La Maldición de Cupido

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El despecho, el insomnio y el alcohol son una excusa perfecta para suicidarse en una noche triste, pero cada persona tiene alguna manera de acabar con su vida, y no necesariamente tiene que ser por un cerebro sin funcionamiento o un corazón sin latidos.

El hombre había llorado por mas de un mes, todas las noches dejaba las lágrimas en su almohada como si de un regalo se tratase. Las noches se le hacían eternas, sobretodo aquella maldita parte en que sólo se queda mirando al techo, recordando viejas frases que se le venían a la cabeza.

.- ¿Por qué mataron a mi padre?

.- por amor.

Era la conversación que estaba recordando últimamente, cuando el solo tenia 9 años de edad, una frase que le dijo su abuela en el velorio de su padre.

El dolor de aquel hombre derrotado y débil tenía su fundamento, le habían arrancado el corazón de una forma brutal y lo habían pisoteado en el suelo. El solo tenia vida para una mujer, su vida era aquella hermosa dama de mirada triste, de estatura baja y ojos del color de la esmeralda. Nunca se había enamorado de nadie en la vida, ni siquiera lloro en aquel velorio de su padre, porque nunca había sentido cariño y aprecio por nadie, ni por quienes darían la vida por el, pero ahí estaba, viviendo la maldición del amor.

Había estado analizando por varios días a aquel hombre que pasaba por las tardes, un hombre alto, que llevaba un ridículo sombrero de copa, con traje negro y corbata gris, tenia largas piernas delgadas y la cara de un boxeador, era aquel hombre el asesino, el que se robo todo lo que tenia, el fundamento de su dolor, la bomba que destruyó su ser, el era quien había enamorado a su mujer. Cuando lo veía, siempre tenía un cigarro en la boca, eran esos cigarros quienes lo mantenían relajado, porque de no ser así, el ya hubiese saltado de la banca de donde lo miraba y le hubiera rebanado el cuello cual gallina en un matadero, pero todo se debe al tiempo.

El despechado era alguien impaciente, tanto que solo se tomó una semana para planear todo, solo una semana para estudiar sus caminos y movimientos.

La noche había llegado, se podía ver un camino negro, solo alumbrado por la debil luz de los postes viejos, el pasto de la plaza de enfrente de la calle brillaba con ese verde tenue y deprimente, acompañado con la noche más sombría de todas, tanto que hacía palidecer a las brillantes estrellas, incluso a la majestuosa luna. En la vereda de la calle, junto a las casas , iban los dos hombres, uno de ellos, con piernas largas, caminaba tan tranquilamente, con las manos en los bolsillos y fumando un puro de miel, atrás de el, con unos metros de distancia, caminaba sigilosamente el despechado, con un bate de madera pulida y unos clavos oxidados insertados en la punta de este, lo traía apoyado en su hombro. El despechado tenía una camisa manchada con alcohol de la otra noche, no se había cambiado de ropa, andaba con sus zapatos sin calcetines, y tenía los ojos mas rojos e hinchados como nunca los había tenido, tenia el pelo despeinado y la barba horriblemente mal afeitada, con un par de cortes en la cara.

Lo había planeado todo, a pesar de que era algo apresurado, lo tenia todo meticulosamente pensado, allí, en la esquina de la casa roja que daba hacia un pasaje sin salida, lo mataría, cada vez que pensaba en eso, lamía sus labios, como saboreando la venganza que no le daría ninguna satisfacción. El momento había llegado, el hombre de piernas largas iba a doblar en la esquina de la casa roja, fue entonces el momento perfecto en que el despechado aceleró el paso hasta correr, dio un grito desgarrador y le dio un golpe brutal en la cabeza. Aquel hombre alto se desplomó en el suelo, retumbó tan fuerte que parecía un pequeño temblor de la tierra, pero aquel despechado no tenia piedad, siguió golpeando al hombre, en la cabeza, en la espalda, en los brazos, muslos, en la cadera, en sus pies, mientras repetía una y otra vez "ME MATASTE, MALDITO HIJO DE PUTA, TE LLEVASTE MI VIDA, AHORA YO ME LLEVO LA TUYA". Los clavos hacían un ruido irritante cuando se clavaban en los huesos del hombre.

Incluso había veces en que los clavos llegaban a rozar los nervios de las extremidades, y hacían que estas darán un pequeño espasmo. Dejó de golpear al hombre, estaba cansado, la sangre había manchado toda su ropa, incluso creía que el sudor le corría por la frente debido al cansancio, pero se equivocaba, era sangre de aquel hombre lo que le bajaba a gotas por las sienes.

Era tan despiadado y tan vacío a la vez, que no se dio cuenta que al frente de el estaba un niño con pijamas azul con figuritas de autos, con unas pantuflas que le quedaban grandes, tenia una mirada estupefacta en su rostro, ¿por que ese niño estaba ahí? ¿acaso el maldito ya tenia un hijo?, pensaba el despechado. Fue entonces cuando la idea le llego tan repentinamente como una carta en 14 de febrero, aunque ya por la primera instancia en que vio al niño,sospechaba de lo que se trataba, se dignó a levantar el rostro pálido del hombre con hoyos hechos por los clavos en todo su cuerpo, solo para percatarse de que aquel hombre no era a quien buscaba, esta accidental víctima no tenia ese rostro de boxeador que el despechado tanto odiaba, sino que era el rostro de un hombre esforzado, que tenía un trabajo que odiaba, un hijo y una esposa a quien amaba, pero ya estaba hecho, ya su vida no podía ser peor. Se sentó junto al cadaver a esperar lo que viniese, no le importaba si fuese la policía o una bala que le atravesara el cráneo, no le importaba ya nada.

Aquel niño que permanecía con la mirada de terror, viendo el cadáver de su padre y, a un lado de este, su asesino. Los ojos se le llenaron de lágrimas al pobre infante y tomó valor para preguntarle algo al despechado, quien contestó tan automáticamente como quien respira mientras duerme:

.- ¿Por qué mataste a mi padre?

.- por amor

La Maldición De CupidoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora