El camerino tenía las paredes descascaradas y un espejo bordeado de bombillas que parpadeaban como luciérnagas cansadas. Raulito se miraba en él con la esponja en la mano, difuminando el maquillaje sobre la mandíbula. Con cada toque desaparecía el muchacho de barrio y emergía La Chaba, la diva de los Andes, la voz que hacía llorar a las montañas.
Sobre la silla esperaban las polleras: capas de tela sintética, amplias como faldas de carpa, en fucsia, verde limón y un naranja que competía con el sol. Y en el suelo, los tacones de aguja de quince centímetros, plateados, capaces de tumbar a cualquier mortal que no hubiera nacido para dominarlos. La Chaba los miraba con devoción.
-¡Raulito! -gritó la productora desde el pasillo-. ¡Ya vamos a salir al aire! ¡Muévete!
La Chaba se puso de pie con lentitud. Deslizó los pies, ya enfundados en medias de nylon, dentro de los tacones y se elevó varios centímetros. El mundo cambiaba desde esa altura. Se acomodó una de las polleras y salió del camerino con la barbilla en alto. El pasillo era oscuro y frío, pero al final brillaba la luz de los reflectores.
Al cruzar la puerta del set, vio a los "musiquillos" amontonados en una esquina. El trío ocupaba poco espacio. A la izquierda, con una guitarra al hombro, Julián, un muchacho delgado de rasgos aymaras que la miraba con respeto. A la derecha, Daniela, menuda, con un vestido corto de lentejuelas, destinada a sonreír y aplaudir. Y en el centro, eclipsándolos, Vilma.
La cantante era alta, robusta, con hombros y caderas de escultura precolombina. Su rostro de pómulos marcados y mandíbula firme era inconfundiblemente andino. La melena larga y ondulada, teñida de castaño casi rubio, intentaba domesticar la fuerza que emanaba de su cuerpo. El vestido ceñido de lentejuelas doradas abrazaba cada curva, un cuerpo criado con maíz, papa y un sentido inquebrantable de su propio poder.
Vilma era la segunda cantante más popular del norte, la estrella de tres películas, la dueña de un imperio de cumbia que se extendía por los cerros y las ciudades.
La Chaba no se inmutó. Ajustó la pollera verde lima y lanzó la orden sin mirarlos.
-Júntense más, músicos -dijo con la voz que no era ni masculina ni femenina, sino una tercera cosa: el timbre inconfundible del personaje-. Allí, para que hagan más espacio para la cámara.
Las palabras flotaron en el silencio del set. Los técnicos dejaron de ajustar cables. La productora se quedó inmóvil con el auricular puesto.
Julián y Daniela obedecieron de inmediato, arrastrando los pies para compactar el grupo. Vilma no se movió. Sus ojos pardos se clavaron en La Chaba, un escaneo silencioso que desarmaba pieza por pieza: las polleras sintéticas, los tacones exagerados, el maquillaje de disfraz. La mirada de una reina que ve a un bufón vestido con harapos de realeza.
Vilma no dijo nada. Dio un solo paso hacia el centro del set, forzando a Julián y Daniela a reacomodarse. Apretó el micrófono inalámbrico. El mensaje era claro: este es mi espacio; tú, a tu esquina.
La Chaba sintió un escalofrío recorrerle la espalda bajo la blusa bordada. El público al otro lado de las cámaras empezó a corear su nombre. "¡Cha-ba! ¡Cha-ba! ¡Cha-ba!"
El director hizo la cuenta regresiva con los dedos. Tres. Dos. Uno.
La fanfarria de metales andinos estalló en los altavoces. La Chaba se giró hacia la cámara principal y desplegó la sonrisa que mostraba todos los dientes. Levantó los brazos, las polleras se abrieron como un abanico multicolor, y saludó al público con una reverencia exagerada. Estaba en su territorio. Y Vilma, por muy popular que fuera, era solo una visita. Por ahora.
La fanfarria se apagó y el público, compuesto por señoras y estudiantes seguían aplaudiendo. La Chaba esperó a que el silencio volviera, con la sonrisa intacta pero los ojos vigilantes. Luego se giró hacia el grupo, abriendo los brazos como si recibiera a una hija pródiga.
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Princess Vilma
RomanceVilma canta cumbia. Es la estrella más grande del norte, la dueña de un imperio musical, la voz que el pueblo ama y odia al mismo tiempo. Pero su nombre -Vilma- es una condena: se lo pusieron en honor a la hija de un capo, una mujer que murió asesin...
