba marchitando más, hasta que un día el último pétalo de la rosa cayó.
Ella estaba frente al rosal cuando sucedió y yo estaba en el jardín, jugando con mis muñecos.
Ella comenzó a llorar y yo no supe si debía acercarme o correr dentro de la casa. No tuve que hacer ninguna de las dos porque su madre salió preocupada, y cuando le preguntó la razón de su llanto ella contestó:
-La rosa murió.
El rostro de su mamá se llenó de dulzura, sus grandes ojos verdes brillaron de comprensión.
-Todo lo que vive en algún momento muere, es el orden natural de las cosas, naces, creces y luego mueres. Pero eso no es malo, la rosa murió pero tuvo una vida plena- limpió las lágrimas de las mejillas de su hija- No es bueno esperar que alguien se quede ahí para siempre, todo lo que tiene un inicio tiene un fin y con el tiempo aprenderás que lo mejor es dejar ir las cosas. La rosa se fue pero el rosal tiene un nuevo botón y esta rosa será tan bonita como la anterior.
-Pero no quiero reemplazarla.
-No vas a reemplazarla, vas a seguir adelante y la rosa no se va a enojar contigo por eso, al contrario, estará feliz de que tu estés feliz.
Ella sonrió y miró el nuevo retoño.
-La cuidaré bien.
Su madre sonrió y tomó su mano para guiarla dentro de su casa.
Yo me quedé ahí, estático, y por alguna razón pensé en mi padre, pero aún más importante, pensé en mi madre y la forma en que ella lloraba cada noche, también pensé en la forma en que la había estado tratando.
Cuando mamá llegó a casa ese día la abracé, ella estaba tan sorprendida que sus ojos se pusieron llorosos y con la cara enterrada en su abdomen mi voz sonó amortiguada.
-Lo mejor es dejar ir- dije citando a la mamá de ella.
Mi madre me miró llena de asombro y sonrió. Nos quedamos abrazados por algo así como quince minutos.
Ella supo sin que necesitará explicarle que yo estaba dejando ir a mi padre y también estaba dejando ir mi ira injustificada hacia mi madre.
Esa fue la primera lección que aprendí de ella, gracias a su conversación con su madre sobre la rosa yo volví a hablar con mi madre, volví a comer, dejé de pasar tanto tiempo viendo por la ventana, volví a sonreír y mi mamá no volvió a llorar.
No lo comprendí del todo en ese momento, pero viéndolo con la perspectiva que da el tiempo puedo ver que ella empezó a cambiar mi vida antes de que yo siquiera supiera leer.

Rosas blancas para tardes negrasBağımlısı olacağınız hikayeler. Şimdi keşfedin