SINOPSIS

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Ella tenía alrededor de seis años y él nueve. El padre de él tenía un trozo de terreno contiguo al de ellos, el cual nunca rindió mucho y que finalmente vendió al papá de ella por un precio justo.  Puesto que papá conocía mejor la tierra, la hizo producir. Sin embargo, durante un par de años ella vio a Manuel Padilla de vez en cuando, montado en el tractor, detrás de su padre, gritando como si el tractor fuese una diligencia perseguida. De vez en cuando también jugaban juntos, principalmente por ninguno de los dos tenía a nadie más con quien jugar, a excepción de Luis, hermano de ella, que era mucho mayor y adoptaba aires de superioridad; por consiguiente, raras veces estaba disponible.
Manuel era vehemente, pero también amable. Y podía ser divertido. Siempre conseguía hacerla reír; aunque la mitad de las veces ella se reía sólo por complacerle. En una ocasión cuando una  serpiente inofensiva la mordió en un tobillo, él chupó el veneno de la herida, y a ella eso le gustó. Otra vez, cuando estalló una repentina tormenta y tuvieron que correr  a refugiarse, el cayó encima de ella, y eso también le gustó. Y cierto día, cuando fueron todos al cine –Manuel, Brandon, ella y su hermano Luis- y entre todos les pusieron una rana en la espalda, eso no le gustó tanto. Con los chicos hay que tomar precauciones. Eso lo aprendió bastante pronto.
Entonces los Padilla se mudaron. Según oyó decir, donde no volvería a ver a Manuel. ¡Qué se le iba a hacer! Y la soledad cayó sobre ella como una plaga. Y ella se refugió en Ferny, que era un viejo muñeco de trapo al que rápidamente confirió poderes humanos. Dondequiera que fuese, llevaba consigo a Ferny. Y comía con él, insistiendo que se le guardara un sitio en la mesa. Y dormía con él, porque la protegía de los demonios nocturnos y porque tenía una sonrisa que la hacía sentirse segura.
Pero, sobre todo, le gustaba hablar con él. Esto, al cabo de unos meses, empezó a preocupar a papá, aunque mamá decía que era perfectamente normal. Sin embargo, cuando cumplió los once años, mamá empezó a reconocer que parecía extraño que una chica de su edad no pudiese ir a ninguna parte sin su muñeco. Por eso tuvo que dejar a Ferny en el baúl de los tesoros de su infancia, a fin de que continuara sonriendo entre otros artículos anticuados de su vida.
Todavía lo conservaba a mano, para hablarle y hacerle confidencias cuando estaba a solas de su habitación. Y cuando salía de ésta, continuaba hablándole, porque Ferny podía volar, invisible, desde el baúl de los tesoros hasta donde estaba ella, al primer aviso, cuando se sentía sola o asustada. Como aquella vez que se imaginó que tenía un ataque de apendicitis y no era más que a consecuencia de haber comido algo que ya estaba echado a perder. Ferny sabía, incluso antes de llegar al médico, que Gabriela se pondría bien. De no ser así, ¿Por qué iba a sonreír?      
En todo caso, ella sólo se atrevía a hablar con el invisible de Ferny cuando no había nadie, ya que sabía que esto habría extrañado a cualquier observador casual. Sin embargo, en más de una ocasión Luis la había descubierto y no dejaba de molestarla con ello. Y mamá había reñido a Luis y se había llevado a Gabriela para decirle, no que no volviese a hablar con Ferny, sino que procurara que su padre no se enterase de ello.
Y los años fueron pasando, hasta que cumplió los trece, una edad delicada que trajo consigo nuevos temores y confusiones. Mamá le explico las cosas de la vida, y ella las explicó a su vez a Ferny, el cual se limitó a sonreír. Ella se enfadó con Ferny y lo mantuvo encerrado en el baúl más de una semana, después de lo cual le perdonó, le amonestó y le conminó para que no tuviese malos pensamientos sobre cosas que Dios quería que fuesen hermosas.
Y su cuerpo cambió, y se sintió como una intrusa que morase en un cuerpo de mujer que requería más atenciones y cuidados que el cuerpo infantil del que se había desprendido, dejándola en una especie de capullo. Un milagro de la naturaleza, diría mamá. Pero era también un dolor agudo, sobre todo en verano, cuando no podía corretear desnuda de la cintura para arriba, porque “no era propio de una dama”.
Sus primeros sujetadores le hicieron comprender, rápida y dolorosamente, lo que debe sentir un caballo cuando le ponen por primera vez el bocado y las bridas. Se agitó y pataleó, y lloro y le sirvió de poco que mamá le dijese que era algo por lo que toda mujer tenía que pasar.
-¿Por qué tenemos todas que pasar por ello? –chillaba Gabriela.
Y mamá no podía darle ninguna respuesta, salvo que era una especie de tradición, como la perforación de las orejas.
Y después…el milagro. El regreso de Manuel Padilla. Salido de las brumas del pasado. Dieciséis años de edad y musculoso. Un poco flacucho, desde luego, pero un hombre a fin de cuentas, y con unos ojos tan hermosos que hablaban por sí mismos. Los Padilla habían regresado a Tallahatchie County por razones que Gaby no sabría nunca, y que a final de cuentas lo mismo daba. Manuel había vuelto y era un estudiante veterano. Y Gabriela también estaba allí, aunque era novata…Sí, sus mundos eran diferentes.
Eran como dos desconocidos. Él se había olvidado de ella, o había resuelto deliberadamente no recordarla. Y ella lamentaba ahora que hubiese vuelto, pues había destruido la belleza de sus recuerdos, la brillante evocación de un pasado glorioso. Ni un ademan por parte de él, ni un gesto de reconocimiento; nada. Y por eso, ella, imitándolo, levantaba la mirada cada vez que se cruzaban, como si en el techo hubiese algo escrito.
Fue una guerra de desgaste, una contienda para ver quien resistía más. Y ninguno de los dos cedía un centímetro ni pedía tregua. Llegó a pensar que quizá él no la recordaba realmente. A fin de cuenta, la última vez que la vio, era una niña. Pero, ¡Maldita sea! ¿Cómo podía él olvidar tan fácilmente? ¿Cómo podía olvidarse de la serpiente, de la lluvia y de la rana? Debía ser muy torpe para no recordar aquellos preciosos momentos de sus vidas.
Llegada a este punto, le dijo a Ferny que Manuel no tenía sentimientos y que no valía la pena ocuparse de él.
Y Ferny le dio la razón.
Y así paso casi un año. Eran como dos barcos que se cruzaban en el pasillo, con sus narices como mástiles y su orgullo como cargamento.
Hasta que un día –nunca pudo saber cómo llegó ahí- encontró una nota en su libro de Historia. “Me acuerdo de ti.” No llevaba firma, pero solo podía ser de Manuel, porque era el único chico del colegio que la conocía de antes. Todos los demás eran conocidos de poco tiempo atrás. Sí, tenía que ser de Manuel.         
Pasó una semana desde la aparición de la nota anónima. Y entonces, un jueves, al cruzarse de nuevo los dos en el pasillo, él metió toscamente otro pedazo de papel en su libro, casi haciéndola caer en su torpe atolondramiento. La nota decía: “Eres Gabriela Ramírez”-
Estupendo-pensó ella-. Me dice quien soy. Me recuerda el único hecho indiscutible de mi vida: mi nombre. Ferny, este chico es un tonto.
Ferny estuvo de acuerdo.
Pasaron más días y Gabriela comenzó a sospechar que habían terminado su animada correspondencia. También empezó a sospechar que el muchacho era tímido: la única explicación que Ferny aceptaba.
Muy bien –pensó ella- si es así, yo haré la próxima maniobra.
Y durante dos días guardó una nota en el bolsillo y pasó una y otra vez por el pasillo, esperando que Manuel se dignara a dar señales de vida. Cuando éste apareció, se acercó a él, sonrió en silencio, le cogió un libro, lo abrió, metió su nota en él, se lo devolvió…y se alejó como si no hubiese pasado nada. Su nota decía: “Sí, soy yo”. Era lo más lejos que se atrevía a ir, dadas las circunstancias, pues en modo alguno quería parecer descarada o agresiva; chiflada podría ser la palabra adecuada.
Era misteriosa su manera de orientarse en el pasillo. Ella caminaba siempre de este a oeste, y él, de oeste a este, único modo de encontrarse inoportunamente. Cualquier observador interesado –de hecho, no había ninguno- habría pensado que aquel par de enamorados “de vista” pasaban más tiempo en los pasillos que en la clase. Por fin ella recibió otra nota. Le vio venir y observó el pedazo de papel en su mano. Por consiguiente, se detuvo, abrió su libro y dejo que él colocase la nota. Él sonrió, ella sonrió…y él se alejo.   
La nota decía: “Soy Manuel Padilla
Ella respondió: “Me alegro
Él escribió: “¿Te acuerdas de mí?”
Ella escribió: “Apenas
Él escribió: “Una vez, puse una rana en tu espalda
Ella escribió: “Muchas gracias por eso
Él escribió: “¿Cuántos años tienes?”
Ella escribió: “104
Él escribió: “Yo tengo 610. Salgamos juntos
Ella escribió: “No. Eres demasiado viejo para mi”
Él escribió: “Aun no cumplo los dieciocho
Ella escribió: “Entonces, eres demasiado joven para mí
Después de lo cual, él la detuvo en el pasillo un día y le dijo “Hola”. Y así empezó la historia, encontrándose a veces y caminando en la misma dirección, hablando de naderías, pero, a fin de cuentas, estableciendo contacto, contrayendo una relación que ya no dependía de simples pedazos de papel.

Amor De Infancia (SNOOBY)Stories to obsess over. Discover now