El disfraz tras el disfraz.
La máscara.
Rompí en aplausos cuando apareciste en escena
y aún no decías parlamento alguno.
Se quebró un espejo y el público quedó en éxtasis.
Yo mordí el anzuelo.
Escribí algunas líneas para ti,
tú actuabas mirándome a la cara.
¡Qué momento más efímero,
Qué escena más eterna...!
Trituraste tus huesos ante todos
y musitaste apenas, pero nadie opinó.
Sin embargo, se elevó a la fuerza una paloma herida y lloramos todos.
Me sentí incómodo.
Catarsis era. De seguro era.
Dieron los créditos,
hubo un par de silbidos,
alguno que otro intento de aplauso
y ni siquiera nos nombraron.
Ni siquiera nos nombraron.
