El hombre había caminado bajo la lluvia y se refugió a gusto en la máquina ferroviaria.
Gordas gotas golpeaban como piedrecillas contra las ventanas del tren, constantemente, implacables.
Jorōgumo (絡新婦) puede leerse literalmente de dos formas o como "novia" o "araña puta". La Jorōgumo es una araña que tras cumplir más de 400 años, recibía poderes mágicos. La araña se transformaba en una hermosa y seductora mujer vestida de novia que tocaba una biwa, los acercaba y en el momento indicado, los asesinaba para comérselos.
Son inteligentes y astutas, con un corazón gélido y un estómago gigante que quiere saciar su hambre. La JoroGumo solo ve a los humanos como la fuente de su alimento, y siente especial predilección por los bellos jóvenes, que están en busca de su gran amor...
O ésta es la información que se ha tenido hasta hoy, desde hace tantos años.
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Por allá, en ese lugar, sol brillaba con frecuencia y así la niñez se mantenía en el corazón, o esa leyenda cuentan las madres de la familia a sus hijos.
Un día, una plaga azotó al pueblo, con insectos diminutos que con sus eses y veneno causaron todo tipo de molestias a los aldeanos. Logró controlarse utilizando una solución sencilla: dejar que la naturaleza siguiera su curso, presentando a los de predadores naturales como arañas, anfibios y lagartos.
Lastimosamente eso no bastó. Las secuelas infecciosas harían mella en las pobres familias.
Ryota era un hombre fuerte y terco. El hijo de en medio de la familia pudiente Izanagi.
No fue lo suficientemente inteligente como para prestar atención a las advertencias del médico, ni a los quejidos de su esposa, la cual un mes después falleció.
No conforme con eso, se le fueron arrebatados sus padres.
Sus hermanos estaban absortos, ocupándose de sus familias, como para brindarle el consuelo que sentía que merecía.
Consumido por la cólera, al perder a su amada por no prestarle atención a la enfermedad que la aquejaba, hasta que culminó en lo que la lógica señala, el hombre pudiente de la aldea de Aratani cayó en un sin fin de desgracias, financieras y psicológicas, que terminaron por deteriorar su estado mental.
La situación empeoró hasta que, en su estado más colérico y envuelto en embriaguez, maldijo a sus propios descendientes y se ahorcó en el árbol del patio de su hogar. Sus hijos leyeron sus últimas peticiones y descolgaron su cadáver.
Pero esto fue hace muchos años, varias generaciones atrás.
Hoy soy yo, Hideki Izanagi, quien carga con ésta maldita tontería encima.
¿En qué consiste?
Vengo de una familia de gente supersticiosa, con mal genio y muy terca.
Brindé el honor que pude a mis allegados y me alejé cuanto pude.
Mis estudios fueron mi tabla de salvación, permitiendo que tuviera un empleo digno, gran situación económica, una familia feliz y una vida tranquila.
Lastimosamente... Mi estúpido hermano mayor huyó con una mujer joven y me pasó lo que los hombres de mi familia han tenido que cargar a rastras por culpa de Ryota, un hombre de antaño, que ha jodido el futuro de todos, así que verdaderamente creo que fue un imbécil y me importa muy poco que se haya suicidado en la que, aún hoy, sigue siendo la casa de campo de la familia.
No sé lo que es, pero como hombre de ciencia que soy: mentiría si digo que no quiero saber de qué se trata.
Va en un maletín grueso.
Mientras, estoy cómodo aquí en esta cabina del tren para mí sólo, aunque desearía estar con la bella señorita de la otra cabina, donde está leyendo un libro. Daría todo por preguntarle acerca de la trama que la ha atrapado, encontrar el amor gracias a un libro recomendándome a una persona que parece agradable...
La máquina ferroviaria empezó a tronar. Era como si las vías del tren estuvieran hechas de huesos, puestos en hilera uno tras otro, y agitaran a los pasajeros dentro del transporte, hasta que sus nervios fueran disparados al desconocer el destino.
¡Track!~¡Tranck!~ Resonaba el techo del tren, como si alguien caminara sobre éste, como si alguien estuviera dándole toques a la lata de sardinas, asegurándose de su contenido.
La mujer de la otra cabina no se veía, era de suponer que se había acostado en los asientos y había decidido dormir mientras el doctor Izanagi fantaseaba. Él era en único despierto, junto al conductor, y por tanto era el único pasajero que debía mantener su miedo a raya hasta completar el viaje.
Hombres de ciencia como él, buscando una solución razonable para todo... ¿Pero qué explicación le puedes dar a alguien que observa ocho ojos rojos y brillantes en la ventana contigua a su asiento?
El pobre hombre saltó, yendo a parar al piso, desde donde intentaba abrir la puerta para huir por el pasillo, plan que culminó en fracaso, cuando las luces parpadearon y explotaron, dejando todo a oscuras.
La respiración agitada del hombre daba más pavor que la situación y en sí, hasta que una especie de gruñido gutural lo mandó a callar, haciendo que su sangre se sintiera helada en sus venas y su corazón casi se detuviese por completo.
El maletín con el valioso contenido empezó a brillar, y se movió.
- Ésto no es real... Ésto no está pasando...- Se repitió para intentar darse ánimos.
Las luces volvieron y el horror frente a él lo hizo gritar.
Patas enormes, como si de una araña del tamaño de medio vagón se tratase, habían entrado por las ventanas y estaban tomando el maletín.
Hideki quería que se lo llevase, él merecía descansar de las estúpidas supersticiones de su familia, pero el respeto a sus antepasados se interponía.
Abrazándose a la cuerina del material, tomó la valija. No planeaba soltarla. Las patas de la bestia le daban pavor y odiaba sentir las vellosidades contra su piel, pero el honor de su familia estaba en riesgo.
- Suéltala.- Le dijo una voz femenina.
- ¿Qué?- Gritó el hombre, en forma de pregunta desesperada.
- Suéltala.- Repitió la suave voz en el mismo tono calmado.
Él se relajó, hasta que vió a una silueta femenina asomarse por el borde del techo.
- ¡No!- Gritó, arrancándole el maletín y corriendo fuera de la cabina.
En el pasillo, hizo lo único que se le ocurrió. Si la turbulencia no había evitado que esa bestia subiera, bajaría gracias a la fuerza del impacto.
El hombre accionó una palanca de emergencia, que hizo que todo diera un choque y tumbos violentos, mientras que las vías del tren chirriaban al detenerse.
Las patas salieron despedidas por la ventana, con tal fuerza que arrancaron el marco y rompieron los vidrios, dejando marcas de arañazos y no sólo grietas.
El encargado del tren llegó, para ayudar a socorrer al hombre, ayudándolo a levantar.
- ¿Qué sucedió?- Le preguntó.
Ambos miraban el hoyo que había quedado, donde poco antes había estado la ventana...
- No tengo idea.- Dijo el hombre a media voz, para luego desmayarse.
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Jorogumo [PAUSADA]
RomanceConsumido por la cólera al perder a su amada, por no prestarle atención a la enfermedad que la aquejaba, el hombre pudiente de la aldea de Aratani cayó en un sin fin de desgracias y maldijo a sus propios descendientes. Hoy, el estimado Doctor Hideki...
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