Sus ojos cada vez parpadeaban más rápido al punto de preferir cerrarlos. Tal vez por las gotas de lluvia que descendían del cielo gris, o por las gotas que amenazaban con salir de sus ojos. Sentada, abrazándose para abandonar el frío, recibía miradas lastimosas que entendían el olor a soledad que emanaba su vestido azul. No era la primera vez que pasaba por el mismo abandono en el mismo lugar. Pero por alguna extraña razón, esta vez era diferente, era más deprimente. ¿Qué clase de persona abandona a otra varias veces luego de haberle prometido que jamás la dejaría? La chica sabía que ese día ocurriría exactamente lo mismo que todas las veces que llegaba a esperarlo, pero aun así le gustaba pensar que el llegaría.
Quitó las flores marchitas del cemento y las cambió por otras que pronto marchitarían también. Temblando de frío, dejo que las lagrimas cayeran libremente sombre la tumba, esperando un milagro que solo se quedaría en eso, un simple milagro.
